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El agente secreto es una película brasileña situada en 1977, cuando la dictadura militar que controlaba aquel país comenzaba a declinar pero aún ejercía su poder persecutorio contra quienes disentían de una manera u otra. Marcelo (Wagner Moura) es uno de esos perseguidos, un ex profesor universitario vuelto objeto de la ira empresarial protegida por el régimen a quien mandan asesinar a Recife, adonde viaja con una identidad falsa para recoger a su hijo pequeño.
Allí llegará, después de un viaje en carretera, a un edificio regentado por una mujer dedicada a recibir gente perseguida que espera la oportunidad para huir. De hecho, Marcelo no es Marcelo pero llega con un trabajo para guardar apariencias y escapar en cuanto sea posible. Lo que no sabe es que un par de matones, ayudados por la policía local y un sicario, andan tras él.
“Siempre hicimos películas sobre la dictadura –dice Wagner Moura, ganador del premio de actuación en el Festival de Cine de Cannes y nominado al Oscar por este papel, en una entrevista virtual–. Es interesante porque es algo muy reciente. Yo nací bajo la dictadura, en ‘76. Es como si no fuera algo tan lejano, pero igual en Brasil tenemos un problema de memoria muy grande porque, por ejemplo, en ‘79 tuvimos una ley de amnistía que básicamente perdonó a todos los torturadores y asesinos y gente que hizo cosas terribles con civiles durante la dictadura militar. Entonces creo que hay que hacer más películas sobre el tema”.
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Él mismo, cuando decidió dirigir, hizo la película Marighella (2019), sobre el líder de la resistencia armada contra la dictadura militar, Carlos Marighella, que no pudo estrenar porque la censuró el gobierno de Jair Bolsonaro. “Creo que toca seguir haciendo (estas películas) porque no creo que el arte exista para preservar la memoria; es algo más grande que eso. Pero igual tiene ese efecto. El arte, el periodismo, las universidades no casualmente son atacados por gobiernos autoritarios. Tienen esta importancia de hablar de la memoria. Y creo que cuando hablamos de la dictadura en ‘77 igual hablamos de Brasil hoy también. Porque muchas cosas han cambiado, pero, por ejemplo, (Jair) Bolsonaro (ex presidente de Brasil, hoy preso) es una manifestación física de los ecos de la dictadura militar”.
Para Kleber Mendonça Filho, director del filme por el que ganó el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes (también nominada a mejor película internacional en los premios Oscar) el asunto de la memoria no es muy distinto. “Por ejemplo, recuerdo el ‘77, tenía nueve años –dice el realizador en una entrevista aparte–. Entonces ‘77 me pone en un ejercicio de recordar interesante. Obviamente, un niño de nueve años no tiene ninguna conexión con la dictadura en Brasil, salvo detalles de su vida, y eso es lo que quería. Quería detalles sobre la vida en Brasil durante el régimen militar. Setenta y siete también está lo suficientemente lejano como para ser distante, pero no tanto como si fuera otro mundo. Así que me gusta mucho el ‘77 porque la dictadura también estaba empezando a decaer. La gente empezó a reaccionar un poco más. Pero sobre todo porque me ayudó a sentirme conectado orgánicamente con lo que soy”.
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Wagner y Kleber se conocieron hace muchos años. Al actor le fascinaron sus películas (Aquarius, Bacurau: Tierra de nadie, entre otras) y quería trabajar con él. “Pero lo que nos puso juntos en ese proyecto fue la política –explica Wagner–. Nos manifestamos abiertamente contra el gobierno de Bolsonaro, de 2018 a 2022, y los dos sufrimos la consecuencia de eso”.
Mantuvieron una comunicación constante y se preguntaban cómo reaccionar contra las políticas establecidas en Brasil. “La película nace de nuestra perplejidad con lo que pasaba en Brasil en 2018 hasta 2022, cuando un gobierno decidió regresar los valores de la dictadura militar para una democracia gigante como Brasil en el siglo XXI. Entonces, no es que yo haya aceptado trabajar con Kleber, es una cosa que creamos juntos, que desarrollamos juntos. Claro, Kleber escribió el guión y cuando lo leí quedé fascinado con su manera particular de escribir, de crear personajes, de traer la cultura brasileña a la pantalla. Pero era un proyecto que desarrollamos con ganas de hacer algo que reaccionara a lo que estaba pasando en Brasil en esa época”.
Y fue una decisión de Kleber, dice Wagner, hacer un tratamiento distinto a las películas sobre quienes pelearon contra la dictadura. “La palabra dictadura ni siquiera es usada en la película, creo que fue una decisión de él, está como en el margen de lo que convencionalmente se hace sobre la dictadura –explica–. Las mayores víctimas de la dictadura son la gente que vive su vida normalmente y es afectada simplemente por los valores que tiene. Eso es muy fuerte”.
