La administración de Clara Brugada decidió pintar de morado el balizamiento de distintos puntos de la ciudad, pese a que las normas nacionales e internacionales exigen colores específicos para garantizar su correcta identificación. El resultado: un gasto de más de 84 millones de pesos para hacer, deshacer y volver a hacer la misma obra. Difícil encontrar una imagen más precisa de cómo entiende la jefa de Gobierno la preparación de la Ciudad de México para el Mundial.
Por eso, esta semana, junto con mis compañeras y compañeros de Movimiento Ciudadano, presenté una denuncia para que sea investigado el posible uso indebido de recursos públicos. Más allá de lo que resuelvan las autoridades competentes, el caso retrata una forma de gobernar sostenida en la improvisación. Mientras el gobierno pinta para las cámaras, cinco personas son asesinadas cada día en la ciudad. Cada ocho días, una mujer pierde la vida por razones de género. Cada cinco horas ocurre una extorsión; cada dos, un robo en el transporte público. Los problemas reales no desaparecen bajo una capa de pintura; se quedan ahí, en las calles, en espera de una respuesta que no llega.
Lo mismo pasa con la movilidad. Siete de cada diez capitalinos están insatisfechos con el transporte público. En el Metro, las fallas, los retrasos y los cierres se han vuelto rutina. Millones de personas pierden horas cada semana en un sistema que opera al límite de su capacidad.
Y cuando llueve, la fragilidad de la ciudad vuelve a quedar expuesta. Las inundaciones de las últimas semanas anegaron viviendas, dañaron vehículos y colapsaron vialidades. No son episodios extraordinarios: son la consecuencia de años de rezago en infraestructura hidráulica y mantenimiento urbano. Cada temporada de lluvias confirma que el problema no se resuelve, sólo se aplaza.
El problema no es organizar un Mundial. Las grandes ciudades aprovechan estos eventos para acelerar transformaciones que, de otro modo, tardarían décadas. Invierten en movilidad, espacio público, infraestructura y seguridad con visión de largo plazo.
Clara Brugada recibió una oportunidad histórica para usar el Mundial como palanca de una verdadera transformación urbana. En vez de aprovecharla para resolver problemas estructurales, eligió concentrar los recursos en intervenciones superficiales que en nada mejoran la vida de los capitalinos.
Ése es el verdadero problema. El Mundial pasará. Lo que quedará será una ciudad con los mismos rezagos de movilidad, seguridad e infraestructura que tenía antes. Una ciudad no se transforma con anuncios ni con fotografías.
Lo que la ciudad necesita es un plan hídrico a 30 años con financiamiento garantizado, y un Metro con inversión real en mantenimiento, nuevas líneas y extensiones. Y no hace falta inventar el dinero: con los 23 mil millones de pesos destinados a las obras mundialistas, hubiera sido posible instalar plantas potabilizadoras, reparar fugas, duplicar la inversión en drenaje y alcantarillado, y reabrir 5 kilómetros del Río de la Piedad. Para la movilidad: duplicar la inversión en transporte público y triplicar el presupuesto de mantenimiento del Metro, para no tener trenes detenidos por falta de refacciones.
Ese debería ser el verdadero legado del Mundial: no una capa de pintura, sino una ciudad cuyos habitantes puedan por fin vivir, y no apenas sobrevivir. Ésa es la diferencia entre gobernar para la foto y gobernar para el futuro.

