Entre 1910 y 1934, decenas de piezas prehispánicas del Museo Nacional de México fueron sustraídas y posteriormente vendidas a coleccionistas privados, delitos que hoy, más de un siglo después, son documentados por el investigador Adam T. Sellen, quien escribió el artículo de divulgación “Robo en el Museo Nacional de México. La historia del saqueo hormiga de Porfirio Aguirre”, publicada recientemente en la revista Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, de El Colegio de Michoacán.
Este hecho sobre tráfico de patrimonio es relevante porque aconteció en el recinto que luego se convertiría en el Museo Nacional de Antropología; el Nacional de México se ubicó desde 1865 en la calle Moneda, en el Centro Histórico, y resguardó importantes colecciones de arte y patrimonio que luego dieron vida a otros museos con destacadas piezas y colecciones de la historia del país.
T. Sellen, doctor en Estudios Mesoamericanos e investigador del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, explica en entrevista que la forma en que Aguirre extrajo piezas de alto valor y luego las vendió habla de una elaborada red de tráfico patrimonial, un hecho que sorprende por la época en la que sucedió y el alto interés de coleccionistas extranjeros en comprar piezas arqueológicas mexicanas en la primera parte del siglo XX.

Es importante recordar que la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, que actualmente protege y pena el tráfico ilícito de bienes culturales, fue aprobada y publicada hasta 1975, sin embargo, en ese entonces había otras leyes que penaban este tipo de acciones, en ese periodo, el presidente Porfirio Díaz hizo una ley que estipulaba que los objetos arqueológicos eran Propiedad de la Nación.
Lo alarmante del modus operandi de Aguirre es que era una persona cercana a la investigación arqueológica. De acuerdo con T. Sellen, hay documentación de que ocupó varios cargos, de alto nivel, en proyectos arqueológicos e incluso en el Museo Nacional de México.
Para T. Sellen no es solo una hipótesis el robo hormiga de Aguirre, sino un hecho que puede comprobarse en los catálogos de colecciones de renombrados museos del extranjero, como el Museo Peabody de Arqueología y Etnología, y el Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania.
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Hoy, al hacer una búsqueda rápida por algunos catálogos de piezas precolombinas de estos dos museos, el nombre de Aguirre sale a relucir como la persona que vendió o donó varias piezas.
Adam T. Sellen dedica su investigación a tres importantes piezas que Porfirio Aguirre extrajo del Museo Nacional y vendió a coleccionistas extranjeros: una máscara de Piedra Verde, posiblemente de origen totonaca o zapoteca y una cabeza de piedra con espiga, ambos en el Museo Peabody, así como una urna zapoteca de gran belleza de 19 cm de alto, actualmente en exhibición en el Museo de la Universidad de Pensilvania.
Porfirio Aguirre pareció tener afinidad por piezas prehispánicas provenientes de Oaxaca, explica T. Sellen. “Más que una hipótesis, creo que es un hecho. Él fue ayudante de Arqueología en el Museo por muchos años, lo que hacía es que revisaba y limpiaba las colecciones, es decir, podía ver las piezas antes de que fueran catalogadas, y extraer algunos artefactos sin levantar sospechas”.
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“Tuvo interés particular en la colección Fernando Sologuren, que tenía miles de piezas de Oaxaca, y claro que tardaban en catalogar las piezas. Pienso que, poco a poco, se llevaba de a una las piezas a su casa, hasta que juntaba algunos lotes y, cuando podía, las vendía a coleccionistas privados, él conocía mucha gente, era una persona influyente en cierto sentido”, relata T. Sellen.
En su artículo, el investigador documenta que Porfirio Aguirre viajó a Nueva York con un baúl repleto de bienes arqueológicos y los vendió. De esa venta, explica T. Sellen, se encontraron los cheques firmados de los pagos por las piezas. “Viajó a Nueva York porque iba a estudiar con el antropólogo Franz Boas; mientras estaba ahí contactó a gente del Museo de Pensilvania y logró vender ese lote muy grande, pero ahí están los cheques firmados y las notas de recibido de los lotes”, detalla.
El traficante
Para entender este saqueo sistemático, señala el investigador T. Sellen, hay que comprender la vida del protagonista. Porfirio Aguirre era originario de Copanatoyac, un remoto pueblo de Guerrero.
