Mientras la Copa del Mundo se despliega este verano en Norteamérica, China volverá a observar el torneo desde la grada. A pesar de su enorme interés comercial, una afición en crecimiento y las multimillonarias inversiones en el deporte, la selección nacional no logró clasificar. Sus aspiraciones se desmoronaron el año pasado tras una derrota decisiva ante Indonesia, dejando a la potencia asiática como una mera espectadora de la fiesta global.

En 2011, un año antes de asumir el liderazgo del país, Xi Jinping esbozó una ambiciosa visión para transformar a China en una verdadera superpotencia del deporte. Con la mirada puesta en el máximo galardón del juego, delineó un plan estratégico de tres etapas para la selección masculina nacional: lograr la clasificación a una nueva Copa del Mundo, conseguir ser sede del torneo y, como culminación definitiva de este proyecto, alzarse con el título de campeón mundial.

En 2016, la Asociación China de Fútbol dio a conocer un ambicioso plan a largo plazo con el objetivo de convertir al país en una "superpotencia mundial del fútbol" para el año 2050. Dicha estrategia se estructuró en los siguientes pilares:

El ambicioso plan de China para potenciar su fútbol se estructuró en tres pilares fundamentales: el desarrollo juvenil, con la meta de crear 50 mil escuelas especializadas y que 30 millones de estudiantes practicaran el deporte regularmente para 2025; la expansión masiva de infraestructura, buscando superar las 70 mil canchas en todo el país para 2030; y la fuerte inyección de capital en la Superliga local, atrayendo a estrellas y entrenadores de élite mundial para elevar el nivel competitivo y formar a los jugadores locales bajo los más altos estándares.

A pesar de las inversiones billonarias y un plan maestro sin precedentes, la selección masculina de fútbol de China ha experimentado un preocupante retroceso en el escenario internacional, cayendo del puesto 82 en el ranking mundial de 2016 hasta el lugar 94 entre 211 naciones. Sin embargo, mientras el fútbol profesional parece estancarse, una revolución ha emergido desde las bases del país.

Inspirada en las tradicionales ligas rurales donde el ganado sirve de trofeo, la Cun Chao (Superliga de las Aldeas) ha alcanzado tal popularidad que otras provincias chinas ya replican su modelo. Este fenómeno deportivo comunitario ha generado un impacto económico importante, impulsando el turismo, la hotelería y los comercios locales.

La magnitud del fenómeno se hizo tangible en la final de noviembre de 2025, que congregó a más de 62 mil aficionados en las gradas. Fue el broche de oro de una temporada que acumuló 2,200 millones de visualizaciones en directo, una prueba del poder de convocatoria que posee el fútbol cuando arraiga genuinamente en la comunidad.

Las señales alentadoras se extienden más allá: en enero de 2026, China alcanzó por primera vez la final de la Copa Asiática Sub-23 de la AFC, cayendo únicamente ante la potencia regional Japón, mientras que el número de jugadores de base registrados se ha casi duplicado en el último año.

Mientras la Cun Chao continúa su marcha y el Mundial se vive desde la lejanía, queda por determinar si este auge es el inicio de un cambio de paradigma. Aun así, más allá del escepticismo histórico sobre el fútbol profesional chino, emerge una conclusión esperanzadora: el futuro del deporte en China no necesita depender únicamente de planes trazados desde el gobierno, sino que puede cimentarse en la pasión auténtica y arraigada que puede verse en las calles.

Especialista en temas asiáticos

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