Las jóvenes de Maduro y los tratantes mexicanos

Héctor De Mauleón

En noviembre pasado, la Policía Federal desarticuló una red de trata con fines de explotación sexual, que operaba en el Hotel Gran Vía, en Toluca, Estado de México.

Los investigadores ubicaron dentro del hotel a 24 mujeres extranjeras, 14 colombianas y 10 venezolanas. A todas ellas las habían enganchado a través de mensajes colocados en redes: “Solicitamos chicas atractivas para trabajar como edecanes, presentadoras, modelos, conductoras a nivel internacional”.

Los tratantes ofrecían hacerse cargo de los costos del viaje. Una vez en México, a las mujeres se les retiraba el pasaporte y se les amenazaba con hacerles daño a ellas y a sus familiares. Se les señalaba la deuda que debían cubrir. Se les tomaban fotos que eran subidas a la página zonadivas.com y se les obligaba brindar “servicios sexuales VIP”.

Cada seis meses, cuando se vencían los permisos para visitar el país, la planta de mujeres era renovada. En ese lapso, una sola mujer llegó a entregar a los tratantes ganancias cercanas al medio de millón de pesos: cada una de ellas era obligada a prestar hasta cinco servicios diarios.

El Gran Vía ofrecía a sus clientes villas con jacuzzi, alberca, “potro del amor”, tubo y luces. El gerente y la recepcionista coordinaban, de acuerdo con las autoridades, “las actividades ilícitas dentro del hotel”.

La investigación dejó en manos de la División de Investigación de la Policía Federal dos números telefónicos: el de un sujeto que se movía entre Toluca, Puebla y Cuernavaca (se llamaba Juan Carlos Benavides; la recepcionista del hotel se había comunicado varias veces con él); y el de una estética ubicada en esa última ciudad, cuyo nombre era Queens.

Un juez autorizó que los números fueran intervenidos. La policía advirtió que Benavides recibía instrucciones constantes de una mujer con acento sudamericano. El hilo de la investigación llevó a un edificio de departamentos en Cuernavaca, Morelos. Ahí tenía su pequeño imperio la venezolana Yolimar Carolina Rodríguez.

Yolimar había llegado al país como víctima de trata. Intentando huir de la miseria, aceptó una oportunidad para trabajar en México como “modelo”. Cayó en manos de tratantes y fue explotada durante un tiempo.

Cuando pagó su “deuda” (el costo del boleto de avión, los gastos que generó su estancia, las “cuotas” diversas que se le impusieron), sus verdugos la entregaron a Migración. De acuerdo con la División de Inteligencia, Yolimar, sin embargo, no fue deportada.

Llegó a un “arreglo” con la gente de Migración y pudo prolongar su estancia en el país. Al poco tiempo se casó con un mexicano. Había aprendido el esquema básico del negocio, y se dedicó a replicarlo.

Enganchó a través de las redes a jóvenes venezolanas que luego fueron explotadas en hoteles de Puebla, Cuernavaca y Toluca.

Yolimar y su brazo derecho, Juan Carlos Benavides, pagaban 500 pesos a las recepcionistas de los hoteles por cada servicio que estas conseguían. Cada que algún cliente solicitaba compañía íntima, las recepcionistas se comunicaban con Benavides, o bien a los teléfonos de la estética Queens, en donde otros dos socios, Kleiver Josué González (venezolano) y Alfonso Pacheco (mexicano), se encargaban “de retocar a las chicas y programar las citas”.

El costo de cada servicio era de 2,500 pesos. Yolimar le quitaba a sus víctimas el 40% de esta cantidad, bajo el pretexto de que dicho porcentaje era exigido por los dueños de zonadivas.com para anunciar a las jóvenes en su página.

En el departamento de Cuernavaca habitaban cuatro mujeres, y antes de estas habían vivido cuatro venezolanas más. Según la policía, la idea era endeudar a las jóvenes lo más posible. Las jóvenes declararon que solían prestar tres servicios cada día, y que además del supuesto porcentaje para zonadivas.com se les retiraban los gastos de renta, comida, ropa, arreglo personal y uso de taxis.

La semana pasada relaté en este espacio las historias de dos jóvenes que huyendo del infierno venezolano vinieron a dar al infierno mexicano. De acuerdo con autoridades federales, los casos se replican en todo el país. Las jóvenes de Nicolás Maduro son la nueva carnada: la carne de cañón de los tratantes mexicanos.

 

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