Coriolano, el desdén, el descontento y el riesgo de los militares

Ricardo Jasso Huezo

Las historias de tiempos lejanos, en ocasiones, ayudan a quien esté dispuesto a meditarlas a ver con más claridad los sucesos trágicos que se acercan. La República romana cayó por la ambición y el poder sin límites de sus militares. En un proceso que fue lento, las intrigas políticas, los problemas y las pretensiones en Roma llevaron a fortalecer poco a poco al ejército y a sus generales, a concederles capacidades y libertades a expensas del poder de las instituciones civiles que se habían formado después del derrocamiento del último monarca ––Lucio Tarquino, el Soberbio.

            La vida de Cayo Marcio, descrita por el historiador y filósofo Plutarco en la colección de biografías llamada Vidas paralelas, trata sobre el riesgo que representó el poder de los militares romanos para el orden republicano. En la guerra de rebelión contra el rey Tarquino, uno de los generales rebeldes vio la osadía de Marcio para rescatar a otro soldado al que había alcanzado el enemigo y decidió reconocer su ferocidad al servicio de Roma con la distinción de una corona hecha con ramas de roble, que, según la tradición, era símbolo del dios Júpiter, guardián de la ciudad. Plutarco dice que el ansia de gloria de este hombre crecía con el reconocimiento y que su reputación de integridad y valentía aumentaron su influencia sobre la vida política romana.

            Durante esa época, por la crueldad de los ricos, los plebeyos se levantaron contra el Senado y los cónsules, y huyeron de la ciudad. Los patricios se vieron obligados a negociar con los sublevados y aceptaron que cada año nombraran a cinco “tribunos de la plebe”, para representarlos en el Estado romano. Marcio vio con descontento las concesiones otorgadas a los ciudadanos comunes, quienes, a diferencia de los militares patricios, no actuaban guiados por el valor, sino por la necesidad y las pasiones. El desorden de la multitud era una afrenta para la obediencia del soldado.

Mientras tanto, Roma continuaba en expansión y su ejército se fortalecía fuera y también dentro de sus fronteras. Los romanos invadieron el territorio de los volscos, en el centro de la península itálica, y Cominio, el cónsul que dirigía al ejército intentó capturar su capital, llamada Corioli. El sitio fue cruento y los defensores lucharon por mantener su ciudad, pero una oportunidad apareció ante las fuerzas romanas y Marcio comandó a sus tropas hacia dentro de las murallas coriolanas. Roma venció al ejército volsco. La devastación fue la fama del conquistador. Marcio, personificación de la virtud militar, rechazó su parte del botín de guerra y pidió solamente la libertad de un prisionero que había sido su amigo. Las tropas aclamaron este acto y Cominio, después de convocar al voto de los soldados, otorgó a Marcio el nombre de “Coriolano”, como señal de sus actos en la conquista de Corioli.

            Los levantamientos de los plebeyos continuaron en Roma y Cayo Marcio Coriolano, con el desdén de los militares por la indisciplina y la espontaneidad de la gente común, utilizó su fama para involucrarse en la política de la ciudad. El renombrado militar, prepotente y seguro de su valor, se oponía abiertamente a la voluntad de los plebeyos y desafiaba a sus oradores y representantes. Poco tiempo pasó para que Marcio Coriolano deseara más poder y se presentara para ocupar el cargo de cónsul ––dirigente de los ejércitos y del Estado romano. La muchedumbre lo rechazó, porque, aunque apreciaba su servicio, temía su mando, y Coriolano se llenó de ira y amargura contra el pueblo, pues no había recibido lo que él consideraba adecuado.

            Para mitigar la necesidad del pueblo, inmerso en la pobreza, el Senado trajo granos a Roma desde otras partes de la península y el Mediterráneo, pero Coriolano, iracundo, se opuso a que se repartieran entre la multitud. Los tribunos y la gente se rebelaron, obligaron a los senadores a ceder a sus demandas y llamaron a juicio a Coriolano por sedición y desobediencia. Lleno de menosprecio por los plebeyos y su falta de virtudes, el héroe romano insultó a sus jueces y, con la multitud enardecida por su prepotencia, se votó por expulsarlo perpetuamente de la ciudad.

            El rencor se apoderó de quien se pensaba digno de honores por su acciones y valores militares, y Coriolano, en su soledad, planeó su venganza contra Roma. Regresó a la tierra de los derrotados volscos y propuso a sus líderes formar un ejército que él mismo dirigiría y con el que sometería a la ciudad por la que antes había luchado. Los volscos, guiados por Coriolano, conquistaron a los pueblos aliados de Roma y establecieron su campamento cerca de los muros romanos, mientras el terror y el caos se apoderaban de la ciudad. Indefensos ante el poder de quien antes había luchados por ellos, los habitantes de Roma recurrieron a la madre del soldado y la enviaron para pedirle su compasión por la tierra que lo había formado. La tragedia de Coriolano termina con la retirada de las fuerzas invasoras y el asesinato del monstruo romano a manos de los líderes volscos, quienes vieron traición en su misericordia. “¿Quién custodia a los custodios?”, escribió el poeta romano Décimo Junio Juvenal. ¿Quién nos protegerá de quienes ahora nos protegen?

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Ricardo Jasso Huezo
Investigador del Centro de Investigación Internacional (CII) del Instituto Matías Romero, licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Ciencias Sociales–Ciencia Política por The University of Chicago.
@rijasso en Twitter.
 

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