Cuando pienso en mi trayectoria personal y académica me viene inevitablemente a la mente la UNAM. En esta Universidad me formé como estudiante de Física, pero también como universitaria en el sentido más profundo: aquí aprendí que el conocimiento exige rigor, constancia y disciplina, al igual que generosidad, imaginación y compromiso con los demás.

A lo largo de mi vida académica, la investigación ha ocupado un lugar central. Mi trabajo en física teórica y computacional, nanociencia, plasmónica y nanofotónica me ha permitido explorar preguntas fundamentales sobre las propiedades ópticas de los nanomateriales y contribuir, junto con colegas y estudiantes, a una conversación científica de alcance internacional. Investigar ha significado para mí mantener viva la curiosidad, aceptar la complejidad y sostener el entusiasmo por comprender mejor la materia y sus posibilidades.

Sin embargo, con los años he confirmado que una de las mayores riquezas de la vida universitaria no está sólo en los resultados de la investigación, sino en la posibilidad de compartirla con las nuevas generaciones. Enseñar en la UNAM y acompañar a estudiantes desde la licenciatura hasta el posgrado ha sido una de las experiencias más hondas, más emocionantes y más transformadoras de mi trayectoria. Ser profesora y tutora no consiste únicamente en transmitir conocimientos: significa ayudar a formar científicas y científicos.

Y formar científicas y científicos es una tarea profundamente humana. Implica enseñar a pensar con rigor, a dudar con honestidad, a trabajar con paciencia, a sostener un cuestionamiento difícil y a no renunciar frente a la incertidumbre. Implica también transmitir una ética del conocimiento: entender que la ciencia no es sólo acumulación de información, sino una especie de responsabilidad intelectual y social. Cada estudiante que aprende a formular una buena pregunta, a cimentar un argumento, a analizar un resultado o a defender una idea propia, comienza también a construir una voz dentro de la comunidad científica.

He tenido el privilegio de apreciar ese proceso repetirse una y otra vez. Ver cómo una inquietud inicial se convierte en vocación, cómo una tesis madura, cómo una alumna o un alumno gana confianza y descubre que también puede hacer ciencia es una de las emociones más grandes que me ha dado la UNAM. En esos momentos se entiende con claridad que enseñar es también sembrar futuro.

La Universidad Nacional tiene esa fuerza singular: no sólo forma profesionistas e investigadores, sino personas capaces de pensar críticamente, de crear conocimiento y de ponerlo al servicio del país. Por eso valoro profundamente la labor de la Fundación UNAM. Su papel es esencial porque fortalece ese círculo virtuoso entre el talento, la educación y la oportunidad. La Fundación acompaña trayectorias, amplía horizontes y hace posible que más jóvenes encuentren apoyo para convertirse en las científicas y los científicos que México necesita.

Si algo he aprendido en la UNAM es que investigar y enseñar son dos maneras inseparables de construir porvenir. Y pocas experiencias son tan emocionantes como participar en la formación de nuevas generaciones que, con su inteligencia, su sensibilidad y su trabajo, habrán de continuar y renovar la vida científica de nuestra Máxima Casa de Estudios.

Investigadora del Instituto de Física, UNAM

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