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Dos cantinas en el axis mundi

De camino de la Terraza Bar hacia el antiguo Salón España esta crónica por el Centro Histórico evoca recuerdos de Tenochtitlan, del descubrimiento del Templo Mayor y la vida etílica del siglo XX

La esquina de República de Guatemala y República de Argentina en una imagen histórica, donde se ve el edificio completo de la "Casa de las Ajaracas". CRÉDITO: ARCHIVO DE EL UNIVERSAL/ COLECCIÓN VILLASANA TORRES
26/04/2026 |01:07Ricardo Lugo Viñas |
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Para Tere Espinasa





“Los primeros ojos que contemplaron maravillados a la ciudad de Tenochtitlan desde la altura de las montañas que a ella daban acceso –escribe Salvador Novo (pensando en clave del Viejo Mundo)–, fueron ojos españoles”. Guardando las proporciones y emulando a esos pretéritos exploradores, mi amigo y yo miramos asombrados, desde las sobrias alturas de este céntrico bar, la ciudad desparramada en sus distancias y lejanías. Estamos en el Terraza Bar, la azotea de un edificio estilo neocolonial, en el número 4 de la calle República de Guatemala, construido por el arquitecto Enrique Castañeda, en 1943, bajo el nombre de “Pasaje Maurel”.

Hoy, este edificio es un Hostal y en su recóndito tejado hábilmente, han instalado un bar. Nos hallamos apostados en la negra barra de cantina de este techo. El sol brilla como espejo. El cielo azul, que se ve por todas partes, no abriga a una sola nube. El aire entra y sale, da vueltas, va y viene. Evoco, de bote pronto, el verso de José Emilio Pacheco: “Ayer el aire se limpió de pronto, y aparecieron las montañas”. Y vaya que desde aquí logramos distinguir “las sierras circundantes”, el “espinazo de montañas” (diría Alfonso Reyes) que bordean este alto Valle de Anáhuac.

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Templo de Santiago Apóstol de Tlatelolco, uno de los primeros recintos religiosos del periodo virreinal, edificado con materiales de la antigua Tenochtitlan y ligado a los inicios de la educación y la evangelización en la Nueva España. Crédito: contlatelolco.xyz

Esta Terraza brinda la dichosa posibilidad de abarcar, con la sola mirada, la ciudad en su conjunto. Sentirse rodeado de ciudad. Pero es sólo una ilusión. En realidad avistamos los pináculos de algunos hitos de esta inmensa urbe, bellamente empequeñecidos por la distancia. “Allá están –le marco a mi amigo– las torres del Templo de Santiago Apóstol de Tlatelolco, una de las primeras iglesias de la ciudad –levantada con las mismas piedras del destruido Templo Mayor de Tlatelolco, último reducto de la resistencia mexica contra los conquistadores–, fundada hacia 1522, que también albergó al icónico Colegio de la Santa Cruz, primera institución occidental educativa en América instaurada por franciscanos, en donde fray Bernardino de Sahagún escribió su Historia General de las cosas de la Nueva España con ayuda de informantes indígenas, y se maravilló con conocimientos prehispánicos como la herbolaria mexicana”.

La vista poniente inflama la vista. Un altero de elevadas arquitecturas, crecidas en la ribera de la avenida Reforma, nos conduce de pronto a Nueva York. Más acá, cerca de nosotros, destacan las torres y la cúpula de la iglesia de San Felipe Neri, en cuyo interior –dice la tradición– se halla la escultura de una virgen de la Inmaculada Concepción, obra de Manuel Tolsá, inspirada en el rostro y figura de “La Güera Rodríguez”, la Marilyn Monroe del siglo XIX mexicano. A lo lejos, el horizonte marca sus confines en los Montes de Santa Fe y la Sierra de las Cruces, el Austerlitz del cura Miguel Hidalgo.

