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Deja caer frente a los pies de su dueña una mordisqueada taparrosca azul a la espera de que sea arrojada. Cuando patean su improvisado juguete corre desesperada unos cuantos metros en el patio, lo muerde y lo lleva al mismo punto sin obtener respuesta. No hay tiempo para juegos, es hora de su terapia sicológica.

Arenita es una perra de dos años de edad con abundante pelaje de tono miel y de raza airedale mix que rompe lo que encuentra a su paso: cartón, plástico, madera, plantas. Todo. Esto comenzó hace más de 12 meses; además, no duerme, se la pasa toda la noche despierta y entretenida con un zapato o una chancla que no los muerde, sólo los lame y amanecen escurriendo de baba. “Es hiperactiva”, explica la etóloga Katia Olea Wagner.

El interés por su profesión surgió desde pequeña: a los cinco años jugaba con caracoles en lugar de muñecas. En el jardín de su hogar había arañas de colores, las recolectaba con su hermana y las llevaban a una casa de juguete. Jugaba mucho con Poof, un pitbull.

Pero la más peculiar de sus mascotas de infancia fue una cabra que le regaló su papá, estaba destinada a terminar como barbacoa familiar, pero al final no fue así y vivió 15 años. “Se murió de viejita”. Le dio un ataque al corazón justo cuando la joven ingresó a estudiar biología en la Facultad de Ciencias, en la UNAM.

Después le interesó seguir con medicina veterinaria en la misma institución. Un día, al preguntarse el por qué de la mala conducta de los perros de su mamá, se propuso viajar a España a estudiar la especialidad de etología (enfocada a resolver los trastornos de conducta de los animales) en la Universidad Autónoma de Barcelona; ahí descubrió que a pesar de que las mascotas de su madre tenían un jardín enorme para su esparcimiento, no tenían reglas y les hacía falta el contacto humano.

Trastornos de conducta

La etóloga, quien también da clases de fauna silvestre en la FES Cuautitlán (UNAM), comenzó a trabajar con un mono araña y un lobo; observó su conducta en cautiverio. Luego se dedicó a los perros y gatos. Cuenta que en México existen diversos trastornos de conducta, el más común es la agresión. “Se da porque somos una sociedad hacinada, somos muchos, trabajamos mucho, ganamos poco. El resultado es mucha frustración del humano y se refleja en sus perros, que son muy agresivos, no los sacan a pasear, a correr. No tienen estímulo de ejercicio físico y mental. Están hacinados como si fueran peluches”.

También está la ansiedad, caracterizada por el exceso de ladridos, destrozos, rompen todo lo que hay en la casa, hacen hoyos y aúllan todo el tiempo; está la ansiedad por separación: el perro destroza todo cuando el humano sale de su casa, se estresa al quedarse solo; el trastorno compulsivo: se lamen las patas, se quitan el pellejo, la piel, llegan al músculo y pueden llegar a mutilarse, se puede comparar con reacciones del humano como cuando se muerde las uñas hasta sangrarlas o la gente que se está jalando todo el tiempo el cabello hasta arrancarlo.

Otro trastorno es la disfunción cognitiva, como el Alzheimer, ocurre cuando los perros envejecen, empieza a despertarse en la noche, se orina donde no lo hacía antes. Le siguen las fobias: miedo incontrolable, miedo a la calle, al viento, a las sombras. A todo.

En otros países los trastornos varían. Cuando estuvo en España vio que el problema mayor era miedo, quizá por maltrato o un mal manejo. En Canadá era miedo, pero por sobreprotección, como si fuera un niño. “Cada sociedad tiene sus patrones y se ve reflejado en el problema conductual de sus animales”, cuenta.

Terapias y tratamiento

Con sus patas delanteras Arenita se recarga impaciente en el borde del bote de basura donde depositaron su “juguete”. La llaman y va hacia su terapeuta, pero el ladrido de su compañera Abi la distrae y se mete a la casa. Le hablan de nuevo y, como en el teatro, hasta la tercera llamada se hace presente. Con su mano izquierda Katia sostiene un premio en forma de un diminuto hueso, enseguida que su paciente lo degusta la toma de la barbilla y con la otra mano sostiene el heater o correa líder gentil, se lo coloca en el hocico y lo abrocha.