Pero, sostiene, El agente secreto no enseña nada. “Tengo problemas de pensar que las películas enseñan algo porque no están ahí para eso”. Añade: “Yo tengo mucho respeto por la gente que peleó contra la dictadura militar y por eso hice una película sobre Carlos Marighella, por la admiración que tengo por las generaciones pasadas que lucharon, que pelearon por la democracia. Este personaje, Marcelo/Armando, que hago en El agente secreto es un hombre común y corriente. Eso me gusta mucho, porque la mayor parte de las víctimas de las dictaduras no son los héroes ni los guerrilleros, son las personas en general: los regímenes autoritarios persiguen a personas por el color de su piel, por su orientación sexual, por su creencias, por la religión, por sus ideas políticas, por su conducta moral. Marcelo es un profesor universitario. Generalmente la academia, los periodistas, los artistas, son los primeros en ser atacados por regímenes autoritarios. Entonces me gusta mucho que en esta película los héroes sean gente común que trata de mantenerse fiel a sus valores. Es loco que en algunos momentos de la historia, incluso hoy, en muchas partes del mundo solamente vivir de acuerdo con tus valores ponga tu vida en riesgo”.
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Antes de El agente secreto, Wagner Moura pasó 12 años sin trabajar en Brasil, aunque siempre estuvo muy conectado con Brasil, la cultura brasileña y la política. “Fueron 12 años sin trabajar como actor en Brasil, porque Marighella la dirigí en 2017 pero no actué en ella, y me tomó como 2 años, lo mismo que hacer la serie Narcos en Colombia. Y pasó la pandemia y el gobierno de Bolsonaro, que acabó con el cine brasileño. No había nada. También tuve el deseo de explorar, hacer otras cosas en otras lenguas, pero no puedo pasar tanto tiempo sin trabajar en portugués porque es muy liberador hablar mi propia lengua, porque cuando hablo otro idioma las palabras no salen de mi boca llenas de memoria en portugués. Creo que si de alguna manera soy un actor interesante en otros lugares, en Europa, en Estados Unidos, en Latinoamérica, es porque soy brasileño, porque tengo fuerte el carácter de la cultura de Bahía, de Salvador, de ahí soy. Todos somos un reflejo de nuestro pasado, de nuestra cultura. No entiendo a los actores que llegan por ejemplo a Hollywood y tratan de mezclarse y volverse parecidos a los gringos. Lo que es especial en uno es lo que trae de su cultura”.
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“Contar cada historia en el cine es un desafío –dice Kleber Mendoça–, y ese desafío continúa estimulándome. No sé durante cuánto tiempo me sentiré obligado a contar historias porque cada película es como una montaña. Es mucho trabajo, mucha energía, mucha investigación. Pero puedo decir que ahora mismo ya hay una nueva historia llegando a mi cabeza, y espero que pueda sentarme y escribir un nuevo guión”.
El agente secreto tiene humor y encanto aunque en realidad sea un thriller sórdido sobre las víctimas del régimen militar brasileño. Y en su construcción, hay un cuidadoso desarrollo narrativo.
Por ejemplo, el inicio de la película, cuando el personaje de Wagner Moura, Marcelo, viaja en un vochito por las carreteras rurales del nordeste de Brasil, tiene referencias al Cinema Novo brasileño, esa corriente de historias con carácter sociopolítico que también criticaron la entonces incipiente dictadura iniciada en 1964.
“Es muy curioso. Acabo de hablar con un crítico y él vio a Sergio Leone al principio de la película. Y creo que tal vez Sergio Leone esté ahí, pero pensé mucho en el cinema novo brasileño y en una película australiana excelente llamada Wake in Fright (1971) –explica Kleber–. Pero lo más importante para mí es que para cada escena que escribo, necesito sentirme íntimamente familiarizado con la situación dramática, el escenario y el encuadre. Esa secuencia inicial la pensé durante veinte años, por eso me siento total e íntimamente cómodo con ella. Para mí es el cine brasileño, el cine australiano, es Sergio Leone”.
