La quinta ola del secuestro

Raúl Rodríguez Cortés

Los secuestros no ceden en el país y diversas organizaciones civiles y académicas ya alertan que estamos ante un nuevo pico en la comisión de este delito, acaso el más pernicioso para víctimas y familiares, después del homicidio doloso.

Las estadísticas marcaron un repunte en el transcurso de este 2017 que termina. En la Ciudad de México, por citar un ejemplo, se han cometido cinco secuestros cada día. Hasta el último día de noviembre se habían cometido mil 670, de acuerdo con cifras de la organización México Unido contra la Delincuencia.

El director de su consejo consultivo, Carlos Mendoza, no oculta su preocupación por el repunte de los secuestros en el segundo semestre de este año. Advierte, incluso, que entramos a la quinta ola de esta expresión de la inseguridad en el transcurso de dos décadas.

La privación ilegal de la libertad para cobrar rescates empezó a ser una constante entre 1995 y 1997. Fue esa una primera ola en la que hubo secuestros de alto impacto probablemente cometidos por grupos armados con reivindicaciones de carácter ideológico y político. Fueron los casos del banquero Alfredo Harp, del empresario restaurantero y de medios de comunicación, Joaquín Vargas, y del dueño de una importante cadena comercial, Ángel Losada. Estos sonados plagios dieron pie a que grupos delincuenciales, como el de la temida banda de Los Caletri o el aberrante Daniel Arizmendi, El Mochaorejas, la emprendieran contra otros hombres y mujeres de dinero para cobrar millonarios rescates tras sanguinarias vejaciones a sus víctimas.

Una segunda ola tuvo lugar entre 2004 y 2006. Las víctimas ya no fueron poderosos empresarios, sino familiares con recursos económicos suficientes y notoriedad públicas. Las bandas aun actuaban atomizadas y estaban integradas por policías y ex policías.

La presión social al gobierno generó entonces nuevos mecanismos institucionales que lograron revertir una tendencia que para entonces ya ahogaba a la ciudadanía. Pero el secuestro tendría una tercera ola, entre 2007 y 2009, que nos volvió a impactar a todos. Fueron, entre otros, los casos de la hija de Nelson Vargas y los hijos de Alejandro Martí y de la señora Isabel Miranda de Wallace. El desalmado proceder de los plagiarios, que terminó en el asesinato de sus víctimas, dio lugar a la movilización de la sociedad civil, en multitudinarias manifestaciones como la de Iluminemos México.

La respuesta gubernamental volvió a contener por unos meses la comisión de secuestros, pero en 2014 surgió una cuarta ola en la que el espectro se amplió: todos, desde entonces, podemos ser víctimas de secuestro, con una variedad infinita de la delincuencia organizada y la común en la forma de cometerlos.

Nueva respuesta institucional: la Estrategia Nacional para combatir el delito del secuestro que arrojó resultados importantes en 2015 con una contención notable y más o menos tranquilizadora.

Pero las cosas se empezaron a descomponer en 2016 y los índices del secuestro volvieron a dispararse. Y apenas iniciado 2017 tuvimos en enero el mes más cruel de secuestros en los últimos cinco años. De esa fecha para adelante las cifras siguen a la alza y esa es la razón de la advertencia de que estamos frente a una quinta ola.

De ahí que sea pertinente compartir con ustedes una especie de prontuario que recomienda, desde un punto de vista estrictamente académico, procedimientos para enfrentar de la mejor manera posible un secuestro. Es resultado de un estudio de David Reyes Domínguez, investigador de la Facultad de Psicología de la UNAM.

Él recomienda, en primer lugar, mantener la calma en lo posible y no mirar a la cara a sus plagiarios ni confrontarlos. Los primeros 30 minutos del secuestro son los más peligrosos porque es el lapso en que los secuestradores tienen el más alto nivel de adrenalina y pueden reaccionar de cualquier manera.

El siguiente paso es estar preparado ante la posibilidad de ser golpeado, evitar hacer amistad con delincuentes y cuidadores, pero no cerrarse a la posibilidad de hacer cierta empatía.

Ya en cautiverio, aceptar la comida que se le dé, pues nunca se sabe cuándo volverán a hacerlo. Si disminuyen la ración, quiere decir que la negociación va mal. Entonces debe estar muy atento de lo que escucha y ve, y no perder la noción del tiempo ni la calma. Evite negociar con los secuestradores o darles información de más que pueda ser utilizada en su contra o de su familia.

Nunca trate de escapar a menos de que esté en peligro de muerte y lo más seguro posible de que lo va a lograr. Y no pierda de vista que el momento de la liberación o un intento de rescate de la autoridad son los segundos más peligrosos.

¡Hasta dónde hemos llegado! ¡Qué rabia!
 

@RaulRodriguezC raulrodriguezcortes.com.mx
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