Otra memoria de los recuerdos del porvenir que no se fue

Guillermo Sheridan

Resuena con renovado estrépito la corneta de hojalata nacionalista en los más variados ámbitos, de los palacios de la política y la economía a las cabañas de la cultura. Lo mismo demanda la reparación de los agravios de toda laya que exige, otra vez, la certidumbre de que el arte y las letras deben representar la “identidad nacional”, ser “populares” y afanarse en la tarea de provocar mejores mexicanos, etc.

Ocurre cíclicamente. A veces genera cosas tan sutiles como López Velarde escribiendo “La suave Patria” o tan curiosos como la música de Revueltas, pero también tan burdos como primeras damas disfrazadas de horchata. Es la historia de que el arte y las letras deben sumarse al Estado en el decreto de qué califica de “popular” y, después, legislar como asestárselo al pueblo para que, ante ese espejo, caiga en éxtasis narcisista: “¡Esto somos!”

De ahí que se espere de los creadores una conducta adecuadamente “nacionalista”. Para ello es menester que acepten con resignada osadía, o con vanidad necesaria, que sus obras deban ser accesibles para la inabarcable variedad del “pueblo”, esa concreta abstracción; así como que sus obras deban estar expresadas en lenguaje y formatos que califiquen de “accesibles”.

Ahora que retumba de nuevo el tema, recuerdo cómo durante la Revolución ese fervor se convirtió en una ideología ferviente con todo y sus policías, algo que estudié en México en 1932: la polémica nacionalista, un libro que publicó el FCE en 1999.

Advierto ahora algunas diferencias entre el nacionalismo de mis generales Plutarco, Abelardo y Lázaro y el que resucita con nuevos aliños: durante el primero, el catolicismo, sobre todo el guadalupano, no sólo no calificaba de “identidad nacional” ni de “valor popular”, sino que era perseguido y castigado como una perversión de la verdadera identidad. En nuestros días, en cambio, el recurso al fervor religioso —lo mismo el cristiano que el, digamos, prehispánico— es una fuente certificada de oriundez identitaria y, por tanto, de legitimidad política.

Otra diferencia es que del callismo al cardenismo, en tanto que la virilidad fue incluida en la canasta básica de la “identidad nacional”, el Estado y sus corporaciones de intelectuales optaron por perseguir y castigar a escritores y artistas homosexuales que, por serlo, eran además escapistas, exquisitoides, europeizados, vendepatrias, indiferentes al sentir popular y afectos a formas de expresión “fifís de dancing”: el arquetipo, en suma, del enemigo interno que el verdadero pueblo, tan bravío, requería para contrastar su calada vanagloria.

Ahora a ningún neonacionalista se le ocurriría incluir a la gente LGBTQIA en la categoría de “elementos antipatrióticos” que, desde las tribunas del Poder Legislativo, denunciaban con vehemencia los generalotes y diputadazos del Partido Nacional Revolucionario. (No por predecible fue menos ingenioso un comentario de Jorge Cuesta sobre tal vehemencia: a su parecer, tal interés en la virilidad se esperaría más de mujeres que de “hombres cabales” que, sin embargo, tienen en común con ellas estimar “a un hombre por su sexo, antes que por su valor”…)

Y no son las únicas diferencias. La sociedad mexicana de hoy es infinitamente más versátil y compleja, mucho más joven, liberal, viajada y leída que la de hace 90 años. Lo único que no parece haber cambiado nada es el imperativo de servirle al “pueblo” una literatura accesible y formativa que refuerce la “identidad nacional”, un imperativo de coartadas simples y beneficios rápidos, aunque no tanto para el “pueblo” como para quienes se alzan con el monopolio de identificarlo. Un “pueblo” que por decreto oficial debe volver, una y otra vez, a Juan Pérez Jolote…

En un ensayo de 1976, Carlos Monsiváis explicó que “el primer beneficiario directo del impulso del nacionalismo cultural es el grupo en el poder… El proyecto de cultura nacional se va configurando como una decisión política: no sólo es la cohesión social que de allí se derive lo que importa, sino el consenso en torno al guardián y proveedor de los símbolos nacionalistas. La ‘nueva sensibilidad’, cuya presencia declaran los intelectuales gracia de la Revolución, deviene producción de ideología que solidifica y avala la permanencia del Estado nacional…”

Y bueno, pues ahí seguimos…

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