El olvidado mural del Apocalipsis de José Clemente Orozco, en la parroquia de Jesús el Nazareno, en el centro de la Ciudad de México adquiere nuevas formas en manos del artista Rubén Ortiz Torres (Ciudad de México, 1964), quien inspirado en ese fresco y en una serie de gobelinos medievales franceses construye sobre mosaicos de talavera un collage apocalíptico de nuestro tiempo: un tanque ruso, misiles y drones en la frontera ucraniana, una mezquita destruida en la Franja de Gaza y las ruinas de ese territorio bombardeado por Israel. Sobre ese paisaje devastado, los demonios derrotados de Babilonia son sustituidos por figuras como Donald Trump y Vladimir Putin.

Esa crónica visual de nuestra época, Apocalipsis ahora (2024) —con guiños al Guernica de Picasso—, es una de las piezas centrales de Repatriación voluntaria, exposición que el artista exhibe en la galería OMR hasta el 20 de agosto.

Radicado en California y figura clave del arte contemporáneo desde mediados de 1980, Ortiz Torres presenta una exposición que alude a su propio estado de tránsito permanente, como un artista que crea entre Estados Unidos y México, así como a las políticas xenófobas impulsadas por el gobierno de Donald Trump contra los migrantes.

“La administración actual inventó esta idea de repatriación voluntaria para deportar gente, que es un soborno xenofóbico en el que el gobierno de los Estados Unidos te paga $2500 dólares y te vas de ahí. En vez de pagar ese dinero a la migra para que te esté persiguiendo, te dan ese dinero para que te regreses. En realidad, no es exactamente una repatriación voluntaria, es un soborno. En mi caso, que tengo la fortuna de tener doble nacionalidad, venir a exponer en México sí es una repatriación voluntaria, vengo por mi voluntad a presentar obra”, dice en entrevista con Confabulario el artista.

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Apocalipsis ahora (2024) es un mural realizado sobre mosaicos de talavera.  Crédito: Hugo Salvador/ El Universal
Apocalipsis ahora (2024) es un mural realizado sobre mosaicos de talavera. Crédito: Hugo Salvador/ El Universal

Esa idea de repatriación está a lo largo de las cerca de 20 obras exhibidas en la galería, tanto en los temas que explora como en su materialidad.

Ortiz Torres emigró a Estados Unidos en 1990 para cursar una maestría en el Instituto de Arte de California con la intención de incorporar las entonces incipientes tecnologías digitales a su práctica artística. Las experimentó en la fotografía, en el cine y otros formatos, pero al paso de los años esas tecnologías se hicieron obsoletas. Desde hace unos años, el artista ha vuelto a México para producir, principalmente en Guadalajara, con cerámica y textil, técnicas tradicionales que desestimó en aquella década de 1990 pero que, a diferencia de las tecnologías modernas, siguen vigentes.

“Cuando estaba en México nunca hice cerámica o textiles. Entendía estos medios como algo artesanal, los veía con cierto prejuicio, debo confesarles, pero estoy muy arrepentido porque estas tecnologías sí duran”, confesó durante un recorrido por la muestra.

La Quema de los Ídolos  (2025) es un mural en el que conviven la iconografía mesoamericana con la cultura pop. Crédito: Hugo Salvador/ El Universal
La Quema de los Ídolos (2025) es un mural en el que conviven la iconografía mesoamericana con la cultura pop. Crédito: Hugo Salvador/ El Universal

“Me di cuenta que la mayor parte de esas tecnologías que aprendí, por ejemplo, la impresión en cinta, los procesadores de color, el Kodachrome, ya no existen. Trabajé también haciendo procesos como Morphine, pero estas tecnologías se vuelven obsoletas muy rápido”, contrastó el artista.

En ese retorno a los medios tradicionales, el artista acude a la cerámica como soporte de sus murales, como con Apocalipsis ahora (2024). Sobre este material está hecho también La Quema de los Ídolos (2025), una obra de 2 metros por 174 cm sobre cerámica vidriada con esgrafiado inspirada en un dibujo de origen tlaxcalteca realizado tras la Conquista y que representa la quema de los ídolos indígenas por los frailes españoles. Sobre esas escenas históricas, el artista superpone elementos contemporáneos y de la cultura popular, como los incendios y protestas en Los Ángeles, un agente del ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), “el hombre de fuego” de Los Cuatro Fantásticos y escenas de El hombre en llamas de José Clemente Orozco.

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Pinkest Revolution (2020), puerta quemada de una patrulla de la policía de Tijuana intervenida con diamantina. Crédito: Hugo Salvador/ El Universal
Pinkest Revolution (2020), puerta quemada de una patrulla de la policía de Tijuana intervenida con diamantina. Crédito: Hugo Salvador/ El Universal

“Es una escena muy iconoclasta de destrucción”, refiere el artista.

Ese tono no excluye el humor. Sus collages mezclan iconografía mesoamericana, como una cabeza olmeca, con una piñata de Minnie Mouse.

Otra de las piezas que remite a la idea de repatriación es una serie de litografías reunidas bajo el título American Graffiti / América grafiteada (2025), basada en América Tropical (1932), mural que David Alfaro Siqueiros realizó en Estados Unidos. Creada para un edificio en el centro de Los Ángeles, esta obra que mostraba un paisaje tropical con un indio crucificado fue inmediatamente censurada por su contenido político. Siqueiros, quien había llegado al país como refugiado político, perdió el permiso de estancia y fue obligado a abandonar ese país. De esta manera, recuerda Ortiz Torres, aquel mural se convirtió con el tiempo en una referencia dentro del imaginario chicano. “No solamente hizo este mural barroco, muy mexicano, con toda esta narrativa, sino que, tal vez, es la primera pintura minimalista que se hizo en Los Ángeles, porque él estaba consciente que lo iban a pintar de blanco”.

