La otra noche tuve un diálogo muy interesante con un compatriota por aquello de la apropiación cultural.  La plática quedo inconclusa, por supuesto, uno de esos temas llenos de sorpresas y tangentes que acaban siendo como laberinto.  Entre los términos estrella de la amena charla recuerdo clasismo, racismo, explotación, elogio, honor, homenaje, insulto, respeto, la falta del mismo. Estereotipos. La subjetividad del asunto. El contexto (como siempre). Seguramente se han escrito varias tesis al respecto argumentando los distintos ángulos del asunto. Todo empezó por Nacho Cano y su Malinche, el musical que “… nos invita a reflexionar sobre la importancia de valorar nuestras raíces, celebrar la diversidad y construir puentes entre culturas”. La reseña en un futuro próximo. Aquí el tema es si es uso o abuso, cumplido u ofensa, de objetos, símbolos o tradiciones de una cultura que no es la propia,  quién puede hacer qué según las normas sociales de moda. La corrección política en pleno.

“¡Ignacio Cano vestido de charro! ¿Cómo se atreve?!” Nacho Cano es histriónico. Siempre lo ha sido. “Entonces, ¿yo sí me puedo vestir de charra?”  Según el paisano tengo todo el derecho, según yo no. Los charros son en sí una comunidad a la cual no pertenezco, para mí sería como disfraz de fiesta. Ahora bien, si de lo que se trata es de representar a mi país feliz me visto de charra con todo y a pesar del sombrero y sus connotaciones. Pero, por ejemplo, me encantan las botas vaqueras y las uso, lo mismo con las camisas hawaianas. ¿Qué querrá decir?  ¿Expropiación cultural?  Porque eso es lo que hicieron los ingleses al convertir el curry en el platillo favorito de la nación. Para mí es un alabo, algo positivo, un honor, no una “apropiación”. De cualquier manera y según tengo entendido, la idea es una mezcla (armoniosa, uno esperaría) de lo mejor de las culturas, verdadera apreciación e intercambio de ideas, experiencias, recetas de cocina, compartir.  Malo cuando con alevosía y ventaja se aprovecha de un legado cultural como el caso de Isabel Marat y la comunidad Mixe de Santa María Tlauitoltepec de hace algunos años.  La señora frescamente patentó para sí los diseños de las artesanas. Ahi sí me siguen dando ganas de echar pintura sobre los escaparates y me quedo muy corta. Luego, está el caso de Frida Kahlo: La gente que no sabe juraría que es valenciana. Las tiendas de recuerdos y monerías, destapadores, imanes, monederos, mandiles de sevillana para ella y matador para él, venden también bolsas de tela que se leen “Valencia” e ilustran con la imagen de la Virgen de los Desamparados, la catedral, la basílica, la ciudad de las artes y las ciencias y... Frida Kahlo.  He pasado por tiendas que ofrecen exclusivamente camisetas con clásicos de la pintora. Y ¿qué decir de la catrina?  En épocas de Halloween hasta calcomanías faciales. Y pensar que todo se lo debemos al 007.

Estuve en un lugar que festejaba la cultura y tradiciones de la India. Comida, música, bailes, atuendos. Entre las actividades se ofrecían tatuajes de henna del mismo estilo del que llevan las novias en las manos por aquellas lejanas y calurosas tierras.  Por supuesto que me hice uno a lo largo del brazo izquierdo, mandalas alucinantes dibujadas a mano por una chica de por allá. Para mí fue casi un honor tener esa oportunidad, considerando mi origen y paradero.  Qué mejor que conocer, admirar y aprender de otras costumbres. ¿Hice mal?

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