¿Por qué no recuerdo todo lo que quisiera recordarte, Abigail? ¿Qué sucede en mi memoria si ansioso estoy de colmarme de detalles tras trece años de tu muerte en mayo? ¿En cuál de nuestros numerosos encuentros me obsequiaste una de las camisetas que no solo atesoro, si no que ha pasado por innumerables pruebas de resistencia? ¿Qué magia porta lo que a cualquier vista es ya un trapo que ni para limpiar ventanales sirve pero que cada vez que me la pongo regreso, cálidamente, al instante que no precisa mi pensamiento? ¿Es la maravillosa prisión del olvido?
La contundencia es relativa, pero es lo único que tengo. No hubo testigos, quienes algo supieron, tampoco se acuerdan o ya murieron, como es el caso de mi brother Gerardo Guerrero, con quien compartimos en tus terruños, ya que se refugió en ese punto fronterizo para dedicarse a leer el Tarot. Zarpamos con destino a El Paso, temprano, para aligerar el desespero del cruce fronterizo y servirnos en el madrugar el desayuno en un restaurante con abrumador buffet. Ciudad Juárez estaba fresco, fuera por el otoño o por la víspera de la primavera. Ocurrió quizá al iniciar la última década del siglo pasado.
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Ir de compras sin desear adquirir nada. Caerle a uno de los muchos malls para rondar los pasillos contándonos pareceres, asombros de nuestros días, tersos en la complicidad, expectativas de un vivir que parecía certero aun cuando la narcoviolencia era un acontecer que sembraba el terror en juaritos como en los paseños. De pronto, en un pequeño puesto, suerte de carreta en un confín de aparadores, se descolgaban diferentes estampados en camisetas multicolores.
La vimos, no dudaste mientras que en mí rondó la inseguridad. ¿Cómo te la puedes perder, Edu, si eres fan de las camisetas excéntricas o raras? Pero cómo, mi adorada Bigas ¿tal brutalidad para mi pecho? A pesar de mi irreverencia ¿qué dirán quienes la vean? ¿Me acusarán de apología de la violencia? Negrísima entonces, en la tela una AK 47. Preciosa, contundente. Diré que nunca más he topado con un estampado igual. ¿Recuerdo de CD. Juárez, Bigas? Recuerdo de CD. Juárez, Edu. Confirmada la talla, desembolsaste los 15 o 20 dólares.
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Aquí sigue, Abigail García Espinosa, mi ¡enorme! Arquitecta, figura sin par en el Instituto Municipal de Investigación y Planeación (IMIP) y singular dupla con tu cariñoso hermano Salvador, también Arquitecto quien lleva el nombre de su padre que falleció prematuramente. Tras su largo periplo público, de unos años para acá en el retiro, la camiseta lealmente me auxilia cada tres semanas a que las pesadillas y los remordimientos me consuman con la lentitud que ameritan. Me encomiendo a ella contigo. La lavo cuidadosamente, la asoleo, la plancho con mis manos. Un gran orgullo preservarla como uno de los más sólidos testimonios de los momentos de nuestro estar, de lo que no ha cambiado en la frontera compartida.
La AK 47 señala lo que no hice, lo que te descuidé en los años del cáncer del que no supe, del dolor incrustado en silencio por ello, del saber que fui privado por estar en mis revueltas. Ocurrió meses después de que cumplieras los 46 años mientras a mis 52 ardía en el laberinto del que intentaste sacarme tantas veces. Al padecer el pleno de la enfermedad, acompañada de tu hija, la hoy brillante abogada Sofía, y al morir, Abi, el 18 de mayo de 2013, no estuve a tu lado.
El absurdo, la letalidad. ¿Por qué así, Bigas? Cinco años después de fallecer, lo supe, como el merecido reconocimiento al ponerle tu nombre a la biblioteca del IMIP. Reconfortados sin preguntas, con Raquel, tu madre, la enjundiosa trabajadora del INAH por décadas, de quien no dejé de estar al pendiente en esos sus últimos años de vida, se alejó para siempre el 27 de febrero de 2022, y con Alejandra, la internacionalista y también abogada, la leal hermana que nunca tuve, te visitamos en tu nicho de la parroquia de El Señor de la Misericordia.
Ale puso en una mochila lo que fue nuestro y tomé el avión con el enorme peso del desvalido sin remedio. Ocho años después puedo contarlo. Sigo sin cura, Abi.