Además de las litografías, el artista realizó una animación en la que recupera escenas del mural para superponerles grafitis de distintas generaciones de artistas urbanos de Los Ángeles. “Incluí todos los grafitis que me parecían importantes históricamente. Hay referencias tanto al arte callejero mexicano, como Grupo Suma; al arte chicano, como el Señor Suerte de Chaz Bojórquez; grafitis de Banksy, Keith Haring, Futura 2000. Hay referencias hasta grupos de arte callejero contemporáneos como La Pistola, de Oaxaca”, detalla el también profesor de arte en la Universidad de California en San Diego.

La recuperación de América Tropical en esta obra de Ortiz Torres también dialoga con el clima de censura que está presente actualmente en Estados Unidos.

—¿Cuál es el clima de la creación artística con todas estas políticas de censura y recortes?

—“Ahora no hay políticas culturales. Es un desastre. Tenemos un gobierno muy ignorante, muy antiintelectual. Esto nos afecta de varias maneras, hay mucho más censura y recortes presupuestales que a mí me afecta directamente en relación a la universidad. El gobierno de los Estados Unidos finalmente no está centralizado en el poder ejecutivo, hay un poder judicial, un poder legislativo, no se ha destruido todo, pero sí bastante. Y es una paradoja porque yo veo que, en el caso de México, con todas las quejas y limitaciones de las cuestiones de presupuesto, por lo menos, sí hay libertad de expresión. En el caso de Estados Unidos es una jodienda porque está recortando presupuestos y persiguiendo gente. Tengo alumnos y amigos que tienen problemas ahorita, su estatus está en vilo”.

Contra las banderas y fronteras

Entre las múltiples exploraciones que han marcado su trayectoria también ocupa un lugar central la cultura lowrider, una práctica arraigada en la comunidad chicana que consiste en modificar automóviles clásicos. Ortiz Torres ha incorporado ese universo a performances, fotografías, objetos y piezas audiovisuales; construyó incluso un lowrider en forma de máquina danzante como un vehículo de la Patrulla Fronteriza.

En años recientes, en sus andanzas por deshuesaderos de Tijuana buscando partes de coches para construir sus lowriders, encontró restos de patrullas incendiadas por cárteles del narcotráfico. Ese hallazgo dio origen a dos de las obras reunidas en Repatriación voluntaria.

La primera es Asada (2019), un ready-made compuesto por la cajuela de una patrulla con un impacto de bala. “Decidí dejar esta pieza tal cual. En realidad, tal vez, más que mía, es del Chapo. Lo único que hice fue barnizarla para que se estabilizara, pero no es nada más cambiar el contexto de un objeto, sino que cuando yo vi esto, estéticamente me recordó a algún tipo de abstracción informal, muy salvaje”, cometa el artista.

De ese hallazgo también surgió Pinkest Revolution (2020), una puerta quemada de una patrulla de la policía de Tijuana intervenida con hoja de plata, plomo y diamantina, materiales habituales en la estética lowrider. Esta pieza, explica el artista, tomó una dimensión política cuando la realizaba en 2019, pues mientras él en su estudio de California tiraba brillantina sobre los logotipos de la policía, en la Ciudad de México colectivos feministas arrojaban glitter contra instalaciones policiales en protesta por la violación de una mujer presuntamente por parte de agentes de la policía. El acto más simbólico se dio cuando el entonces secretario de Seguridad Ciudadana, Jesús Orta Martínez, fue cubierto de brillantina rosa.

Esa pieza, asegura el artista, también inspiró a su hermana, la compositora Gabriela Ortiz Torres, a realizar el ballet sinfónico Revolución diamantina, recientemente presentado en el Palacio de Bellas Artes.

Ruben Ortiz Torres evita definirse como un artista transfronterizo o chicano. Prefiere pensarse como un creador sin límites geográficos, interesado en lo que ocurre entre México y Estados Unidos. “Es algo en lo que prefiero no pensar mucho. Trato de aprovechar las oportunidades que tengo donde sea para producir. Cuando me fui, lo hice bajo la premisa de que México era un mundo del arte local y yo quería estar en un mundo del arte internacional. Lo que había aprendido eran cosas muy académicas, quería salir y aprender nuevas tecnologías, estrategias conceptuales, pero la verdad es que, actualmente tanto México como Los Ángeles son ciudades muy cosmopolitas. La Ciudad de México se ha vuelto un centro cultural muy importante, donde hay internacional todo el tiempo. Podríamos decir que en la colonia Roma se habla más inglés que en mi barrio en Los Ángeles”, dice.

Ese cuestionamiento a la identidad nacionalista también esta presente en esta exposición, donde se puede ver en la pieza Asado de Banderas. Six Flag BBQ (2017), una pintura monocroma en negro realizada con las cenizas de seis banderas quemadas por el propio artista.

“Es un cuestionamiento del Estado-nación, de los símbolos”, dice el artista, quien extiende esa reflexión a un gobelino que reinterpreta la bandera de Gadsden, originado antes de la Revolución estadounidense y apropiado en los últimos años por sectores conservadores y libertarios. Célebre por la leyenda “Don't Tread on Me”, Ortiz Torres la traduce como “No me chinguen", un emblema que ondea en el centro de la exposición.

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