Desde hace mucho la idea del viaje como una aventura se ha impuesto como una rutina, cuyo mayor riesgo se halla en aeropuertos, estaciones de trenes y centrales camioneras cada vez más sórdidos...

En la Librería Francesa, De la Colina había comprado Les larmes d’Eros de Georges Batai-lle, y se lo mostró a Elizondo, que lo ojeó y lo hojeó, como suele hacerse con ciertos libros

Como lo sabían Miguel de Cervantes y su lector “que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada”, los entrecruzamientos que puede deparar la lectura muchas veces resultan insospechados y aún inverosímiles.