Según Isaac Asimov, la última conversación tendrá lugar el 21 de mayo de 2061. En un cuento publicado hace 75 años, Asimov imagina a dos científicos que discuten si se puede o no reducir masivamente la cantidad neta de entropía en el universo. La disputa se convierte en una apuesta de 5 dólares, arbitrada por Multivac, la inteligencia artificial imperante, a la que Adell y Lupov lanzan la pregunta. Luego de un prolongado silencio, Multivac da su veredicto: «datos insuficientes para respuesta significativa». No sigo más para evitar arruinar la distopía.

Como los científicos del relato, hemos puesto a cobijo de prodigiosos artefactos un montón de cuestiones, desde las más pueriles –enciende la luz– hasta las más hondas –¿hay vida después de la muerte?–. Progresivamente, esos portentosos cachivaches se adueñaron de lo cotidiano y lo sublime: hacer la lista del mandado o ser nuestros terapeutas. Por si fuera poco, ellos nos liberaron de la tortura de memorizar y enfrentar la hoja en blanco.

Las máquinas son más eficaces que nosotros para casi todo; da igual si las usamos para mover muebles o escribir un libro sobre charlas imposibles. Ni duda cabe. Recuerdo ahora lo que Ortega y Gasset afirmó en Meditación de la técnica (1939): «hombre, técnica y bienestar son, en última instancia, sinónimos». ¿Qué podríamos al margen de los artefactos y herramientas producidos mediante la tecnología? ¿Cómo lidiaríamos con el clima? ¿Dónde viviríamos y en qué circunstancias? Sin técnica, no existiríamos; pero, aunque necesaria, no basta para explicar la humanidad.

La pregunta es si el hombre sólo se mide por la eficacia que alcanza mediante la técnica. En buena medida, también somos el largo relato que contaron quienes nos precedieron; un dilatado discurso que sobrevive boca a boca, a salvaguarda de la memoria. Sin percatarnos de su longevidad, decimos palabras acuñadas hace casi 3,000 años como «política», «fobia», «análisis», «síntesis», «terapia» o «fármaco». ¿Por qué permanecen? ¿Por qué son insuperables?

Junto al ADN, nos configura otro helicoide también hecho de letras. Al escudriñar en sus aminoácidos –de Homero a Rulfo–, nos descubrimos. Ahí estamos cada uno: en las religiones arcaicas, en los mitos antiguos, en la poesía primera, en los diálogos con los que empezó la filosofía, en las cartas y en las confesiones. Comprender esas letras añejas es comprender nuestra peculiar genética. En el código lingüístico cabe toda la humanidad como en el ADN está ya todo el organismo al que pertenece.

Sin embargo, la palabra agoniza a manos de las herramientas digitales que nos rodean. La técnica es paradójica; facilita la vida y, al hacerla más cómoda, atrofia habilidades. El prolongado uso de los esos artificios terminó por expulsarnos de la república de las letras. Fuera de sus fronteras, nos volvemos prófugos de nosotros mismos. Poco a poco, instituciones que antes dependían esencialmente de la palabra –como el congreso de los diputados– renunciaron a su carta de ciudadanía. No es casualidad que una de las formas de llamar a la cámara de legisladores sea «parlamento». Aunque el diálogo es requisito indispensable para subir a tribuna, lo que ocurre en el Palacio Legislativo de San Lázaro dista mucho de lo que apreciamos en las Catilinarias de Cicerón, por ejemplo.

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La universidad también dijo adiós a las armas en su batalla contra las máquinas. Hace unos días, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) difundió los resultados de su investigación sobre tendencias educativas y empleo. El documento urge a ajustar la enseñanza universitaria a las exigencias del mercado laboral.

El informe señala qué habilidades 1) están en desuso, son 2) estables, 3) emergentes o 4) básicas para 2030. En el primer grupo figuran «destreza manual», «ciudadanía global», «habilidades sensoriales» y «lectura, escritura y matemáticas». En el cuarto rubro aparecen «liderazgo e influencia social», «curiosidad y aprendizaje continuo» y tres tipos de pensamiento: «creativo», «sistémico» y «analítico». A la par, el IMCO publicó un breve apunte de Natalia Campos titulado La universidad llegó tarde, que concluye: «sin duda, la universidad llegó tarde a una carrera con una velocidad impredecible, es relativamente entendible. Lo que importa, de aquí en adelante, es cómo se va a reinventar el modelo universitario para seguir siendo vigente en la formación del talento que las sociedades necesitan y necesitarán».

Al contrastar las habilidades caducas con las futuras, cabe preguntar cómo lograr el pensamiento analítico haciendo a un lado la lectura y la escritura. ¿Cómo alcanzar la creatividad sin saber resolver una ecuación? ¿Cómo fomentar la curiosidad cuando la poesía es ajena? ¿Cómo se desarrollarán las habilidades indispensables para 2030 dejando fuera la educación estética y la destreza manual (José Gaos decía que la mano y el tiempo eran dos exclusivas humanas)?

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La universidad era hasta hace muy poco un lugar distinto al del mercado, con otros ritmos y fines. Sustituir con labs y powepoint la clase magistral, el diálogo en el aula o la lectura sosegada de, digamos, La ciudad de Dios, agrietó una institución cuyos miembros necesitaban del ocio para poder pensar. El ocio estorba a la productividad, pero propicia la reflexión. ¿Debe haber una pugna entre el ámbito productivo y la universidad? ¿Ésta debe abandonar las artes liberales para abrazar las artes serviles de aquél?

Las máquinas de pensar llevan tiempo adiestrándonos en la obediencia. Obedecemos ciegamente al mapa del teléfono –¿por dónde te manda?– y a cuanta información aparece en la pantalla. Somos replicantes de la inteligencia. Parece que pensamos; pero sólo obedecemos y, al hacerlo, dejamos de ser libres.

En aras de la eficacia y la eficiencia de la técnica, las universidades abdicaron de la palabra y cedieron su poder a las máquinas. La tesis, la biblioteca y el debate son animales en extinción. Nuevas especies se abren paso en un campus donde las pantallas sustituyeron a los libros, donde las instrucciones sustituyeron al pensamiento; un campus transformado en centro comercial donde la cultura es entretenimiento, donde la comunidad es espectáculo y donde el universitario farmea aura. Mientras eso pasa, la última conversación espera su turno. Llegará.

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