Bullies vs. la justicia

Gabriel Guerra

El que el narcotráfico sea hoy el mayor reto visible no quiere decir que sea el peor ni el más peligroso enemigo de la seguridad

Una de las grandes asignaturas pendientes del Estado mexicano sigue siendo la impartición de justicia y la creación de un verdadero sistema de leyes y de instituciones encargadas de procurarlas.

 

Se ha debatido hasta el cansancio el fenómeno del crimen organizado y de la salvaje ola de violencia que azota al país hace ya casi tres lustros. Mucha de la discusión se centra en una crítica feroz a la decisión del entonces presidente Felipe Calderón de lanzar una ofensiva mayúscula, militar, contra las distintas agrupaciones criminales que habían sentado sus reales a lo largo y ancho del país.

 

La mal llamada “guerra” de Calderón partió de un diagnóstico correcto, pero se basó en una estrategia incompleta e imposible de ejecutar eficazmente. El diagnóstico, a simple vista, es que los cárteles del narcotráfico habían penetrado de tal manera el tejido social e institucional en muchas regiones y a nivel nacional que era indispensable marcarles un alto. No bastaba con las tácticas policiacas de antaño: su capacidad económica, sus arsenales y en muchos casos su control territorial obligaban al gobierno federal a enfrentarlas con toda su fuerza. Y ante la evidente incapacidad y frecuente complicidad de los cuerpos policiacos era necesario recurrir a las Fuerzas Armadas mientras se entrenaba y equipaba a nuevas corporaciones de policía. Y se dotaba a ministerios públicos y al Poder Judicial de capacitación y herramientas adecuadas. Y se persuadía a gobiernos estatales y municipales a sumarse al esfuerzo. Y se les daba el blindaje legal e institucional necesarios para hacerlo. Y se les protegía de las acciones violentas, de intimidación o represalia, de parte de los narcos. Y, y, y… Una larga lista de todo lo que se tendría que hacer (y que sigue sin hacerse por completo) para tener éxito: un trabajo de varias generaciones para recomponer sistemas de seguridad pública, de inteligencia y procuración de justicia, del sistema tributario, que facilitaba el lavado de dinero en gran escala.

 

Calderón podía patear el balón hacia adelante, como lo había hecho Vicente Fox, o enfrentar el problema. Hizo lo que debía hacer pero sin el tiempo ni las herramientas y recursos necesarios para obtener resultados. Y a su sucesor en Los Pinos no le quedó mucha opción, porque un repliegue del Estado mexicano hubiera sido suicida. Pero continuar con una receta incompleta sólo garantizaba más de lo mismo: a falta de gobiernos estatales y municipales comprometidos, corporaciones policiacas modernizadas, sistemas de inteligencia eficaces y de un sistema judicial al día, la tarea seguiría —y sigue— recayendo en el Ejército y la Marina.

 

El que el narcotráfico sea hoy el mayor reto visible no quiere decir que sea el peor ni el más peligroso enemigo de la seguridad y la ley en nuestro país. A lo largo de décadas, siglos tal vez, sucesivos gobiernos, dirigentes políticos y sociales, académicos, activistas y medios de comunicación hemos fracasado en un empeño tan básico como fundamental: la conciencia colectiva, la educación cívica, la responsabilidad individual que son indispensables para construir un sistema de leyes, una nación en la que la impunidad sea una excepción, una aberración, y no la norma como lo es hoy en día.

 

Lo fácil para cualquiera es aventar culpas: a tal o cual gobierno, a equis o ye presidente o partido. Lo cierto es que a lo largo de la historia, desde la conquista o la colonia, aquí las leyes son siempre de quien puede pagarlas. Es por eso que nadie las obedece a menos que no les quede de otra. Es por ello que resulta más rentable criticar el combate a la delincuencia y no decir pío ante los abusos y abominaciones del narco, hablar de “la guerra de Calderón” o “la guerra de Peña” y no de la guerra de todos contra el azote de los cárteles. Y es por ello que sexenio tras sexenio caen peces gordos y la pecera sigue creciendo, se sigue llenando.

 

La justicia sufre de acoso, de bullying, en México, es cierto. Todos somos responsables, todos la hemos dejado indefensa, desamparada y ella ha hecho lo que cualquiera haría en su lugar: abandonarnos a nosotros.

 

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