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Distinguida con el Premio Alfaguara 2026, El ejército ciego (Alfaguara, 2026), de David Toscana, es un libro memorable por varias razones. La primera es que toma como punto de partida un hecho brutal ocurrido hace diez siglos: el 29 de julio de 1014, tras la Batalla de Clidio, el emperador bizantino Basilio II ordenó sacar los ojos de quince mil prisioneros búlgaros a quienes obligó a marchar de regreso a su patria. A uno de cada cien prisioneros se le permitió conservar un ojo para que sirviera como guía en aquel ejército invidente. No fue un acto de compasión sino una estrategia de guerra. Porque Basilio II, conocido como el matador de búlgaros, no ignoraba que “quince mil ciegos son una carga más pesada que quince mil cadáveres”.
De Edipo rey al Lazarillo de Tormes, el motivo de la invidencia ha dado pie a relatos memorables. Allí está Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, novela en donde multitudes completas dejan de ver sin una explicación. Está El disparo de argón, de Juan Villoro, que tiene como escenario una clínica oftalmológica en donde, tras una serie de extraños sucesos, se destapa una red internacional de tráfico de córneas. Está también “El ramo azul”, breve ficción de Octavio Paz en donde un asaltante busca víctimas porque le ha prometido a su novia un ramillete de ojos azules. Y está “La noche de los alcaravanes”, relato de Gabriel García Márquez en donde tres amigos deambulan a tientas en un burdel porque las aves les han sacado los ojos.
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Pero volvamos a El ejército ciego: los datos que se conservan sobre aquellos hechos registrados hace mil años le sirven a Toscana apenas como punto de partida. Porque se sabe: así como el trigo no es el pan, así como el tronco recién serrado no es la mesa, tampoco la historia es la novela. Una cosa son los hechos y otra muy distinta la forma en que los mismos se registran y se disponen sobre el papel para ser recordados. Tras diez siglos rodando por los caminos del tiempo, la historia del ejército ciego había perdido ya mucho de su brillo y sus detalles cuando Toscana la encontró.
Es privilegio del novelista contar aquello que no consta en los registros. Porque las novelas no son un así fue sino un así pudo ocurrir. Es evidente que para contar el drama de aquellos quince mil hombres privados de la vista, el autor tuvo que tomar un alud de decisiones artísticas. Una de las primeras fue cómo contar esta historia: “Eran miles y miles que habían pasado por lo mismo y sin embargo cada uno había pasado por algo único”, reflexiona uno de los personajes en la página 162. ¿Cómo dar entonces con la manera más efectiva de contar esto? Como sucede con frecuencia en la obra de Toscana, la novela contiene su propia poética. Allí donde muchos cederían a la grandilocuencia, Toscana se decanta por contar la tragedia a ras de suelo, en la voz misma de sus protagonistas más modestos.
Donde los registros históricos piden fe ciega en los datos y las cifras, la prosa de Toscana invita al lector a cuestionar las versiones monolíticas. Nos hace reparar en las dificultades que implica dejar ciegos a quince mil hombres en un día. ¿Quién y con qué técnicas realizó la operación? ¿Se resistieron las víctimas? ¿Cuál fue el destino de esos quince mil pares de ojos? ¿Cómo se las arreglaron quince mil ciegos para comer en el mes que les tomó llegar a sus hogares? ¿Cómo fue el reencuentro con sus esposas, con sus hijos?
No es la primera vez que el regiomontano incursiona en lo que el acta del jurado, presidido por Jorge Volpi, ha llamado “la épica de los vencidos”. Esa exploración es una constante en su obra, pues está presente en El ejército iluminado, donde un peculiar batallón regiomontano se propone rescatar Texas. También está en Duelo por Miguel Pruneda, donde un anciano se ufana de haber esgrimido su espada contra un invasor extranjero. Y está en El último lector, novela que rescata la Batalla de Icamole, donde se dice que un Porfirio Díaz abatido por las fuerzas lerdistas rompió en llanto al emprender la retirada.
En El ejército ciego Toscana apuesta una vez más por dar a conocer la tragedia a partir de parábolas protagonizadas por hombres de a pie. Para hacerlo nos recuerda que hace diez siglos el mundo era distinto, aunque en ese momento ya existían algunos oficios que han llegado a nuestros días. De esta manera los lectores vamos conociendo a Premeld el carpintero, a Bromo el criador de cerdos, a Nikifor el panadero y a Moskono el ceramista. Todos ellos intentan paliar la carencia de ojos haciendo uso de sus conocimientos: Premeld talla figuras sagradas que inspiran valor, mientras Moskono fabrica ojos de cerámica con los que los ciegos pueden llenar sus cuencas. En este ejército de desvalidos destaca Kozaro el copista, quien antes de la batalla se dedicaba transcribir textos sagrados, pero que sueña con escribir sus propias historias. Pero, ¿qué podría aportar para remediar el dolor de quince mil ciegos un hombre que sólo sabe copiar textos, en un momento de la historia en que la gran mayoría de la gente no sabe leer? Para no revelar demasiado, conviene citar otra vez una de las anteriores novelas de Toscana: “En todo ejército es bueno que alguno de los soldados sea artista”, observa uno de los personajes en El ejército iluminado.
El papel de Kozaro en El ejército ciego permite que los lectores comprendamos la enorme relevancia de la palabra escrita para la configuración de la memoria y la identidad colectivas. Esta novela es un canto al oficio. Nos hace ver que cronistas, poetas y novelistas resultan tan necesarios como herreros, médicos y panaderos. Pensémoslo así: dentro de mil años no quedarán ni cenizas de quienes hoy habitamos el planeta. De la mayoría de nosotros no quedará ni el nombre. Tal vez ni el planeta exista. Pero queda una esperanza: si reunimos los méritos suficientes y la fortuna nos sonríe, persistirá algún hecho significativo, apenas un retazo de historia, que un narrador diestro rescatará para fabricar una historia memorable. Y entonces, dentro de mil años, podríamos volver a vivir.
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