¿Hasta cuándo, incendiarios?

Jean Meyer

¿Hasta cuándo, incendiarios, abusarán de nuestra paciencia? Hace un mes, grité contra “una quema nada santa” sin saber que era yo un profeta de desgracia. El viernes 10 de mayo, no sé si para celebrar el Día de la Madre, nuestros Nerones prendieron incendios por los cuatro vientos, en el antes llamado Distrito Federal y en todos los estados vecinos. Sobre la megalópolis, gran parte de los estados de México, Morelos, Guerrero, Hidalgo, se extendió una capa gris-café que opacó el cielo y disimuló al sol; pensé en la novela apocalíptica de Cormack McCarthy, The Road, y en su adaptación al cine con Vigo Mortensen: los escasos sobrevivientes de una guerra nuclear caminan bajo un cielo color de ceniza, sin ver jamás el sol.

¿Seremos capaces de tapar el pozo, ahora que experimentamos en carne propia que el niño puede ahogarse? La parálisis de las autoridades, a todos los niveles, no me sorprende. Nunca les ha preocupado la quema estacional generalizada en esta temporada, antes de que lleguen las aguas salvadoras. Usos y costumbres, sabiduría campesina popular. ¿Cuántas idioteces no habré escuchado? “Fertiliza la tierra, mata los bichos”. Y acaba con la microfauna y la flora y los bosques, y contribuye poderosamente al efecto invernadero, al recalentamiento del planeta. ¿Entenderán alguna vez que deben emprender una intensa y permanente campaña educativa, explicativa? Somos como aquellos hombres de la prehistoria que, para capturar no sé cuales iguanas o lagartos, incendiaban el monte: no tenían que correr y se los podían comer ya cocidos. Un animal por persona, 50 personas que calcinaban todo un bosque y miles de animales muertos que ni iban a comer. Así somos de inconscientes y criminales.

Nuestras autoridades les echan la culpa de los incendios a las “altas temperaturas” que no dudan en calificar de “anormales”. No he encontrado una sola denuncia de la responsabilidad humana, no se menciona a los incendiarios, cuando mucho se habla de imprudentes que tiran una colilla mal apagada. Eso sí, empiezan a aparecer algunas cifras: 4,425 incendios desde el principio del año, de los cuales 2,000 en la zona de Ciudad de México, Estado de México y Morelos. Un gobernador reconoció que “fue exagerada la aparición de incendios” a partir del 10 de mayo. El 16 de mayo, la zona metropolitana, en el sentido mayúsculo, el Bajío hasta Celaya, el Sureste, seguían bajo un cielo de fin del mundo, mientras que 120 incendios destruían bosques en todo el país. Se mencionaba que algunos “ya están en proceso de liquidación y 23 ya fueron liquidados”. ¿Liquidados, con líquido? No tenemos ni bomberos, ni aviones tipo Canadair, ni el material y las sustancias necesarios para combatir los incendios forestales. Apenas si logramos apagar los incendios urbanos. En tiempos de pobreza franciscana, el Estado, los estados, los municipios ni van a contratar bomberos, ni van a comprar material.

Por lo tanto, lo único que se puede hacer es prevenir. De dos maneras: Educando y CASTIGANDO a los incendiarios y a los pirómanos (dos categorías diferentes). Manteniendo a nuestros bosques. “Topamos con el Estado, Sancho”; pues, sí. La Comisión Nacional Forestal (si no me equivoco, hace mil años, Cuauhtémoc Cárdenas, que tiene formación de ingeniero forestal, la dirigió) contrataba, tradicionalmente, muchos trabajadores temporales para limpiar el bosque, entre diciembre y mayo. Creo saber que la Comisión Forestal ha visto su presupuesto reducido a la tercera parte, una reducción que, muy posiblemente, empezó en el sexenio anterior. El resultado es que se ha cancelado, para la temporada diciembre 2018-abril 2019, las operaciones de prevención de incendios.

“Daño ecocida”, tituló la editorial de EL UNIVERSAL del sábado 11 de mayo. Con toda razón. Estamos contribuyendo poderosamente al recalentamiento del planeta, a la destrucción del medio ambiente, enfermamos —cuando no matamos— a nuestros niños y ancianos, en una palabra, practicamos alegremente el suicidio global.

Historiador, padre de familia, abuelo

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