Trump frente a Montesquieu

Daniel Cabeza de Vaca Hernández

El tipo de Estado federal ha sido emulado como forma de organización política desde que fue creado por la Constitución estadounidense de 1787. Junto con las cartas coloniales y la jurisprudencia inglesa, la influencia europea más decisiva para su confección provino de Montesquieu, quien abogó por la división de poderes y el equilibrio de fuerzas, precisamente como la mejor forma de oponerse al tirano.

El trazo de que la política es el “arte de mantener el equilibrio” provenía a su vez de la república romana, cuyo secreto descansaba, según Polibio (200 a.c.-118 a.c.), en la sutil relación de pesos y contrapesos entre los cónsules, el senado y la gente, de modo que la monarquía, aristocracia o democracia, nunca dominaban por completo. Sin embargo, los “padres fundadores” de la Constitución de Filadelfia, no precisaron cuál era el papel exacto de la Corte Suprema. Fue su presidente entre 1801 y 1835, John Marshall, quien convirtió a este poder supremo en el máximo intérprete constitucional, por medio de la revisión judicial de los actos legislativos y ejecutivos.

Esa corte se ubicó de esa manera al mismo nivel que los otros dos poderes de la unión y consolidó el éxito del Estado federal, caracterizado por una estricta división de poderes y por un delicado —pero funcional— sistema de contrapesos. Es decir, de esa forma se logró el ideal romano que retomaron Polibio y Montesquieu.

Por tanto, por su función revisora, es bien conocida la importancia que en los hechos tiene la afinidad política de los integrantes de esa Corte Suprema, compuesta por un presidente y ocho jueces asociados, sobre todo al momento de entender y decidir casos relevantes sobre los derechos fundamentales y los poderes constitucionales.

Habiendo realizado Barak Obama la nominación de dos de esos nueve magistrados, el Partido Republicano y Donald Trump hicieron todo lo posible para que éste nominara, con motivo del fallecimiento del juez conservador Antonin Scalia, ya como presidente, al próximo en la lista, lo cual efectivamente sucedió el 7 de abril de 2017.

Por tanto, la reciente elección del juez asociado Neil Gorsuch, buscó asegurar una mayoría con inclinaciones ideológicas conservadoras, tal como lo puntualizó en su primer discurso sobre el Estado de la Unión el presidente Trump, donde además zanjó que con su nombramiento se interpretaría la “constitución como está escrita”. No obstante, con esta última afirmación, el presidente estadounidense dejo patente, una vez más, su supina ignorancia. Al parecer, creía que las corrientes “originalista” y “textualista” que moldearon la filosofía del nuevo juez Gorsuch, asegurarían su ideario fundamentalista, basado en la arenga “América Primero”, del Ku Klux Klan.

Nada más alejado de la realidad. En efecto, si bien Gorsuch ha defendido que la constitución debe interpretarse según el sentido original que a sus palabras le otorgaron los “padres fundadores” y que las demás normas deben entenderse literalmente, ello no significa que él defienda quebrar equilibrios y vulnerar derechos.

Sobre lo primero, Gorsuch ya había expresado en vísperas de su elección, que los ataques de Trump a los jueces federales eran “desalentadores” y “desmoralizantes”, además de que en el Senado había respondido que, si Trump le pidiera anular el derecho el aborto, él se “habría ido por la puerta”, pues “eso no es lo que hacen los jueces”.

En cuanto a lo segundo, justo el mes pasado, Trump recibió un duro golpe del juez asociado que eligió, pues éste se alineó 5 a 4 con el ala liberal, en el voto decisivo sobre el concepto de “crimen de violencia”, que contenía la ley federal que facilitaba la deportación de inmigrantes, por considerarlo demasiado vago para ser aplicado. Estos fuertes desencuentros han llevado a que el presidente estadounidense haya manifestado a principios de este año, no sólo la falta de lealtad, a su entender, de Gorsuch, sino que ha llegado incluso a sugerir la anulación de su nominación, ante todo por criticar sus ataques a la judicatura en reuniones privadas con legisladores.

Trump deberá entender durante su mandato las reflexiones de Alexander Hamilton, quien impulsó la división y el equilibrio entre poderes, así como la incorporación de jueces independientes, como medios idóneos para obtener lo mejor de la república y disminuir sus imperfecciones, como sin duda lo son las funestas arengas y amenazas del presidente estadounidense al poder judicial de su país.

Consejero de la Judicatura
Federal de 2009 a 2014

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