Nacido en el seno de una familia de artistas, Aguirre se trasladó a la Ciudad de México para continuar su educación. Estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y posteriormente en la Academia de San Carlos, donde cultivó una amistad duradera con el muralista Diego Rivera, un apasionado coleccionista de artefactos prehispánicos. Esta relación subraya la conexión de Aguirre con las corrientes culturales y la élite artística de su tiempo, explica T. Sellen.
De su amistad con Diego Rivera, es posible que también llegase la oportunidad de que él pudiera trabajar en el Museo Nacional de México. “Entro como estudiante al Museo Nacional y compartió espacios con importantes antropólogos, como Eduard Seler y Franz Boas. En el Museo, poco a poco empieza a subir hasta que llega ser encargado de la sección de Arqueología”.
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En medio del saqueo que Porfirio Aguirre perfeccionaba mientras pasaba los años en el Museo Nacional, se encontraban en disputa dos importantes figuras de la arqueología mexicana: Alfonso Caso y Ramón Mena, quienes, en la década de los 20, intentaban llegar a puestos altos dentro de la vida cultural del país.
Ramón Mena, quien intentó desacreditar a Antonio Caso por la catalogación de descubrimientos arqueológicos en Monte Albán, acusándolo de sembrar artefactos falsos, pudo ser un importante aliado para Porfirio Aguirre. “Creo que Aguirre era un espectador meramente de estas figuras que estaban buscando el control de las instituciones culturales, pero tenía un cargo importante, aunque era un trabajador, tenía acceso a las piezas que llegaban al museo”.
“Cuando fue su despido, se encontró que cambiaba los registros de las piezas que llegaban, arrancaba las hojas de las piezas que se robaba”, explica.
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En 1932, llega Alfonso Caso a la dirección del Museo Nacional, con la tarea de profesionalizar el espacio. Fue en su gestión que Aguirre sería descubierto, confrontado y despedido, en 1934.
“Caso llega y en ese momento ya había rumores, de los propios trabajadores, que ciertos empleados estaban robando piezas, no creo que Aguirre fuera el único, había más gente involucrada, pero Aguirre sobresale por el número de piezas que sustrajo”, explica el investigador T. Sellen.
El talón de aquiles de Aguirre, y que deja ver su ambición por lucrar con el patrimonio del museo, fue la pérdida de un diccionario en lengua náhuatl, que pertenecía al profesor Federico Gómez de Orozco.
Este libro había desaparecido del Departamento de Arqueología, pero posteriormente el propio Gómez de Orozco lo encontró en venta en la Librería Navarro, ubicada en la calle del Seminario, cerca del museo. El librero, Enrique Navarro Oregel, identificó al Aguirre como el vendedor del ejemplar y, apenado, lo regresó al dueño. Caso confrontó a Aguirre, y con todas las evidencias en mano, lo echaron del Museo.
Pero a Aguirre no solo se le acusó de haber vendido este libro, sino que Caso recolectó más evidencias de bienes extraviados, entre estos, cuatro máscaras de mármol y un collar de cuentas, objetos que fueron adquiridos por el museo años atrás, y una colección de 85 piezas de jade compradas en marzo de 1930, de las cuales hoy se desconoce su paradero.
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¿Posible devolución?
En la historia del Museo de Nacional, y de la vida arqueológica de México poco se conoce de este saqueo sistemático. Incluso se le reconoce a Aguirre como uno de los primeros arqueólogos profesionales del país, y el responsable del hallazgo de la Máscara de Malinaltepec, en Guerrero.
Sin embargo, con estas nuevas evidencias, Adam T. Sellen espera que la Secretaría de Cultura y el INAH hagan las gestiones necesarias con los museos extranjeros para pedir la devolución de los objetos que Aguirre vendió sin permiso y a espaldas del país.
“Inicié un proceso con el museo que tiene la máscara zapoteca, les mandé ya esta documentación, pero me dijeron que yo no puedo hacerlo porque no soy una institución. Tengo claro que el museo está haciendo una investigación de los hechos, y también he informado al INAH de esto, solo estoy esperando a que respondan”, concluye el investigador.
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