Pocos saben que las reglas del futbol profesional no se llaman oficialmente “reglas”, sino Leyes del Juego. La denominación se remonta a 1863, cuando la Football Association inglesa codificó las primeras trece leyes del nuevo deporte. Fueron aprobadas el 8 de diciembre de aquel año con la idea de establecer un código universal, aplicable allí donde se practicara el futbol.
Aquellas primeras leyes diferían notablemente de las actuales. Se permitía, por ejemplo, atrapar limpiamente un balón aéreo, aunque estaba prohibido correr con él, lanzarlo o entregarlo con las manos a otro jugador. Esta excepción desapareció en 1866, con lo cual el futbol comenzó a separarse definitivamente de las variantes que desembocarían en el rugby. Además, en 1871 se reconoció la figura del guardameta, facultado para utilizar las manos con el propósito de proteger su portería. Sus atribuciones fueron modificándose con el tiempo: el área penal se introdujo en 1902 y, desde 1912, el portero solo puede tocar el balón con las manos dentro de ella.
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El éxito del nuevo deporte quedó confirmado con la creación de las asociaciones nacionales de Escocia, en 1873; Gales, en 1876, e Irlanda, en 1880. Para unificar los distintos códigos empleados en las islas, las cuatro asociaciones británicas fundaron en 1886 el International Football Association Board, conocido por sus siglas IFAB, organismo encargado desde entonces de custodiar y modificar las Leyes del Juego. La FIFA, creada en París en 1904, no se incorporó al IFAB sino hasta 1913.
Esta peculiar estructura se conserva hasta nuestros días. Las asociaciones de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte disponen de un voto cada una, mientras que la FIFA cuenta con cuatro. Para aprobar cualquier modificación se requiere una mayoría de tres cuartas partes, es decir, al menos seis de los ocho votos. La FIFA no puede, por tanto, reformar por sí sola las leyes, y las asociaciones británicas conservan colectivamente la capacidad de impedir cualquier cambio.
Entre las transformaciones más importantes introducidas a lo largo de la historia se encuentran las siguientes:
Durante las primeras décadas, la duración de los encuentros podía ser acordada por los propios equipos. En 1897 se estableció formalmente que un partido duraría noventa minutos, salvo que los contendientes hubieran convenido otra cosa con anterioridad. Con el tiempo, los dos periodos de cuarenta y cinco minutos se convirtieron en una de las características universales del futbol.
Así, aquel juego codificado por un reducido grupo de clubes ingleses terminó por convertirse en un lenguaje verdaderamente internacional, practicado incluso en los rincones más remotos del planeta. Sin embargo, las islas británicas conservan todavía una prerrogativa extraordinaria sobre su evolución: ni siquiera la FIFA —esa hidra contemporánea de cien cabezas— puede modificar por sí sola las Leyes del Juego.