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El Mal no es banal, se contagia

Arnoldo Kraus

Compasión, otredad, cultura, ética, solidaridad, lealtad, generosidad, benevolencia, justicia moral y valores humanos, entre otros, son espacios e ideas imprescindibles en la arquitectura del ser humano. Espacios necesarios, cada vez más necesarios: la geografía contemporánea del ser humano requiere, con urgencia, encontrar las vías para restaurar y contagiar esos valores. Actos dantescos como la matazón de Barcelona y las otras barcelonas —Niza, Londres, Bruselas— y la de los miles de refugiados muertos en el mar en busca de la vida negada en sus países —Libia, Siria, Eritrea…— refuerzan el apuro, cada vez más lejano, de fortalecer el alma y contagiar preceptos éticos.

Desafortunadamente, esas virtudes no son prioridades en el devenir del mundo hoy; basta recorrer la información periodística formal o el periodismo 3.0: privan desasosiego, malas noticias, asesinatos, muertes sin razón, y unos largos e interminables puntos suspensivos, como la brutalidad de las imágenes compartidas por testigos de la masacre en Las Ramblas.

La terrible inutilidad de las muertes sin sentido, sobre todo cuando suman varios cadáveres, como las de Barcelona y otras ciudades europeas, son producto del fanatismo, enfermedad no moderna, en ascenso y sin remedio; los cadáveres, sin importar su origen, representan, escribo desarmado, con dolor, el triunfo de los perpetradores, la victoria del Mal. Convertir la muerte de otros en propaganda es leitmotiv de los islamistas radicales; sacrificar la propia vida acabando con las de otros, siempre desconocidos, es el culmen de una existencia dominada por el fanatismo.

Occidente responde con celeridad. Los asesinatos en masa alcanzan la red en segundos y se convierten en entrada en Wikipedia en horas. Eso buscan los homicidas. Los muertos, los heridos, las familias rotas, la banalidad de las palabras, la inutilidad de los consuelos y las incontables entradas en la red multiplican el éxito y la perfección del Mal. En menos de un día el crimen entró a Wikipedia: Atentados de Cataluña de 2017, reza la entrada. Copio las primeras líneas, “Los atentados de Cataluña de 2017 —del 17 de agosto— fueron una serie de ataques terroristas… donde se desarrolló un atropellamiento masivo con una furgoneta… horas después, el Estado Islámico reivindicó el atentado…”. Mientras escribo, la página de Wikipedia crece.

Los fanáticos asesinos son maestros. Sus gurús conocen su oficio: los entrenan a la perfección. Los descabezan. Los desnudan. Descabezados y desnudos se entregan, sin recato, para hacer lo que deben hacer: matar. Hay una diferencia infinita entre ser alumno del Estado Islámico y de cualquier universidad occidental; en Occidente es correcto dudar y disentir; en cambio, los candidatos del Estado Islámico creen, sin ambages, en los mensajes de sus imanes. No hay sí, no hay no. Todo es la palabra de su líder. Todo radica en la magia del adoctrinamiento; ignoro cómo lo logran, pero lo logran: envilecen todas las palabras y acciones vinculadas con ética y moral. En eso radica el triunfo del Mal: cero ética, cero compasión. Los instructores de los fanáticos son maestros: drenan a sus alumnos de todo discurso humano. Son perfectos: anulan la vida, vindican la muerte, nulifican al ser humano. Además, tienen éxito mediático y personal.

Los diversos orígenes de las víctimas de la masacre en Las Ramblas son una gran victoria para los sátrapas. Los 14 fallecidos y los 126 heridos provienen de 35 países. Alemania, Argelia, Argentina, Perú y así, hasta sumar 35. Del atentado se habla, y se hablará en todo el mundo. Cómo se hizo después de Nueva York, de Londres o de Niza. Y después, los muertos seguirán el camino de las muertes inútiles; sólo serán recordados por sus seres cercanos. Y después, otro después: el mundo será testigo de una nueva masacre. Inmenso éxito propagandístico, inmensa victoria de los imanes, quienes en lugar de enseñar moral, enseñan odio. El peso mediático de la maldad es absoluto. Nada compite contra ese triunfo. Nada. Lo saben los asesinos, se los dijo su maestro. La repercusión en los medios de comunicación del terrorismo en Occidente es mayor que cualquier manifestación cultural o humanitaria.

El mundo está desbocado. El fanatismo no tiene límites. Es contagioso. Carece de fronteras. Entre más muertos, mejor. A diferencia de las ideas occidentales, las muertes de inocentes, para los fanáticos del Estado Islámico, no son inútiles. Todo lo contrario. Entre más cadáveres mejor. Entre más prensa, mejor.

Notas insomnes. Revivo a Camus: “Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se desmorone”.

 

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