Dos hechos recientes marcaron la agenda política y criminal de México con una intensidad difícil de ignorar. El primero fue el desmantelamiento de un narcolaboratorio en la sierra de Chihuahua, conocido tras el accidente de quienes participaron en el operativo, entre ellos Pedro Román Oseguera, director de la Agencia Estatal de Investigación de Chihuahua, así como dos elementos identificados como parte de una operación encubierta de la CIA. La discusión pública no se concentró en el hallazgo del mayor laboratorio de fentanilo conocido hasta ahora, sino en la supuesta decisión de la gobernadora de Chihuahua de no informar al gobierno federal sobre la incursión de agentes estadounidenses.
El segundo ocurrió el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos reveló una acusación formal (indictment) contra Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa, por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. La imputación incluye señalamientos relacionados con tráfico de fentanilo, posesión de armas y colaboración con dicha organización criminal. Se trata de una acusación sin precedentes contra un gobernador mexicano en funciones.
Ambos acontecimientos revelan algo más profundo que los hechos mismos: la presión estadounidense comienza a ocupar el espacio que durante años dejó vacante la debilidad institucional mexicana. El debate público ya no gira únicamente en torno a la existencia de redes criminales con protección política, sino alrededor de cómo desacreditar las acusaciones, exigir pruebas imposibles en el espacio mediático y descalificar como “traidores” a quienes advierten que México enfrenta un problema estructural de captura criminal.
La sorpresa oficial resulta difícil de sostener. México superó hace tiempo las 133 mil personas desaparecidas; múltiples regiones del país viven bajo dinámicas sistemáticas de violencia; niños, niñas y adolescentes son reclutados por organizaciones criminales; y el país se consolidó como uno de los principales espacios de producción y tráfico de fentanilo hacia Estados Unidos. Nada de esto apareció de manera repentina en abril de 2026.
Lo que hoy observamos es el resultado acumulado de décadas de descomposición institucional, tolerancia política y redes de contubernio construidas desde distintos niveles de poder. PRI, PAN, MORENA e incluso gobiernos locales emanados de otras fuerzas políticas forman parte de una historia donde el crimen organizado dejó de ser únicamente generador de delitos, en muchos territorios, son una estructura con capacidad de influencia política, económica y social.
Sin embargo, el momento actual tiene una diferencia fundamental: el gobierno en funciones llegó al poder prometiendo una ruptura con el pasado, desterrar la corrupción. Por ello, la responsabilidad política también debería ser distinta. La magnitud de la violencia, el control territorial de grupos criminales y la penetración institucional del narcotráfico ya no pueden explicarse únicamente como herencia histórica. También obligan a cuestionar la capacidad —o voluntad— del Estado mexicano para contenerlas.
Frente a un problema transnacional que afecta la vida cotidiana de millones de personas y compromete la seguridad regional, la respuesta oficial mexicana ha oscilado entre la minimización y la retórica soberanista. Pero existe una diferencia profunda entre defender la soberanía nacional y reaccionar automáticamente en defensa de actores señalados por posibles vínculos criminales.
Defender acusaciones criminales no es soberanía.
La soberanía implica capacidad efectiva de gobernar el territorio, proteger a la población, garantizar seguridad y evitar que estructuras criminales capturen instituciones públicas. Y justamente ahí es donde las autoridades han estado ausentes.
Mientras tanto, Estados Unidos ya redefinió su lectura del problema. La National Drug Control Strategy 2026 plantea combatir el tráfico de fentanilo utilizando todas las capacidades del Estado estadounidense: inteligencia, sanciones financieras, cooperación internacional, persecución penal y presión diplomática. Además se añade un importante cambio, cuando los cárteles son definidos como Foreign Terrorist Organizations (FTO) y Transnational Criminal Organizations (TCO).
Ese cambio se articula con la United States Counterterrorism Strategy 2026, donde el narcotráfico es tratado como un asunto de seguridad nacional y contraterrorismo. La implicación geopolítica es enorme, pues México ya no es un socio estratégico, sino que comienza a ser entendido como un territorio desde donde operan amenazas para la seguridad estadounidense. La cooperación bilateral ya no se limitará a una política antidrogas, ahora la posición defensiva se justifica desde una lógica de seguridad hemisférica.
Eso explica el endurecimiento del discurso estadounidense frente a actores políticos mexicanos. El foco ya no son los cárteles o el crimen con armamento, muchas veces proveniente de Estados Unidos, sino en las redes políticas, financieras e institucionales que permiten su funcionamiento. En otras palabras, Estados Unidos parece transitar de una estrategia centrada en perseguir criminales hacia una orientada a identificar ecosistemas completos de facilitación criminal y redes de protección política que han capturado territorios completos. En consonancia con los acuerdos internacionales que, México olvida a conveniencia.
Y ese cambio modifica la relación bilateral, porque Estados Unidos no está diseñando estas estrategias para salvar a México ni para reconstruir nuestras instituciones. Las está diseñando para proteger su territorio, su seguridad nacional y sus intereses estratégicos.
La pregunta, entonces, ya no es si México enfrenta una crisis de seguridad. El reto es cuánto tiempo más puede sostenerse un Estado cuya debilidad institucional comienza a ser interpretada internacionalmente como un riesgo de seguridad regional.

