La Ruta 10 es mucho más que una estrategia para erradicar la pobreza. Es un llamado indispensable y urgente a revisar el paradigma civilizatorio y evitar su efecto destructivo. El punto de partida es claro: las fuerzas que detonaron el crecimiento económico —la revolución industrial, la producción masiva, el consumo creciente de energía y recursos, la expansión agrícola y ganadera, el comercio mundial y el consumo permanente— hoy se han convertido en una amenaza directa para la supervivencia de la especie y del planeta, debido al cambio climático y sus múltiples efectos.

Desde el enfoque de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, el cambio tiene efectos en los fenómenos naturales que producen impactos diferenciados que golpean en mayor medida a la población en pobreza.

La más reciente Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH 2024), base oficial para la medición de la pobreza, incluyó reactivos sobre afectaciones derivadas de fenómenos naturales. Estos datos no solo permiten cuantificar el promedio, sino que, gracias al diseño de la encuesta, es posible diferenciarlos por nivel socioeconómico.

Afirmar que la falta de agua o su exceso afectan más a los hogares en pobreza puede sonar a algo “normal”, hasta natural. Pero no lo es. Los fenómenos climáticos que azotan regiones completas “tratan” de manera desigual a hogares de distinta condición socioeconómica. No sólo por carecer de recursos o por perder lo poco que se tiene. La desigualdad está en la magnitud de la exposición: mientras que en el decil I (el 10% de hogares con menores ingresos) 961 mil sufrieron afectación por algún fenómeno climático, en el decil X (el 10% de mayores ingresos) la cifra fue de 431 mil. La misma proporción se repite en cada fenómeno: por sequía, 597 mil afectados en el decil I frente a 236 mil en el decil X; y en el caso de huracanes y ciclones, 180 mil en el decil I contra 57 mil en el decil X. (No olvidemos que cada decil agrupa exactamente el mismo número de hogares; la única diferencia es su nivel de ingreso).

Ante este panorama, la estrategia propuesta en la Ruta 10 es "articular políticas económicas y ambientales para reducir los negocios contaminantes y fomentar los sustentables". Una de las palancas de cambio sería priorizar, dentro del Plan México y las políticas públicas de fomento económico, las industrias y actividades sustentables, como la producción de energías limpias, el cuidado del agua, la economía circular y los servicios sociales.

Las “acciones clave” para lograrlo son:

A. Prohibir las industrias extractivistas y contaminantes, así como la producción de artículos efímeros o desechables.

B. Invertir en energías limpias, en la transición hacia actividades económicas de "efecto neto cero" y en modelos de negocio basados en la economía circular.

C. Crear un Consejo Nacional por un planeta vivible —hoy inexistente— que establezca políticas económicas de impacto ambiental positivo, como fortalecer el mercado de bonos de carbono y fomentar la I+D en innovación tecnológica para energías, agua y movilidad.

La amenaza al planeta no es un asunto de futuro ni lejano. Urge actuar, y hacerlo no es contradictorio con erradicar la pobreza; al contrario, es una condición indispensable para lograrlo.

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