Las dos caras de Ricardo Anaya

Ana Paula Ordorica

Hay un Ricardo Anaya que es visto como alguien talentoso, preparado, buen orador y con proyecto claro para llegar a ser presidente de México. Pero hay otro Ricardo Anaya. El que es visto como un traicionero, un joven dictador, alguien que pregona en contra de la corrupción, pero que cuando de hacer un buen negocio se trata, no deja pasar la oportunidad, así implique alguna que otra trampa.

¿Cuál de los dos Ricardos es el bueno?

Por un lado, está el Ricardo Anaya que, con apenas 39 años, ha logrado lo que muchos quisieron desde hace más de dos décadas: conformar una alianza izquierda-derecha para sacar al PRI del poder. 

Lo quiso Vicente Fox con su famosos ¡Hoy! ¡Hoy! ¡Hoy! a Cuauhtémoc Cárdenas para que ambos fueran juntos como oposición a Labastida en la elección del 2000, sin éxito. Lo ha buscado durante años gente como Jorge G. Castañeda, con distintas variantes, también sin éxito. 

Anaya lo ha logrado. Que en el camino traicionó, hizo enojar a algunos y generó un éxodo importante dentro de su partido, ni duda cabe. Ahí están Margarita Zavala, Javier Lozano, Ernesto Cordero, Roberto Gil y compañía mostrando que, en política, como en la vida misma, no hay enemigos pequeños.

El #pelucagate de esta semana no le habría explotado a Anaya si sus métodos para quedarse con la candidatura del partido no hubiesen sido tan burdos. Anaya creyó que negoció bien cuando dejó que su acérrimo enemigo, Francisco Domínguez, se quedara con la candidatura del PAN para la gubernatura en Querétaro a cambio de que él se quedara con la presidencia del partido, confiado en que la buena gestión de José Calzada dejaría en manos del PRI el estado. Pero acabó ganando Domínguez y el equipo de Anaya sabe que ese frente del hoy gobernador de Querétaro es posiblemente la fuente de las filtraciones en su contra.

Anaya el traicionero es también Anaya el implacable. ¿Hay de otra forma para llegar hasta donde ha llegado? México necesita justo un político con proyecto de futuro, como el que presentó Anaya en el Auditorio Nacional cuando asumió la precandidatura del Frente, en dónde habló con datos duros de energías renovables; del futuro de los autos eléctricos y vehículos autónomos; de tiendas del futuro que ya existen en el presente, como la de Amazon en la que no hay cajeros ni dependientes. 

Anaya presentó así su idea para que México se inserte en las tendencias tecnológicas para poder alcanzar a los que nos llevan décadas de ventaja. Pero también hemos visto al otro Anaya, al que niega amistades como Manuel Barreiro y Juan Carlos Reyes para deslindarse de negocios en su estado natal, Querétaro, que generan suspicacias en el tema más sensible de esta elección: la corrupción.

Estas dos caras de Anaya son las que los indecisos, los que están enojados con el PRI pero tampoco se sienten cómodos en aventarse el volado de votar por Andrés Manuel López Obrador, tendrán que valorar el 1º de julio.

¿Es Anaya tan corrupto y tan dictador como para aceptar alguna de las otras opciones antes que darle el voto a él? O ¿es preferible esta posible corrupción de 54 millones de pesos, más lo que siga saliendo, con tal de no dejar al PRI en el poder ni de jugarse el volado con AMLO y sus promesas del pasado?

Son preguntas para los indecisos ante una elección que podrá definirse precisamente por este voto que, de acuerdo con las más recientes encuestas, representa un importante 20-24% del electorado.  

APOSTILLA 1: Sirva la guerra sucia que estamos viendo en estas campañas para que la clase política y empresarial se piense dos veces los actos de corrupción en que incurren. Los trapitos sucios salen, tarde o temprano. Hay impunidad, como en el caso Odebrecht, pero no para todos, como vemos en los ataques a Anaya.

APOSTILLA 2: El domingo cumple 89 años el PRI. Llega exactamente como un viejo cansado a este cumpleaños. En las nueve gubernaturas que estarán en juego el domingo 1º de julio, actualmente las tendencias indican que sólo tiene oportunidad de mantener Yucatán. Y nada más. No podrá quedarse con Jalisco ni recuperar alguna de las otras siete gubernaturas en juego. 

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