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Si nos vemos obligados a vivir sin pasado: ¿quiénes somos? Porque no sólo nuestra tragedia nos conforma, no sólo el agresor y sus torturas. Cómo dejar de amar lo que fuimos con otro. ¿Con un simple volantazo y continuar? Siempre me gustaron las historias donde la protagonista pierde la memoria y se ve obligada a comenzar de nuevo, a confiar en los otros y la historia que le cuenten sobre ella, sin embargo, en el conocido caso de Gisèle Pelicot, aquello que no recuerda son las noches de vejación; mientras que la otra historia de su vida se vuelve algo que defender.
Muchas veces somos condenados por negarnos a dejar atrás lo que tanto trabajo nos costó obtener y apreciamos como “aquella casita amarilla con cortinas azules del sur de Francia” donde se fueron a vivir Gisèle y su esposo, Dominique, una vez jubilados. Una casa con piscina y jardín para que sus nietos pasaran los veranos, pero también el escenario de las violaciones que Dominique cometió contra su esposa durante diez años, y que ella ignoraba, pues era sometida químicamente.
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Uno de los comienzos de esta historia sucedió el 2 de noviembre de 2020, cuando Gisèle, de 68 años, acompañó a su esposo a la comisaría porque lo habían atrapado grabando bajo las faldas de unas mujeres. Ella había decidido perdonar ese hecho, cuando un comisario la llamó a su oficina. Esperaba encontrarse con su esposo, pero él no estaba ahí, lo habían arrestado “por violaciones agravadas y por suministrar sustancias nocivas”. El comisario le preguntó si conocía realmente a su marido. Claro que lo conocía después de casi 50 años de vivir juntos. “Voy a mostrarle fotos y videos que no van a gustarle”.
La primer foto se trataba de una mujer acostada de lado, vestida con un liguero y un hombre negro que la penetraba. “Es usted”, dijo el comisario. Pero ella no podía esa muñeca de trapo de mejillas flácidas y la boca caída, tampoco la de las siguientes fotografías. No recordaba.
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La narración de ese día se detiene y vamos a julio de 1971, cuando, a los 18 años, Gisèle conoce a Dominique en una visita a casa de su tía Andreé, que acaba de perder a su esposo y había sido un pilar en su vida tras la muerte de su madre, cuando ella tenía nueve años. Esta muerte termina con su infancia feliz. Pero ese verano de 1971, al ver a Dominique, ella cree que él puede amarla, salvarla de los años que siguieron a la pérdida de su madre. Su padre se volvió a casar y la madrastra despreciaba a Gisèle y a su hermano. Por eso, aún jóvenes, comienzan a trabajar y buscar la manera de abandonar esa casa. Dominique la salvó de la orfandad, piensa Gisèle, y el 14 de abril de 1973 sellan la unión con la frase “en las alegrías y en las penas”.
Casi 50 años después de la boda, con tres hijos ya mayores y casados, e incluso nietos, en noviembre del 2020, la vida de Gisèle se detiene. No es que siempre hubieran sido felices. Hubo traiciones. Ella tuvo un amante del que estuvo muy enamorada, historia de la que se enteró Dominique, quien a su vez tuvo una amante con la que vivió un tiempo. También hubo un divorcio que no tuvo que ver con las traiciones ni la falta de cariño, sino por cuestiones económicas, aunque continuaron en la misma casa.
La vida de Dominique había sido difícil. Una madre sumisa y un padre violento. Creció siendo inseguro y le era difícil mantener un trabajo. Se invirtieron los roles: él cuidaba a los hijos y ella salía a trabajar. Cuando Gisèle cuenta esto, no justifica al hombre que la durmió durante 10 años para abusar de ella, él solo o junto a otros hombres, sino salvar el pasado, ya que estamos hechos de tiempo y de lo vivido; salvar las decisiones tomadas, las razones por las que amó y salvarse a sí misma. “Lo que viene no nos consuela de lo que hemos perdido”.
De eso se trata Un himno a la vida: lo que sus hijos destruyeron al enterarse de que su padre la había violado durante diez años; o que había fotografiado a su hija en ropa interior y grabado a sus nueras mientras se bañaban. Destruyeron la casita amarilla con cortinas azules del sur de Francia, las fotografías, los platos porque no podían destruir al padre. Gisèle no volvió a vivir en esa casa ni a volver a estar con su esposo. No pensaba en el hombre que la drogaba, sino en su esposo amado con el que bailaba y reía. El otro hombre, el torturador, le era ajeno hasta un día antes.
No hay en su memoria una sola de esas noches que aparecen en los videos ni de los 52 hombres que la violaron. No soy ella, dice, porque ella no estaba ahí, en ese “sueño mezclado con la muerte”. Se protege a sí misma de sólo ser esa mujer vejada. Se refugia en los momentos en los que fue feliz. Su vida consistirá en adelante en darle la vuelta a la tragedia a la que la moral de la época quiere reducirla como única forma de justicia, aunque la sociedad no le permita ser la que había sido antes de saber de esas noches oscuras. Su hija le recrimina no odiar “a ese hombre”. La desprecia por no llorar y no dejar que 50 años desaparezcan.
Cómo entender que no esté deshecha después de saber quién era su esposo. Que todavía se preocupe por llevarle ropa de invierno, pero Gisèle debe mantener la sonrisa que su madre le heredó y continuar con esa fuerza vital. Renta una casa en la Isla de Ré, se hace de nuevos amigos que le presentan a Jean Loup, un hombre viudo y amable. Se vuelve a enamorar. Ya está lista para enfrentar a sus 52 violadores y a su exesposo.
El juicio se realizó en el 2024 a puertas abiertas, porque ella ya no quería estar sola. Aceptó ver cada uno de los videos grabados por su esposo, los detalles, escuchó sus propios ronquidos y las voces extrañas. Con las fechas recordó esos días: cuando el matrimonio venía de cuidar a los nietos, aquel cumpleaños… los estragos de las drogas, las visitas a médicos, los dolores, la pérdida de memoria; la amabilidad de Dominique durante el día mientras preparaba su otra faceta para la noche. En el juicio, habló claro y sin llorar, saludó a las personas que estaban afuera agradeciendo su valentía, a las mujeres que la apoyaban. Se quitó las gafas oscuras que había usado al comienzo para ver de frente, pues la vergüenza había cambiado de bando. Y ella ya no tenía miedo.
Este libro no sólo está escrito de manera clara, sino además bella. Vale la pena leerlo y conocerla historia de Gisèle, quien sobrevivió a su tragedia, pues la venganza contra sus agresores fue “no haber muerto, poder amar de nuevo, no estar destrozada”.
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