La relación bilateral entre China y Estados Unidos de la última media centuria ha tenido como piedra angular a los Tres Comunicados Conjuntos que ambos gobiernos suscribieron en 1972, 1978 y 1982, y que representan la hoja de ruta que le ha dado cause a sus relaciones diplomáticas.

Con estos tres comunicados –que establecieron una suerte de reglas básicas del juego– la relación avanzó sostenidamente, hasta crear una interdependencia económica que históricamente ha sido un factor clave para la contención de las tensiones y las contradicciones de todo tipo.

Si bien desde época de la administración de Barack Obama se asumió como una prioridad contener a China –baste citar al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) original de 12 miembros y la iniciativa Asia como pivote de la política exterior estadounidense–, las contradicciones económicas y geoestratégicas fueron creciendo rápidamente en estos años.

La llegada de la administración de Donald Trump catalizó el cambio hacia una política de abierta hostilidad y confrontación, incluso en los vínculos económicos. Este cambio responde a una visión por parte de la elite política estadounidense que considera la emergencia de China y su accionar a nivel internacional como una amenaza real para Estados Unidos, por su capacidad creciente de disputarle a Washington el predominio en las áreas más sensibles de la próxima revolución industrial.

No hay duda de que los desacuerdos y las contradicciones serán la esencia de los vínculos bilaterales de aquí en adelante. El presidente Trump ha tenido éxito en posicionar, como nunca antes, una percepción muy negativa de China en Estados Unidos.

Según encuesta reciente del Pew Research Center, 91% de los estadounidenses encuestados consideran a China como una amenaza, 62% de ellos la considera la principal amenaza, mientras que 29%, como una amenaza menor.

Si bien Biden y los demócratas han destacado el “desafío de China”, todavía tienen pendiente definirlo. La Plataforma del partido Demócrata 2020 cree que el desafío que presenta China “no es principalmente de carácter militar”. Como en el pasado, cabe esperar de los demócratas “cooperación en temas de interés mutuo como cambio climático, no proliferación de armas y potencialmente acciones de ambas partes que aseguren que la ´rivalidad´ no ponga en riesgo la estabilidad global”.

Posiblemente continuarán los esfuerzos por el reequilibrio económico y el desacoplamiento tecnológico parcial.

Si bien Biden no está de acuerdo con el enfoque de la administración Trump sobre los lazos económicos con China, esencialmente con el uso de aranceles para hacer frente a los desequilibrios comerciales, también enfatiza la necesidad de un “comercio justo”, bajo la premisa de que “seguridad económica es seguridad nacional”. El demócrata ha prometido salvaguardar la industria nacional y los empleos; fortalecer la protección de propiedad intelectual, la tecnología y la seguridad en la cadena de suministro de la economía estadounidense.

Un gobierno demócrata será, como en el pasado, especialmente duro y celoso en el tema de derechos humanos, el cual consideran estratégico en la aspiración por influir en un cambio de signo político en el modelo chino.

Para México, la situación requiere un manejo cuidadoso de sus relaciones internacionales. No es un desafío menor que nuestros dos principales socios económicos estén enfrentados en una guerra tecnológica con implicaciones comerciales que van más allá de la economía. De momento, México parecería que de manera tangible se beneficia del enfrentamiento, posicionándose como el principal socio comercial de Estados Unidos, con unas exportaciones que crecieron 3.5% en 2019 con respecto al año anterior, y unas importaciones que decrecieron -4,7%.

Una mejor relación y una retórica mucho menos agresiva hacia México son factores que potencian las ventajas comparativas mexicanas, sobre todo la relacionada con la cercanía geográfica, el acceso preferencial que da el T-MEC, o bien las asociadas a la manufactura: mano de obra competitiva, calificada y productiva, así como núcleos de suministros sólidos en algunas industrias prioritarias.

En momentos en que Estados Unidos pretende facilitar e impulsar la relocalización de sus empresas de China a territorio nacional o al menos hacia la región de América del Norte, México puede verse favorecido. Sin embargo, se trata de un proceso, en el mejor de los casos, lento y en modo alguno consolidado.

Al día de hoy la mayor parte de las empresas estadounidenses con bases manufactureras en China –y aún de otras regiones– apuestan por mantenerse en el mercado chino.

México deberá jugar con inteligencia. A un mismo tiempo mantener relaciones pragmáticas y activas con ambos socios, quedar al margen de las tentaciones de tomar partido en la disputa es y apostar por seguir comprometidos con el multilateralismo.

Diplomático, Embajador de México en China 2001-2007, Cónsul General de México en Shanghai 1993-1995

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