Colombia vuelve a estar en el centro de la política latinoamericana. No solo por una elección cerrada, sino porque el país parece condensar varias de las grandes tensiones de nuestra época: avance de la derecha dura, crisis de confianza democrática, presión de Estados Unidos, guerra informacional, miedo al crimen, cansancio social y disputa por la paz. La reciente victoria del derechista Abelardo de la Espriella sobre el candidato de izquierda Iván Cepeda abrió una transición cargada de acusaciones, sospechas y tensiones institucionales. Reuters reportó que De la Espriella ganó por un margen estrecho, con 49.66% frente a 48.70% de Cepeda, en una elección marcada por el discurso de mano dura y el respaldo de Donald Trump.
Pero el problema colombiano no empieza ni termina en una cifra electoral. Lo que está en juego es algo más profundo: la forma en que la democracia latinoamericana se ha ido convirtiendo en un campo de batalla emocional, mediático y geopolítico. Hoy, la derecha no gana solo prometiendo orden; gana administrando el miedo. Promete seguridad, pero muchas veces la traduce en castigo. Promete estabilidad, pero la subordina a Washington. Promete libertad, pero suele entenderla como libertad para el mercado, para los sectores privilegiados y para una política exterior alineada con los intereses estadounidenses.
El paisaje colombiano es, en ese sentido, uno de los paisajes infernales del neoliberalismo. No porque Colombia sea una excepción, sino porque muestra con crudeza lo que ocurre cuando una sociedad golpeada por décadas de violencia, desigualdad y abandono estatal es obligada a escoger entre una reforma social incompleta y una restauración autoritaria presentada como salvación. La izquierda de Petro abrió una puerta histórica: puso en el centro la paz, la desigualdad, la reforma social y la dignidad de los sectores históricamente excluidos. Pero también enfrentó límites, bloqueos institucionales, errores propios y una oposición feroz que supo capitalizar el cansancio social.
Las últimas noticias muestran una transición difícil. Estados Unidos y 12 países latinoamericanos emitieron un comunicado expresando preocupación por las acusaciones que ponen en duda el proceso electoral colombiano, después de señalamientos cruzados sobre fraude, compra de votos, interferencia extranjera y uso de contenido generado con inteligencia artificial. Agencias de noticias europeas señalaron que el comunicado se dio en el marco de la alianza militar “Shield of the Americas”, impulsada por Trump, lo cual revela que la disputa colombiana ya no es solo interna: también forma parte de una recomposición regional bajo presión estadounidense.
Desde una mirada de neomarxista, hay que decirlo con claridad: la democracia no se defiende con denuncias sin pruebas, pero tampoco se defiende aceptando pasivamente que el poder económico, mediático y geopolítico intervenga de manera desigual en la voluntad popular. La izquierda no puede caer en el espejo de Trump o Bolsonaro, pero tampoco debe aceptar que toda crítica al proceso sea automáticamente deslegitimada como amenaza. La tarea es más compleja: exigir transparencia, defender la institucionalidad, proteger la movilización popular y no regalarle a la derecha el monopolio del lenguaje democrático.
El riesgo más grave está en la paz. Associated Press reportó que la Jurisdicción Especial para la Paz, creada tras el acuerdo de 2016 con las FARC, enfrenta incertidumbre porque De la Espriella ha prometido desmontarla. La JEP ha procesado a más de 14,000 personas, incluyendo exintegrantes de las FARC, miembros de fuerzas de seguridad y civiles, y ha sido central para investigar crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos. Si se debilita ese tribunal, no solo se atacaría una institución: se atacaría la memoria de las víctimas y el principio de que la paz necesita verdad, no venganza.
La derecha latinoamericana suele hablar de orden, pero muchas veces su orden consiste en borrar las causas sociales de la violencia. Habla de crimen, pero no de pobreza. Habla de seguridad, pero no de tierra, exclusión, racismo, desplazamiento ni concentración de riqueza. Habla de democracia, pero mira hacia Washington buscando legitimidad. El vicepresidente electo José Manuel Restrepo incluso declaró que Colombia será un aliado clave de Estados Unidos frente a Venezuela, lo que apunta a una política exterior más alineada con la estrategia regional estadounidense.
Ahí está el verdadero dilema colombiano: si el país será gobernado como una democracia social que busca reparar sus heridas o como una plataforma geopolítica de la nueva derecha hemisférica. La elección de De la Espriella no solo representa un giro interno; representa también el regreso de una vieja fórmula latinoamericana: seguridad hacia adentro, subordinación hacia afuera y mercado como horizonte moral.

