Estamos a escasas horas de que termine un Mundial de fútbol que me deja muchas emociones. Si bien viví con intensidad ese México 86 que me tocó de niño, éste no ha tenido comparación. No sólo me hizo vibrar una Selección Nacional que realizó un extraordinario papel sino que volví a enamorarme de los chilangos: de su alegría, de su energía, de su capacidad para recibir con los brazos abiertos a todos, de ser y hacer comunidad.
El Mundial deja también a la Ciudad, sin embargo, una lección que va mucho más allá del fútbol. No sólo exhibió retrasos en algunas obras o fallas en los operativos de seguridad: evidenció una forma de gobernar que la ciudad ha normalizado a lo largo de tres décadas y que consiste en improvisar antes que planear, reaccionar antes que prevenir.
Hace ocho años que sabíamos que la Ciudad de México sería sede de la Copa del Mundo. Aun así, las principales obras comenzaron apenas cuatro meses antes del torneo. Varias estaciones de la Línea 2 del Metro fueron reabiertas cuando la competencia ya había iniciado. El Jardín Flotante de Tlalpan, con una inversión cercana a los dos mil millones de pesos, fue inaugurado sólo cuatro días antes del primer partido, todavía con conexiones peatonales inconclusas y sin destino claro.
Lo mismo ocurrió durante los festejos. La concentración en el Ángel de la Independencia creció partido tras partido: de 150 mil personas a 400 mil, luego 800 mil y finalmente 1.3 millones la noche del encuentro contra Ecuador. Las señales eran evidentes; sin embargo, el operativo nunca evolucionó al ritmo de las multitudes y el saldo fueron cinco personas fallecidas. Lo que faltó no fue información; fue capacidad para anticiparse. El problema es que el Mundial no fue excepción sino apenas síntoma de una ciudad que ha renunciado a planear su futuro.
Ahí está el cambio climático. En lo que va de 2026 sumamos ya seis contingencias ambientales. Aun cuando en las alcaldías centrales apenas el 5.6% de los días del año han registrado aire limpio y entre marzo y mayo las temperaturas extremas han alcanzado hasta 32 grados, seguimos privilegiando el automóvil, el asfalto y un modelo urbano que multiplica las islas de calor, mientras el acuerdo para proteger el Bosque de Agua permanece, a año y medio del inicio de esta administración, sin presupuesto para comenzar.
Lo mismo sucede con el agua. Hace años que los especialistas advierten que las lluvias serán cada vez más intensas; sin embargo, el presupuesto para drenaje, alcantarillado y saneamiento cayó 27% entre 2018 y 2026. Cerca del 40% del agua potable se pierde en fugas mientras seguimos sin infraestructura suficiente para captar el agua de lluvia: nos inundamos justo de aquello que más necesitamos.
La vivienda tampoco escapa a esta lógica. La Ciudad requiere alrededor de 40 mil viviendas nuevas cada año, pero en 2026 apenas han sido construidas 296. Y desde 2020 sólo ha sido cubierto el 2.9% del déficit acumulado. Frente a ello, la respuesta pública consiste en discutir cómo administrar la escasez, no cómo diseñar la ciudad que necesitamos.
Quizá el reto más profundo sea el demográfico. La Ciudad de México ya comenzó a perder población. Hoy tiene 9.2 millones de habitantes; para 2060 podríamos ser apenas 7.3 millones. Desde 2019 hay tantos adultos mayores como niñas y niños, y la fecundidad cayó a 1.3 hijos por mujer, la tasa más baja del país. Todo ello transformará el mercado laboral, las finanzas públicas, la movilidad y los sistemas de cuidados. Sin embargo, no existe una estrategia de largo alcance para preparar a la capital.
El Mundial termina, las obras continúan, el verdadero desafío permanece. Agua, calor, vivienda, envejecimiento y movilidad cuentan la misma historia: el actual gobierno de la Ciudad de México no tiene visión ni capacidad para pensar a largo plazo. Gobernar no consiste en administrar la siguiente crisis sino en evitarla. La Ciudad de México necesita establecer la planeación como política de Estado. Las ciudades que prosperan no son las que reaccionan mejor sino las que se atreven a construir el futuro antes de que llegue.
Economista. @Chertorivski

