William J. Knape (Dr. Willis)

Voluntario de la Coordinación Universitaria para la Sustentabilidad

Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad

Que Inglaterra nos eliminara tuvo, cuando menos, un efecto secundario que la ciudad agradeció. Con la Selección fuera se apagaron los festejos y, con ellos, las montañas de plástico de un solo uso, las calles tapizadas de residuos, las banquetas convertidas en basureros improvisados. Entre esos desechos, los trabajadores de limpia que los recogen cobran salarios que no alcanzan para cubrir lo básico. Conviene preguntarnos qué dice de nosotros el paisaje que dejamos cuando la celebración se acaba.

México lleva décadas enfrentando los efectos del cambio climático y la contaminación. El agua potable escasea, varios ríos y lagos cargan más plástico que peces, los mares reciben descargas industriales sin tratar y ecosistemas enteros ceden ante megaproyectos que se imponen sobre el rechazo de las comunidades. Solemos apuntar el dedo hacia el gobierno y atribuirle la responsabilidad completa de la crisis, pero esa lectura, por cómoda, resulta incompleta.

Después del triunfo sobre Corea del Sur, el 18 de junio, la Ciudad de México retiró alrededor de 40 toneladas de residuos del corredor entre el Zócalo y el Ángel de la Independencia, según la Secretaría del Medio Ambiente capitalina. Y eso fue una sola noche de festejo. La crisis ambiental también es el reflejo de una ciudadanía que exige espacios limpios y ciudades resilientes, pero que actúa como si su responsabilidad terminara donde empieza la celebración.

Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, describe al mexicano que encuentra en la fiesta el único espacio sagrado para quitarse la máscara y abrirse ante el otro. Solo ahí escapa de su soledad y accede a la comunión. Vale preguntar si esa es también nuestra esencia, la de quien suspende toda norma y toda empatía en cuanto la alegría y el primer trago tocan a la puerta. Si fuera así, la preocupación ambiental que mostramos el resto del año sería otra máscara, una manera de quedar bien ante el prójimo. Cuando el deterioro no se vive como una afección propia, cuando el cambio climático no duele en lo personal, lo que cada quien hace parece dar lo mismo.

Por eso, reducir el problema a una ley ambiental pendiente resulta insuficiente, porque ninguna norma sustituye a la ética con la que habitamos lo común. Si el gobierno es, en efecto, "la voluntad del pueblo", no sorprende que postergue la agenda ambiental cuando ese mismo pueblo hace a un lado su parte a la hora de celebrar. ¿Cómo aspiramos a construir ciudades sustentables si seguimos entendiendo el espacio público como algo que se disfruta sin el deber de cuidarlo?

La sustentabilidad es, sobre todo, una forma de relacionarnos con lo que compartimos, y ninguna transición ecológica prospera sin una cultura cívica que la sustente. Los residuos que dejamos tras una celebración dicen tanto de nuestra cultura ambiental como las leyes que se aprueban en el Congreso.

México cambiará su realidad ambiental el día que asumamos que no basta con exigir mejores gobiernos, porque la crisis también nos retrata. La basura de este mundial no se recoge del todo con las brigadas de limpia. Lo que queda en la calle mide, con precisión incómoda, hasta dónde llega nuestra responsabilidad.

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