Esta semana Taiwán volvió a ensayar cómo sobrevivir a un bloqueo chino. Durante los ejercicios Han Kuang, la marina y la guardia costera practicaron por primera vez de manera conjunta la escolta de un buque mercante, operaciones de dragado de minas y defensa frente a una interrupción marítima. Al mismo tiempo, Taipei prepara para 2027 un presupuesto de defensa superior a un billón de dólares taiwaneses —unos US$31,000 millones—, un aumento cercano al 16% y equivalente a más del 3% de su PIB.

El relato dominante presenta esta militarización como la defensa natural de una pequeña democracia frente a una China expansionista. Esa lectura contiene una verdad evidente: Beijing reclama soberanía sobre Taiwán y no ha renunciado al uso de la fuerza. Pero también omite otra historia fundamental: la cuestión taiwanesa nunca ha sido solamente un conflicto entre democracia y autoritarismo. Ha sido, durante más de siete décadas, una pieza de la arquitectura estadounidense de poder en Asia.

Cuando las fuerzas nacionalistas de Chiang Kai-shek se refugiaron en Taiwán después de perder la guerra civil china, Washington inicialmente no parecía dispuesto a impedir una victoria comunista sobre la isla. La Guerra de Corea cambió esa ecuación. En junio de 1950, Estados Unidos desplegó la Séptima Flota en el estrecho de Taiwán, alterando decisivamente el equilibrio militar. Desde entonces, la supervivencia geopolítica del gobierno taiwanés quedó estrechamente vinculada a la estrategia estadounidense en el Pacífico.

La relación continúa institucionalizada. La Taiwan Relations Act de 1979 establece que Estados Unidos debe facilitar a Taiwán armamento y servicios de defensa suficientes para mantener su capacidad de autodefensa. En 2025, Washington autorizó un paquete potencial de ventas militares superior a US$11,000 millones, el mayor de su historia con la isla.

Desde una perspectiva postmarxista, ahí aparece la contradicción central. Taiwán es presentado como demostración del triunfo espontáneo del capitalismo liberal asiático, pero su desarrollo nunca ocurrió fuera de la geopolítica. Su lugar dentro de las cadenas tecnológicas globales, su acceso al mercado estadounidense y su función estratégica en la contención de China forman parte de una misma estructura.

Hoy esa dependencia se profundiza. El comercio de bienes entre Estados Unidos y Taiwán alcanzó US$256,100 millones en 2025. Washington importó US$201,400 millones de mercancías taiwanesas y registró un déficit comercial de US$146,800 millones. En 2026, Taipei además acordó profundizar la relación económica: prevé facilitar compras estadounidenses por US$44,400 millones en gas y petróleo, US$15,200 millones en aeronaves y motores y otros US$25,200 millones en equipos energéticos e industriales hasta 2029.

No estamos entonces únicamente ante “una democracia defendiendo su libertad”. Estamos ante una economía altamente industrializada cuya seguridad, comercio y futuro tecnológico se encuentran cada vez más integrados en la estrategia estadounidense frente a China.

Y aquí es donde llamar a Taiwán “capitalismo exitoso” requiere más matices.

No es un fracaso productivo: precisamente lo contrario. Su espectacular éxito tecnológico convirtió a la isla en un activo demasiado importante para quedar fuera de la confrontación entre potencias. El éxito terminó transformándose en vulnerabilidad estratégica.

Mientras más importante se vuelve Taiwán para las cadenas occidentales de semiconductores, más presión recibe para militarizarse, desacoplarse gradualmente de China continental y reorientar inversiones hacia Estados Unidos y sus aliados.

Los números muestran esa transformación. La proporción de exportaciones taiwanesas destinadas a China continental y Hong Kong cayó de 43.9% en 2020 a 26.6% en 2025. La inversión taiwanesa dirigida a China representaba hasta 83.8% de toda su inversión exterior en 2010; en 2025 era apenas 3.8%.

Pero China continúa siendo imposible de borrar de la economía taiwanesa. En 2025, China continental siguió siendo su segundo mayor socio comercial, con intercambios por casi US$192,000 millones, y además fue su principal fuente de importaciones.

Por eso la separación absoluta entre “Taiwán occidental” y “China comunista” es ideológicamente cómoda, pero materialmente incompleta. Ambos lados permanecen enlazados por producción, tecnología, comercio, historia y población.

La cuestión de fondo tampoco debería reducirse a elegir románticamente entre Beijing o Washington. China tiene sus propias jerarquías, contradicciones sociales y formas de concentración de poder. Pero desde una lectura anticapitalista resulta difícil aceptar que la militarización permanente de Taiwán, la compra constante de armamento y su integración creciente en la estrategia estadounidense representen automáticamente emancipación.

Quizá la contradicción taiwanesa sea precisamente ésta: una de las economías más exitosas del capitalismo asiático ha terminado necesitando prepararse permanentemente para una guerra que podría destruir aquello que el mismo capitalismo convirtió en valioso.

Y entonces vale preguntar: ¿hasta qué punto Taiwán está defendiendo su autonomía y hasta qué punto está financiando su función como frontera avanzada de Estados Unidos frente a China? ¿Puede llamarse soberanía a una seguridad cuya supervivencia depende cada vez más de convertirse en pieza central de la confrontación entre dos grandes potencias?

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