Al margen del resultado de hoy en la tarde, la selección nacional nos ha demostrado que nos unen sentimientos que creíamos guardados en un cajón. Durante 8 años el oficialismo se ha dedicado a sembrar odio, a dividir a la sociedad, a polarizar. Han pretendido generar la idea de que hay un pueblo bueno, el pueblo elegido a cuyo nombre se habla, se destruye, se genera división entre las y los mexicanos. En esta lógica, todos los días —desde ese ejercicio de propaganda llamado mañanera— se pregona este discurso, se alienta esta confrontación, se fortalecen los sentimientos de ira, resentimiento y frustración. A los adversarios políticos se les convierte en enemigos y a todos los que no comulguen con sus ideas se les instala en el reino de la traición. Pero llegaron unos muchachos que con su juego nos recordaron que por encima de diferencias partidarias, religiosas, sociales, somos parte de una nación que, como se demuestra cada vez que gana la selección, tiene un potencial enorme si hay unidad en lugar de rivalidad. Aunque sea temporalmente, la selección nacional ha regresado la alegría a las calles y arrinconado el miedo con el que hace tiempo se vive todos los días.

México merece caminar por la ruta de la paz y la reconciliación nacional para poder enfrentar los grandes problemas nacionales y los que afectan cotidianamente a la gente. Necesita unir sus manos para que se potencie la voz de las víctimas que se acumulan por la negligencia, incapacidad e indolencia de quienes nos gobiernan. Prueba de ello son las personas que fallecieron en el último festejo. Las mismas autoridades capitalinas han confesado que Paseo de la Reforma no estaba contemplado en los protocolos de protección civil a pesar de que fueron ellas mismas las que instalaron múltiples pantallas en ese lugar e invitaron a la gente a festejar sin estar preparadas para lo que esto implicaba. Pero no son las únicas víctimas de un gobierno incapaz. Las madres buscadoras encontrarían respuesta a su exigencia si así como salimos a las calles por el futbol alzamos la voz por algo tan elemental: encontrar a sus hijos para dejarlos ir y despedirse en paz.

Pero para iniciar una reconciliación nacional primero se requiere frenar la destrucción a la que nos han llevado. Detener esta política en la que el odio se germina todos los días porque eso nos lastima, nos limita, nos deshumaniza. Porque les ha dado manga ancha para denostar, humillar y considerar a los demás como inferiores. Porque el odio justifica cualquier violencia: la verbal que se ejerce todos los días desde la tribuna oficialista hasta la física. Reconstruir al país y emprender la reconciliación requiere que, en primer lugar, se unan todos los esfuerzos de quienes quieren salvar a México. Jugar en la cancha de la política como en la del futbol: sacando la casta. Pero sobre todo demostrando que frente al odio y la división que promueven los que nos gobiernan hay otra forma de ser mexicanos: solidarios, compasivos y empáticos.

Política mexicana y feminista

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