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Hace unos días visité el Colegio de San Ildefonso de la UNAM, un lugar excepcional donde cursé, de 1974 a 1977, los estudios en la Escuela Nacional Preparatoria. Fui una persona privilegiada en muchos sentidos, tanto por los profesores que tuve como por asistir a clases en un sitio histórico. El salón-laboratorio de Biología era grande, con ejemplares de distintos tipos y mucho que admirar. Allí terminé de definir mi vocación por la biología, que ya tenía desde la escuela secundaria. Los cursos de Matemáticas, Química, Física y Biología me marcaron.
Al ingresar a la Facultad de Ciencias mi mundo se expandió con todo lo que la UNAM ofrecía en conocimiento y cultura. Seguramente la mezcla de inquietude que tenía, más mi deseo de conocer y ver, se reflejó en mi interés continuo por todo. Allí estaba la semilla y la esperanza de aspirar, como lo anhelan muchos de mis alumnos, a hacer investigación en el área botánica. Claro, a veces la vida se atraviesa con decisiones, así que tuve que buscar trabajo y se me ocurrió contraer matrimonio todavía sin terminar la licenciatura. De cualquier forma, el Instituto de Biología me permitió aprender a hacer investigación con una tesis de campo y una maestría, mientras empezaba a aprender el oficio de editora.
Fue así que se me presentó una oportunidad de trabajo en la Facultad de Ciencias, invitada por un pequeño grupo que hacía una gaceta a petición de la entonces directora, la doctora Ana María Cetto, quien, por cierto, acaba de recibir un premio internacional por su divulgación y promoción de la ciencia. De mi paso por la gaceta Ciencias Informa, pude incorporarme a la revista Ciencias, publicación de cultura científica de la Facultad, en su tercer número, en 1982. A la revista, que sigue vigente y a la que me dediqué más de treinta años, le debo mucho; empecé como colaboradora y luego fui coordinadora para convertirme después en directora por un largo tiempo. Con la revista me decanté plenamente por la divulgación científica, que hoy denominamos “comunicación pública de la ciencia”, lo que me llevó a leer y estudiar lo que había del campo de trabajo. De esa manera escribí artículos, libros, trabajos para congresos e hice radio, televisión y videos para posteriormente iniciarme en la docencia en esta materia. Además fui invitada a ser parte de la Sociedad Botánica de México y a colaborar con tres mesas directivas en sus publicaciones y congresos.
Una de las mejores enseñanzas que tuve en la revista Ciencias fue coordinar un equipo de trabajo, lo que plenamente me demostró que la divulgación científica es una labor multidisciplinaria y de grupo, aunque esto no siempre sea sencillo. Hacer coincidir visiones, actitudes y dedicación al trabajo es complejo. La experiencia obtenida fue enorme y rica porque una revista institucional muchas veces se convierte en un proyecto personal.
El trabajo en la revista, además, me llevó a tomar un diplomado en Estudios Filosóficos y Sociales de la Ciencia de la UNAM, así como un curso experto en Cultura Científica por la Universidad de Oviedo en España. Ambas experiencias me han permitido reflexionar sobre una variedad de temas alrededor de comunicar ciencia a distintos públicos. Mis cuarenta años de trabajo para la institución cultural y educativa más importante del país indudablemente delinearon mi vida y me han dado enormes satisfacciones, incluido el que mis hijos hayan estudiado también aquí.
Hace ya más de dos décadas que apoyo a la Fundación UNAM, que está celebrando su trigésimo aniversario. Para mí ha sido un gusto, porque aunque todas las labores que realiza nuestra Universidad son muy relevantes para el país, el centro del trabajo es la formación de recursos humanos, así que los programas de becas que la Fundación brinda son, para mí, esenciales. Gracias, Fundación UNAM.
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