Para lograr la paleta de colores, Kleber trabajó con Evgenia Alexandrova, la fotógrafa, con Dirk Meier, colorista alemán (hizo Anticristo, de Lars von Trier), y con Thales Junqueira, el director de arte. “El mayor desafío es no parecer que estás esforzándote demasiado porque algunas películas parecen estar trabajando demasiado, estresadas por la idea de una pieza de época. Quería que todo fuera natural. Pero también es mucho trabajo conseguir que parezca natural. Una cosa que no me gusta en la fotografía, una tendencia fotográfica moderna, es la película desaturada, películas que son casi anémicas en términos de ¿dónde están los colores? Y yo quería una película en color, con sentido de realismo. Entonces, a ti, a mí, nos gusta ver los colores como son. No me gusta exagerar. Quería que fuera colorido, natural y que tuviera personalidad. Y, afortunadamente, trabajé con personas extremadamente competentes y sensibles, y me gusta mucho la imagen de El agente secreto”.
Además, hay una secuencia muy curiosa en la que una pierna cobra vida. ¿Algo de realismo mágico? “Creo que es una interpretación posible, pero la escena de la pierna en realidad tiene una base muy literaria. Porque sí, la primera vez, el primerísimo momento, dices: ‘¿Qué carajo? ¿Qué pasó con la película que estaba viendo?’. Pero pronto queda claro que esta fantástica historia viene del periódico. Y para mí, uno de esos grandes momentos de nuestra vida es cuando leemos un libro y el libro es tan bueno que no queremos ni comer para seguir leyéndolo. Así que esta relación entre lectura y realidad me parece fascinante. El realismo mágico se produciría si la pierna se incorporase de forma realista a la historia realista que se está contando. Pero creo que viene de un episodio que está presente en palabras publicadas en el periódico. Así lo veo yo”.
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El agente secreto tuvo varias nominaciones en los Oscar (llevados a cabo el 15 de marzo), incluida la de Wagner como actor: “Yo creo que el cine brasileño siempre estuvo ahí. Es una cinematografía fuerte. Hicimos películas políticas desde los 60, con el movimiento de Cinema Novo. Es una producción cinematográfica potente, pero que desafortunadamente depende de políticas de Estado. Así que cambian cuando cambia el gobierno. Hoy, por ejemplo, bajo Lula (Luis Inácio Lula Da Silva, presidente de Brasil), hay toda la fuerza para la cultura. El Ministerio de la Cultura está otra vez ahí. Y eso hace mucha diferencia. Así que, claro, la democracia y la cultura caminan juntos. Entonces, por eso se ve desde Aún estoy aquí (que ganó el Oscar a mejor película internacional), el año pasado, hasta nosotros. No sólo nuestra película. La de Gabriel Mascaró (El último azul) que ganó Berlín. Es un momento muy bueno para el cine brasileño. Es muy bonito porque es la cultura brasileña vista por todos lados. Pero es aún más importante, creo, para los espectadores brasileños, porque da una reconexión del público brasileño con el cine brasileño. Para que la gente se vea. Ningún país se desarrolla sin verse en su producción, en sus teatros, en sus libros. Ese es el desarrollo de un país. Es patrimonio simbólico”.
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Cuando le pregunto a Wagner por la escena que más retos implicó para él, me sorprende su respuesta. “Hice de Fernando, el hijo de Armando, al final de la película. Me quedé pensando cómo voy a hacerlo porque cuadramos que sería mi último día de filmación pues me iba a cortar el pelo y decidí no pensar mucho en eso”. Tres días antes del rodaje de la escena, volvieron las angustias. Pero al haber interpretado durante toda la película al papá, decidió que con Fernando retrataría la ausencia del padre.
“Cuando pienso en Fernando, pienso en el niño (con el que hizo la escena entre padre e hijo) porque es un niño que no pudo vivir con su papá, como muchos niños en Brasil, como muchos niños en muchas partes del mundo. Era un niño que le tocaba vivir sin la memoria de su papá, con una memoria mentirosa de quien fue su papá porque, estamos hablando un poco de spoilers, la muerte de Armando, la manera con que Kleber escogió mostrarla, es con la foto en el periódico y lo que está escrito es: profesor corrupto es asesinado. O sea lo matan y después matan su memoria, matan su reputación. Para mí hacer del hijo fue el reto más difícil”.
Y es que, dice, se pone mucho a sí mismo en los personajes que hace. “De alguna manera los personajes soy yo o alguna versión de quien soy. Me pongo con honestidad y a veces eso parece difícil, porque en algún momento toca buscar cosas feas. Todos los personajes son de alguna manera reflejos de mí mismo y ese personaje, como dije antes, vino de una inquietud, de un sentimiento muy grande de injusticia, de perversidad acerca de Brasil. Era mucho una mezcla entre mí mismo y Kleber y las memorias que tenía yo de Brasil bajo la dictadura, que, otra vez, está muy cerca. Tengo memorias muy fuertes, muy vivas. La dictadura brasileña oficialmente terminó en 85 pero de hecho los ecos de la dictadura siguen hasta hoy ahí”.
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