La tragedia de los Nervo: Luis Enrique III

Ángel Gilberto Adame

A la muerte de Catalina, la familia Nervo se hizo cargo de sus hijas, Virginia y Catalina, quienes se convirtieron en íntimas de Amado y lo acompañaron en los periodos de zozobra que le tendió la suerte.

Consumada la adopción, Amado (1870) pasó de tener siete a nueve hermanos: Virginia (1867), Catalina (1869), Ángela (1873), Juan Francisco (1874), Luis Enrique (1875), Rodolfo Arturo (1876), Elvira (1878) y Concepción (1879).

Las peripecias del poeta comenzaron cuando estaba a punto de cumplir 13 años y enfrentó el fallecimiento de su padre, acontecimiento que lo convirtió en la cabeza de la familia. El inesperado deceso estrechó los vínculos fraternales. De Tepic, los Nervo mudaron su residencia a Michoacán, donde Amado continuó sus estudios y fue testigo de otra defunción, la de su hermano Juan Francisco, quien tenía 16 años, apenas cuatro menos que él. Luego de intentar graduarse de derecho y teología, inició su trabajo literario y retornó a Tepic; ahí tomó el cuidado de Luis Enrique, a quien quiso instruir en el oficio de escritor.

Viajaron juntos a Mazatlán, ciudad en la que Amado ejerció como reportero y dio pasos significativos para la difusión de sus poemas. Luis Enrique también se abocó a la poesía y, en el periódico local El Correo de la Tarde, publicó una elegía que tituló “A mi padre (En su tumba)”: “Tus restos, mi única herencia/ Depósito venerable/ Que en esta tumba se encierra/ Aquí es donde vengo ¡oh padre!/ Para que del cielo vengas/ Y este día de recuerdos/ Tú sólo escuches mis quejas!”.

Gracias a sus afinidades, Amado y Luis Enrique formaron una suerte de mancuerna que el mayor describió en sus Apuntes para un libro que no escribiré nunca: “Yo he visto el rayo verde, que trae ventura/ Lo vimos en una playa mazatleca mi hermano y yo, una tarde de julio”.

En 1894 arribaron a la Ciudad de México y se domiciliaron en la Calle de la Perpetúa 71/2 —hoy República de Venezuela—, e invirtieron sus ahorros en dos abarroterías. Ciro B. Ceballos, en Panorama Mexicano, escribió al respecto: “(Amado) compró otra tienda situada enfrente del mercado de La Merced, poniendo al cuidado y despacho de ese segundo comercio, a su hermano Luis Enrique, joven tímido, buen muchacho, buen mozo, e incipiente poeta, alucinado a las vegadas por un misticismo que le hacía desear meterse a fraile y de una sensibilidad werteriana, verdaderamente hiperestésica”.

Cuando parecía que los Nervo atravesaban un periodo de prosperidad, el destino les puso una nueva encrucijada. Mientras Amado había alcanzado cierta notoriedad en los círculos intelectuales de la capital, Luis Enrique se esforzaba por abrirse camino, para lo cual colocó tres poemas de su autoría en el semanario El Mundo Ilustrado de 5 de julio de 1896. El más llamativo de ellos, por el paralelismo que guardaba con las atribuladas emociones de su autor, lleva por nombre “Ánimo”: “Y si es la vida océano tempestuoso/ En que nunca el mortal halla bonanza,/ El que se entrega al vendaval furioso/ O ese mar atraviesa victorioso/ O pronto fin a su dolor alcanza”.

El 12 de septiembre de ese año, teniendo como escenario la tienda “La Mexicana”, la tragedia tocó de nuevo a la puerta de Amado. En el negocio familiar encontraron el cadáver de Luis Enrique. Se había pegado un tiro en la cabeza con sólo 20 años. Ceballos relató lo sucedido: “El suicidio ocurrió cuando se encontraba el desventurado mancebo tras el mostrador de su abarrotería. De ahí recogió la policía su cuerpo ensangrentado e inerte. La tarde del siguiente día, al obscurecer, sepultamos el cadáver en el panteón de Dolores (…) La aflicción de Amado Nervo era tan grande, tan intensa su nerviosidad, que hubo un momento en que creíamos que, enloquecido de súbito, iba a hacer lo mismo que su hermano, desertando de esta vida”.

Amado enterró con su hermano una parte de sí mismo. Luis Enrique ocupó un espacio en su memoria que ninguna alegría le hizo olvidar. Cuando su libro Los Balcones vio la luz, todavía persistía la última imagen feliz del hermano menor: “Luis ve desde su balcón lo que se ve desde el Palacio Real. Tiene este visual privilegio, del cual se ufana, porque mirar es para él la vida: mirarlo todo y, sobre todo, la Naturaleza”.

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