Crónica. “Mi hijo fue un héroe, y le doy gracias a Dios”

25/11/2016
02:13
Juan Arvizu y Alberto Morales
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Clitia Cámara Murillo, madre del galardonado, recibe presea en su nombre

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Doña Clitia Cámara Murillo se levanta rápido de su asiento y abraza muy fuerte a su hijo Iván Rivas Cámara, quien ha dicho el mensaje de la familia del héroe de Chilpancingo, Gonzalo Rivas Cámara, un marino cuyo nombre se agrega a la lista de quienes han recibido la Medalla Belisario Domínguez, en el Muro de Honor, de bronce centelleante, en la antigua sede del Senado de la República. Es un altar a la grandeza mexicana.

Ambos lloran en el hombro del otro. Son 22 segundos de congoja y orgullo. El presidente Enrique Peña Nieto está al lado de ellos, en el presídium senatorial y aplaude junto con los senadores e invitados a la sesión solemne, y el tributo a Gonzalo Rivas Cámara se prolonga más allá de un minuto.

Ven a la madre llorosa que con un pañuelo de papel limpia con amor las lágrimas de su hijo Iván, también teniente de fragata, vestido de gala y que enseguida recibe el saludo de Enrique Peña Nieto, el comandante supremo de la Marina a la que sirve. El Presidente lo abraza y el hombre de armas, sacudido por las emociones de dolor, orgullo, humildad, amor, gratitud, reacciona con pena de estar con los ojos húmedos ante el jefe de las instituciones.

“Mi hijo fue un héroe”, dirá doña Clitia Cámara Murillo con la firme convicción y brillo del orgullo, en una charla con periodistas, al pie del monumento a Belisario Domínguez, en el patio de la casona del Senado, luego de la guardia de honor al mártir chiapaneco. Se los dice con cariño: “Mi hijo fue un héroe, y le doy gracias a Dios”.

Gonzalo Rivas Cámara murió el 1 de enero de 2012 a consecuencia de las quemaduras que recibió el 12 de diciembre de 2011, al apagar fuego en una gasolinera sobre la Autopista del Sol, donde trabajaba. Las llamas se habían producido en una movilización de estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero. Sus actos son “humanismo heroico”, ha dicho la senadora Sonia Mendoza Díaz (PAN), al hablar en nombre del Senado.

Los ojos de doña Clitia ven un Senado con los arreglos de sesión solemne. Una escolta abanderada de cadetes del Colegio Militar, un dispositivo de seguridad del Estado Mayor Presidencial (EMP), reflectores, arreglos florales tipo escudo en las columnas del patio. Cientos de personas de vestimenta formal.

La reciben los senadores Esteban Albarrán Mendoza, Ernesto Ruffo Appel (PAN) y Zoé Robledo (PRD), y la acompañan al Salón Luis Donaldo Colosio. Se la ve serena, contenta con las amabilidades, más cálidas de lo que dicta el protocolo. El legislador Albarrán, de Guerrero, charla con ella un poco de quienes lo conocieron en Iguala, como un profesionista trabajador, responsable y sencillo. Ella, de cabellera blanca, sonríe a cada atención. Brillan sus ojos y los zafiros en sus aretes, en un dije y anillo.

Ya en el presídium, la madre de Gonzalo, el héroe, ve a su lado al Presidente de la República y a los presidentes del Senado, Pablo Escudero Morales (PVEM), y de la Cámara de Diputados, Javier Bolaños (PAN). Frente a ella, el pleno, 68 senadores, apenitas el quórum, y al fondo, en la fila que siempre se dispone para la familia, sobrinas y dos hijos varones del galardonado que llorarán en silencio, se abrazarán hombro con hombro en varios momentos de esta ceremonia, que es ritual.

Itzel Ríos de la Mora (PRI) lee la proclama de Belisario Domínguez en la que dejó de herencia una medida al esfuerzo por México: “Cumpla con su deber la representación nacional y la patria está salvada”.

Sonia Mendoza (PAN) expone que el acto de Gonzalo Rivas es de heroísmo incuestionable.

Las emociones se convierten en lágrimas en los ojos de doña Clitia, que luego recibe la Medalla Belisario Domínguez de manos del senador Pablo Escudero, en su estuche abierto, en el que mira el destino de su hijo; muestra el galardón a la sala, lo vuelve a ver y lo alza un poco y eleva la mira, musita algo que escucha Peña Nieto. Han de ser palabras para el hijo reconocido así, post mortem.

Habla el teniente de fragata Iván Rivas Cámara. Dice que el mensaje es de paz, que es la forma de honrar el recuerdo de su hermano. Relata que “somos una familia naval”, de un padre capitán de corbeta. En casa la rutina empezaba con un toque de Diana.

Al cumplir siete años, Iván, el menor de la familia, fue festejado con unos luchadores que le hicieron el día feliz, y cuando esos gladiadores se quitaron las máscaras eran Gonzalo y sus amigos. “En ese momento nació mi héroe”, dice, y sacude al salón. ¿Quién no llora? ¿Quién pudo aguantar las lágrimas?

“Cuando cumplí siete años, él me regaló uno de los mejores días de mi vida”, dice y la garganta se le cierra. El aplauso solidario le dan un respiro, y agrega: “El 12 de diciembre de 2011, [Gonzalo] le regaló a muchos otros la oportunidad de regresar a casa sanos y salvos”.

Envueltos en la emoción, los presentes reciben el regalo póstumo de saber quién fue Gonzalo Rivas Cámara. Y el mismo Toque de Silencio de los cadetes del Colegio Militar entonará sentimientos de congoja y orgullo.

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