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Hace casi un año se recordaba “la caída” del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. El valor simbólico de la apertura al tránsito de personas aquella noche en la ciudad dividida superaba las fronteras de Berlín y de Alemania y fue el comienzo de profundas transformaciones en la política internacional: el fin del conflicto mundial Este-Oeste.
Para Alemania, ese día empezó un ciclo de negociaciones entre la República Federal de Alemania (Oeste) y la República Democrática Alemana (Este), y con los otrora poderes triunfantes de la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética, en un proceso llamado “2+4” por las dos Alemanias y las cuatro potencias que las tutelaban desde 1945), que dio como resultado la reunificación del país el 3 de octubre de 1990. En esa fecha los cinco estados que formaban Alemania oriental se sumaron a la Federación de Alemania, ahora con 16 estados federados y 15 millones más de habitantes.
Un cuarto de siglo más tarde, el Día de la Unidad alemana encuentra un país que continúa su transformación interna y hacia el exterior. Habiendo optado por el pragmatismo (la adhesión a un país existente, y no la creación de uno nuevo), Alemania trata de cerrar las brechas de desarrollo económico y social que persisten entre los estados del Oeste y los “nuevos estados”. Si bien han tenido éxito, las diferencias en algunos casos tienen perspectivas no del todo halagüeñas.
Hace unos días se presentó el Reporte Anual del Gobierno Federal del Estado de la Unidad Alemana, donde se confirmó que los salarios en los nuevos estados siguen siendo claramente más bajos, y el desempleo sensiblemente más alto; o que en el horizonte de 2030 los estados orientales tendrán una tasa de adultos mayores más alta, pues prosigue el movimiento de población joven hacia estados del Oeste (aunque a ritmos menores), o a Berlín y su periferia.
Por lo que hace a la producción de valor agregado, el Este ha duplicado su capacidad desde 1991, pero aún es una tercera parte menor en comparación a los valores promedios del Oeste. En las actividades agropecuarias, el Este es más productivo por persona empleada, lo que subraya que el dinamismo industrial del Oeste sigue siendo mayor.
El fallecido escritor Günter Grass registró en 1989-1990 un diario de sus experiencias de aquellos meses de negociaciones y cambios vertiginosos, publicado como De Alemania a Alemania. Su visión crítica y pesimista de la forma en que se llevó la reunificación contrasta enormemente con el optimismo y actitud algo triunfalista de los participantes occidentales de aquellas negociaciones, de los cuales unos siguen activos en política (como el propio ministro Federal de Finanzas actual).
Las recientes encuestas de satisfacción de la población del Este con “el cambio” (como suelen llamarlo los alemanes) señalan los niveles más altos; sin embargo, en el Oeste son aún más elevados (pero más bajos que en 1991). Esta diferencia de percepciones se suma a otras tantas como aquellas respecto a desafíos importantes de la actualidad, como la forma en que se administra la crisis de refugiados: en el Este son más reticentes a la presencia de solicitantes de asilo e inmigrantes —y lo hacen sentir, espoleados por grupos de ultraderecha—.
En lo internacional, Alemania juega en Europa un papel importantísimo, y en conflictos específicos como Ucrania, Siria o Irán su participación es la de un jugador de rango global. Ello no sería posible sin la reunificación que tuvo lugar hace 25 años. Los desafíos que enfrenta hoy a escala doméstica, en la dimensión de la Unión Europea y en la arena internacional difícilmente eran imaginables aquel 3 de octubre de 1990.
Y a ellos se suma el escándalo de Volkswagen que ocupa ahora los titulares en todo el mundo. A pesar de ellos, es la notable resiliencia alemana la que lleva a pensar que —contrario a la previsión de Grass— no se trató de una “unificación insensata”.
Académico de la Facultad de Economía-UNAM y doctorante de la Universidad Libre de Berlín
@zirahuenvn
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