El hermoso juego tiene un horrible problema. Tres acontecimientos lo demuestran

Victoria Jackson

A principios de septiembre, Sahar Khodayari, aficionada iraní al futbol, se encontró ante una corte en Teherán. Había sido arrestada en marzo por “aparecer en público sin portar el hiyab”, en el estadio Azadi, en donde, disfrazada de hombre, había intentado ingresar para presenciar un juego del Esteghlal, su equipo favorito. Después de enterarse que tendría que pasar seis meses en prisión –por haber infringido una regla no escrita que prohíbe a las mujeres entrar a estadios de futbol en Irán– Khodayari se prendió fuego y posteriormente murió.

Unos cuantos días después, en el estadio MetLife, al este de Rutherford, Nueva Jersey, aficionados del equipo nacional mexicano sufrieron por la descalificación de su amado “Tri” durante un partido amistoso con la selección de Estados Unidos, cuando exclamaron sin cesar la expresión homofóbica “p#$*”.

Y posteriormente, a mediados de octubre, en un partido de la UEFA de calificación para participar en la Eurocopa 2020, celebrado en Sofia, la selección varonil búlgara fue anfitriona del equipo de Inglaterra, pero sus aficionados no mostraron la hospitalidad deportiva de los jugadores en el campo, sino que profirieron calificativos racistas hacia los ingleses, mostrando particular agresividad para los jugadores de ese equipo de origen africano.

En cada uno de estos casos las federaciones nacionales e internacionales no llegaron a hacer todo lo que podían para impedir los actos discriminatorios y ofensivos. La FIFA presionó a la Federación de Futbol de la República Islámica de Irán para que admitiera a mujeres en los estadios durante los partidos internacionales, pero la asignación de boletos para las mujeres ha sido limitada y esta política no se extendió a los juegos de la liga nacional, precisamente el tipo de juego que originalmente Khodayari quiso presenciar. Activistas comunitarios de ese país, dirigidos por la organización Open Stadiums (estadios abiertos), exigen acciones más contundentes.

En el partido amistoso entre las selecciones de México y Estados Unidos, cuando la porra homofóbica continuó escuchándose, la Federación Estadounidense de Futbol envió una advertencia oficial mediante un mensaje de texto en español e inglés a todos los espectadores. Sin embargo, la porra continuó, en un total desafío. La Federación Estadounidense de Futbol pudo haber detenido el partido, de acuerdo con el protocolo de la FIFA, pero no lo hizo.

En Sofía, los funcionarios de la UEFA interrumpieron dos veces el partido, pero las ofensas racistas provenientes de las gradas continuaron mientras los jugadores ingleses resistieron, superando dramáticamente a los búlgaros hasta alcanzar un triunfo de 6 contra 0. La UEFA pudo haber intervenido para dar por terminado el partido, pero eso no sucedió.

Estos acontecimientos recientes en este deporte de fama mundial nos recuerdan que todavía nos queda mucho por hacer para que la asistencia a un partido de futbol sea una experiencia positiva para todos los involucrados. Con ellos se hace evidente la necesidad de que las federaciones nacionales e internacionales se esfuercen más para erradicar estas formas de discriminación y abuso de los juegos, de tal manera que muestren a los aficionados cómo ellos también pueden generar una cultura sana para todos los espectadores que pueda favorecer el juego que tanto aman.

Los aficionados deberían aprender una lección de los atletas que admiran. Estos jugadores con frecuencia han sido el punto de atención de nuestros relatos y han protagonizado actos memorables del activismo que se requiere para romper barreras y crear espacios deportivos incluyentes. Desde que Jesse Owens y sus compañeros de equipo afroamericanos desafiaron a Hitler y su ideología de supremacía aria con su gran desempeño en los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín en 1936, han sido los atletas quienes se sacrifican y ponen en acción para exigir derechos igualitarios para participar, abriendo así el camino para quienes les siguen.

Los aficionados deben aprovechar la oportunidad de imitar a los atletas que tanto admiran. Pueden dirigir la ayuda para que los demás seguidores tengan acceso a los estadios y también disfruten los partidos, como las mujeres en Irán. Deben exigir a los otros aficionados que actúen con responsabilidad, evitando el uso de la insignia nazi, absteniéndose de proferir calificativos racistas, como lo hicieron los espectadores en Bulgaria, o no gritando la palabra “con P” a los defensas cuando patean el balón. Las federaciones, por su parte, deben respaldar y ayudar a los activistas en su esfuerzo por generar experiencias deportivas saludables para los espectadores. Los atletas ya han hecho suficiente, y se les debe permitir concentrarse en los partidos.

La historia de los deportes modernos durante el último siglo ha mostrado un esfuerzo colectivo para que la participación deportiva sea un derecho humano universal. La misma Carta Olímpica lo expresa, todos debemos esforzarnos por garantizar que presenciar un juego deportivo sea un derecho humano universal.

La diversidad y el carácter inclusivo son dos aspectos en los que los deportes de élite han asumido el liderazgo mundial. Si bien es cierto que en la actualidad los deportes internacionales siguen manteniendo estructuras de poder y privilegio que probablemente beneficien a atletas con ciertos antecedentes y provenientes de determinadas partes del mundo, más que a otros, la tendencia ha sido la expansión marcada de oportunidades hasta llegar al grado de alcanzar casi la participación universal. En los Juegos Olímpicos celebrados en Río de Janeiro en 2016 se alcanzó el récord de 206 equipos participantes. En una competencia que originalmente estaba reservada para los hombres, los 206 equipos tenían integrantes femeniles, y ahora, en algunos países son más las mujeres que los hombres que califican y compiten. Atletas que abiertamente han manifestado pertenecer a la comunidad LGBT conforman selecciones nacionales. Además, la diversidad de antecedentes étnicos y raciales ya no es la excepción, sino la regla, tanto en deportes individuales como de equipos.

Sin embargo, todos sabemos que las competencias deportivas no son ambientes totalmente puros en los que los atletas compiten. Los aficionados también desempeñan un papel importante en los acontecimientos deportivos. Es justo en esta parte a donde debemos dirigir nuestra atención, ya que es donde más esfuerzo se tiene que hacer.

Los atletas ya han hecho suficiente para lograr los avances hechos hasta ahora. Los organismos reguladores han demostrado que sus acciones están motivadas por factores financieros (prueba A: la Copa Mundial de Futbol 2022 a celebrarse en Qatar) y la compasión humana no merece su atención. Ha llegado el momento para que los espectadores inicien acciones y asuman la responsabilidad de hacer que los eventos deportivos sean seguros para todos.

Desde Irán hasta Bulgaria, pasando por México, es momento para que los aficionados se sientan tan inspirados como los atletas para colaborar en la creación de una cultura de convivencia saludable, de tal manera que todos puedan disfrutar de hermoso juego.

Historiadora del deporte en Arizona State University
 

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