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Epitafios para los esposos Paz

07/05/2019
01:52
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Cuando murió la señora Marie-José Tramini viuda de Paz el año pasado, algunos nos preguntamos qué iría a suceder con las cenizas de la pareja. En estas páginas (“Tribulaciones del polvo enamorado”) conjeturé algunos posibles destinos para depositarlas: la plaza de Mixcoac (donde Paz pasó su infancia), el jardín de la Casa Alvarado (donde murió) y el Antiguo Colegio de San Ildefonso (donde estudió la preparatoria y se hizo escritor).

Me parece buena la decisión que —de acuerdo con la prensa— tomaron la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio Nacional y la Secretaría de Cultura del gobierno federal. Las urnas estarán en un pequeño monumento que diseña Vicente Rojo —artista superior, amigo y colaborador de Paz— y habrá de colocarse en el patio principal, en un sitio que diseña el arquitecto Alberto Kalach.

Hace años, después de la muerte de Paz, caminaba por San Ildefonso con mi querido amigo Miguel Cervantes, ausente ya también, artista y museógrafo que también fue amigo del escritor. Mirábamos el patio desde el segundo nivel, bajo una encendida tarde policroma. Miguel pensó que estaría bien reproducir en piedra en un muro el poema de Paz “Nocturno de San Ildefonso”, en el que evoca su juventud, su ciudad, su formación intelectual y espiritual.

“Habría que buscar una piedra hermosa —decía Miguel—, elegir la tipografía adecuada y conseguir a un buen lapidario…” Comenzó a mirar su idea, eligió un muro propicio, explicó que la piedra, de lejos, parecería un elemento decorativo y que sólo quien se acercase advertiría el poema. A mi comentario en el sentido de que el “Nocturno” tiene más de doscientos versos y que la gente, por lo general, no lee poesía, Miguel externó un par de opiniones (más bien severas) sobre los lugares (más bien desagradables) a los que, en su opinión, ya podía irse la gente…

Ahora me pregunto qué se estará considerando escribir en la lápida. Si habrán de ponerse solamente los nombres de la pareja, con los perentorios años de sus respectivas vidas, o si se calcula algo más. Dudo que a alguien se le ocurra poner “Insigne poeta mexicano” o algún otro tedioso panegírico; y menos todavía una de esas graciosas microbiografías a las que hay propensión entre los sicilianos.

Me inclinaría por la ortodoxia anglosajona que, a pesar del Dr. Samuel Johnson, prefiere dejar a los poetas la responsabilidad de redactar involuntariamente su epitafio. El problema es que si no hay disposición testamentaria, corresponde a su familia o a sus amigos la tarea de elegir los versos que, a su parecer, mejor expresen la complejidad de su vida; que hablen en su nombre desde la tumba, una voz muerta en viva primera persona…

En el caso de T.S. Eliot, por recurrir al ejemplo elocuente, es difícil imaginar que cuando escribió el primero y el último versos de “East Coker” no anticipase su eventual epitafio, como en efecto lo fueron: “En mi principio está mi fin — En mi fin está mi principio” (como traduce José Emilio Pacheco). La síntesis cabal, en muy pocas palabras, de la amplia vida que contienen…

Pero ¿y en el caso de Paz? Registro algunas posibilidades. En su poema “Tumba del poeta” —que es el lenguaje, por cierto, no la tierra— Paz mismo se otorgó este epitafio en mayúsculas de lápida: “NUNCA SABRÉ MI DESENLACE”. Podría ser epitafio, también, un verso enigmático del propio “Nocturno de San Ildefonso”: “Hablo con los ojos cerrados”. Y desde luego funcionarían también los famosos versos iniciales de “Hermandad”, celebración y memento mori: “Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche…”

No son pocos los versos finales de algunos de sus poemas más ambiciosos, como el de Pasado en claro: “Soy la sombra que arrojan mis palabras”; o más celebratorio, aunque desprovisto del “yo”: “Palabras que son flores que son frutos que son actos”. Piedra de Sol no tiene verso final, por lo que hay conjeturables epitafios por todas partes. Me quedaría con dos: “La vida es otra, siempre allá, más lejos” y otro que, quizás, es el que más sorprendería a un o una joven que entrase por primera vez a San Ildefonso: “Despiértame, ya nazco”.

En fin. Sobre esto y otras muchas cosas se habla en la nueva entrega de la zonaoctaviopaz.com que hemos dedicado a repasar y a estudiar “Los años de San Ildefonso”. Los primeros escritos y los iniciales camaradas; los jóvenes amores y las primeras polémicas; el barrio estudiantil, los maestros, el Zócalo con sus tranvías.

Considere visitar ese “diálogo adolescente”…

Guillermo Sheridan (1950) es investigador en la UNAM y periodista. Ha publicado varios libros académicos sobre la cultura mexicana moderna, en especial sobre su poesía. Su trabajo como periodista ha...