“¿Viste cómo lo hice? ahora te toca a ti hacer lo mismo”, explica la etóloga a Laura (la dueña). En los primeros intentos la perra hiperactiva se come los premios antes de que la joven veinteañera pueda colocarle la correa. Después de repetirlo en varias ocasiones, lo logra.

Eso es parte de la terapia de hoy, pero durante los próximos dos meses la canina tomará un complemento para que se regulen sus neurotransmisores o su nivel de serotonina, si es que andan bajos. Después de eso la tendrán que sacar a correr y el ejercicio los regulará en automático, por eso es la correa que servirá para controlarla en la calle.

Las terapias de Olea Wagner inician primero desde que acude a la casa del perro o gato y observa el ambiente, porque casi siempre es el que dispara el problema. Ve la relación del dueño con la mascota, lo mismo que la conducta de los animales en casa y en la calle. Con eso puede saber el origen del problema, porque muchas veces el humano es quien provoca el trastorno de conducta sin darse cuenta. Por lo regular en esto tarda entre una hora treinta minutos a dos horas y media, dependiendo de la dificultad del caso.

A partir de ahí ella saca toda una lista de lo que el propietario debe hacer y evitar. “Me podría atrever a decir que 90% de los trastornos de conducta son provocados por el hombre, el otro 10% puede ser que sea una enfermedad que tiene el animal y por eso está cambiando su conducta (...). Si el animal tiene una afectación en las cervicales. va a tener problemas de conducta, lo mismo que si tiene un tumor en el cerebro o un dolor articular”, señala Olea.

Si un gato tiene problemas de conducta, lo que necesita en su casa es tener acceso a escalar, a trepar en todas las habitaciones, necesita jugar al atardecer. Como son cazadores si no se juega con ellos, lo hacen con uno y lo dejan todo rasguñado. Con los perros se necesitan retos mentales. “La mayoría de razas que ahorita son de moda son razas de trabajo. Todas las razas fueron creadas por el ser humano y no están adaptados para vivir en una casa y ver la tele en el sillón con el dueño”, platica la etóloga.

Cuando el trastorno de conducta es agresivo puede tardar desde semanas, meses, hasta llegar al año. Ella no recomienda medicar a los animales para tratar sus problemas, sólo en caso de que corra riesgo algún miembro de la familia. Por lo general, dos sesiones (si no es agresión) son suficientes para el tratamiento. La primera consulta tiene un costo de 700 pesos.

Cuenta sus mejores experiencias, como la de Soni, una mezcla de sharpei con rottweiler que no se le podía ver, no toleraba el contacto visual y mucho menos el contacto físico. Mordió a su propia dueña. Estaba destinado a la eutanasia, pero ella nunca lo ha recomendado. Cuenta que cuando tomó el caso, el animal había pasado por varios etólogos, aun así, en dos meses el perro avanzó rápido, pero la diferencia fue la dueña, quien iba cada semana y le ponía tareas y ejercicios, “y es que la etología funciona siempre y cuando el humano sea proactivo”, dice.

Después de más de un año, el perro podía convivir con cachorros y hasta se dejaba inyectar, pero su agresividad no se debía sólo a la combinación de razas, lo que la disparó fue que un entrenador lo maltrató: si se equivocaba, la picaba con las llaves en toda la espalda. Era un mal entrenamiento. En algunas escuelas no se lo dicen a sus clientes, pero se utiliza un collar eléctrico, “eso es un shock muy fuerte, muchos pacientes míos después de ir al entrenamiento llegan con agresión ofensiva hacia la familia, llegan con miedo. Los despedazan emocionalmente”, lamenta.

Muchos entrenadores utilizan la frustración y el castigo físico, doblegan al animal y regresan con un perro que se sabe sentar, se queda quieto, se echa y camina junto a ti. Hace todo bien por miedo y porque lo lastimaron, no porque confíe y puede que vuelva con fobias. Quienes lo hacen bien son los que lo realizan con refuerzo positivo: se les pide, no se les ordena.

El cariño que le tienen a Arenita llevó a sus dueñas a buscar una alternativa para modificar su conducta y no medicarla, como en un principio recomendó su veterinario. Esta tarde es su segunda terapia y orgullosas muestran el primer truco que aprendió la vez pasada: meterse entre las piernas mientras una de ellas camina. Luego de ejecutarlo le gritan “¡bieeeeeeeeeeen!” y recibe su recompensa.

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