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Nuestros tequilas se agotan. Le sugiero a mi amigo que pidamos la cuenta para encaminarnos a nuestro siguiente destino: El Salón España. Antes de despedirnos de esta privilegiada azotea, miramos hacia el sur. El envés de la Catedral comanda la postal: su gigante y cabezuda cúpula, coronada por una enjuta y altiva linterna cuya cúspide alcanza los 45 metros (elevación que también consiguió el Templo Mayor de Tenochtitlan); su imponente torre poniente y la cresta de su fachada principal, atravesadas, a lontananza, por los aviones en pleno descenso; su portada poniente y, detrás, la bandera monumental del Zócalo que, serpentina, pone la piel chinita a gringos y jaliscienses. Lejanamente, nuestros ojos alcanzan la cordillera del Ajusco, manada hace cerca de 2 mil años de las fauces del volcán Xitle.

Pagamos la cuenta. Nos vamos. La única panorámica vedada a esta terraza es el oriente de la ciudad. Pero ya habrá tiempo de reconocerla desde otras alturas. Descendemos por el elevador y salimos a la calle Guatemala, que en tiempos virreinales se llamó de Las Escalerillas y en tiempos prehispánicos Tlacopan: prístina calzada que conducía a las escalinatas principales del Templo Mayor de los tenochcas.

Y a propósito de esto, y mientras caminamos rumbo a las ruinas del Templo Mayor (de la bolsa trasera de mi pantalón saco mi anforita sobrada de albo tequila, le ofrezco un sorbo a mi amigo y luego yo hago lo propio), le cuento a mi acompañante acerca de dos cantinas que existieron en la convergencia de esta rúa y la vieja calle Del Relox, hoy República de Argentina. Esquina donde, por cierto, se fijó el axis mundi de los mexicas: el punto exacto en que confluían el cielo, la tierra y el inframundo: El Eje Cósmico de los nahuas mexicanos.

“En esa esquina –le señalo a mi compañero–, a la que ahora mismo nos dirigimos, se erguía un viejo edificio conocido como Casa de las Ajaracas (por su fachada ornamentada con motivos mudéjar) en cuyos bajos abría sus puertas la cantina El Seminario. Se trataba de un primigenio abrevadero, de alto coturno, que llevó ese nombre en alusión a su vecino de enfrente: el Seminario Conciliar de San Pablo, que se alzaba rayano a la Catedral. Esta cantina debió ser una de las primeras de la ciudad y operó desde la segunda mitad del siglo XIX hasta más o menos 1928, año en el que el Seminario Conciliar fue finalmente demolido.

Entre el 6 y el 16 de mayo de 1914, los parroquianos de esta cantina, entre tarros espumeantes, menjurjes y saludes, fueron testigos de un memorable acontecimiento. El antropólogo y padre de la Arqueología Mexicana, Manuel Gamio, situó y descubrió, debajo de los escombros y entresijos de un edificio demolido en la contraesquina de esta cantina –en Seminario y Santa Teresa–, nada más y nada menos que el Templo Mayor de Tenochtitlan. Así, a la vera del tufillo etílico de la cantina El Seminario, por esos días de primavera del año 14, el Templo Mayor –que algunos creían oculto debajo de la Catedral– volvió a ver la luz tras cientos de años de permanecer enterrado en las entrañas de la remota Tenochtitlan. Las calles Santa Teresa y Seminario ya no existen, en su lugar se encuentran la devastada zona arqueológica del Templo Mayor y la Plaza Manuel Gamio.

En los años treinta del siglo XX, tras el cierre de la cantina El Seminario, en su lugar se estableció otro prestigioso congal: El Centro Catalán, “Gran Salón Cantina” (rezaba su marquesina). El Catalán –como le llamaron sus devotos feligreses– fue un concurrido salón de manteles largos y maderas finas, de barra en forma de L y piso ajedrezado, famoso por sus caracoles, su caldo gallego, su conejo a la cacerola y su excelente cava de vinos españoles.

Continuará…