La UNAM: privilegio que compromete

Redacción

Por: Rolando Cordera Campos

Tengo para mí como un honor haber sido uno de los miembros del primer consejo directivo de la Fundación UNAM, cuyo artículo sexto define claramente su razón de ser: “Apoyar a la Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM], que tiene por fines impartir educación superior (…) organizar y realizar investigaciones, principalmente acerca de las condiciones y problemas nacionales, y extender con la mayor amplitud posible los beneficios de la cultura”.

Las tareas que ha desplegado la Fundación UNAM, en sus poco más de 25 años de existencia (1993), gracias a las aportaciones de los alumnos y exestudiantes de nuestra máxima casa de estudios, han contribuido para que nuestra Universidad cumpla mejor con sus objetivos de docencia, investigación y difusión de la cultura buscando la formación de más y mejores ciudadanos.

Los esfuerzos empeñados por la Fundación y de quienes a ella apoyan han hecho posible que miles de jóvenes accedan a las aulas y pasillos de los campus universitarios, otorgando diferentes tipos de becas que les han permitido costear sus estudios de otra manera imposible de hacer.

Las suyas no son tareas que se enmarquen en los circuitos de una mera racionalidad maximizadora, que tan bien se cultiva en el mundo ideal del pensamiento convencional; por el contrario, su operación subraya el carácter cooperativo y solidario de y entre las personas. Se trata, como nos dice la filósofa española Adela Cortina, de enfrentar la figura del homo oeconomicus con la del homo reciprocans; y recordar “que es más prudente cooperar que buscar el máximo beneficio individual”.

Y es precisamente este actuar solidario lo que hace de la Fundación UNAM un referente que conviene apoyar y fortalecer. Hacerlo, implica que sea posible que varios miles de jóvenes tengan la posibilidad no sólo de acceder, sino de ejercer el derecho constitucional a la educación y, en este caso, poder cursar estudios superiores.

Entré a la UNAM en 1959 y estudié un año Ingeniería Química en la Facultad de Ciencias Químicas. Todavía me tocó asistir a la sede original de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas, en el pueblo de Tacuba. Al final del curso, me di cuenta que la carrera no me gustaba tanto como creía, por lo que opté por una combinación entre matemáticas, que me gustaban mucho, y ciencias sociales. Así llegué a Economía. 

Lo determinante fue el contexto en el que afortunadamente me inscribí, uno muy particular de la escuela de Economía, que no podría generalizarse al resto de escuelas y facultades. Era un medio en el que predominaba el interés por la discusión de las ideas y la deliberación político-cultural con un acento en el pensamiento de izquierda.

Recordemos que a inicios de la década de los años 60 estaban todavía presentes las huellas y consignas de aquellos movimientos sindicales y obreros de los años 50 reprimidos por el Estado: el de los profesores de primaria de la Ciudad de México, encabezado por Othón Salazar, y en particular el Movimiento Ferrocarrilero y sus dirigentes presos, encabezados por Demetrio Vallejo. También estaban Valentín Campa, Gilberto Rojo y otros dirigentes comunistas y del Partido Obrero Campesino Mexicano. Ése era el contexto al que se suma la presencia e influencia en ámbitos varios y variados de la Revolución Cubana.

Economía era una escuela pequeña, pero con mucha vida política. Había una gran coalición, no formal, pero real, encabezada por militantes del Partido Comunista y en la que confluían gente del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con quienes no tenían militancia, con gente de ideas nacionalistas que eran prevalecientes en la época. En sentido estricto, en la escuela no había una tradición académica formal; aunque ya estaba el Instituto de Investigaciones Económicas, creado como casi todo en Economía, por Jesús Silva-Herzog. En su mayoría, los egresados trabajaban en el sector público.

Economía era en esos años 60, previos al despertar estudiantil del 68 y su brutal desenlace, una escuela muy viva; eran comunes los debates. Quienes nos formamos en esos años le debemos mucho al ingeniero Bassols: su acento a y en la enseñanza y de referencias demográficas y geográficas. Nos tocó la suerte a quienes nos formábamos en la ciencia lúgubre, así nombrada por el historiador victoriano Thomas Carlyle en el siglo XIX, que se nos ubicara en el territorio y en la demografía, aspecto elemental de la sociedad.

Teníamos muy buenos maestros; no quiero cometer omisiones pero me vienen al recuerdo los nombres de Alonso Aguilar, José Luis Ceceña, Sergio Ghigliazza García, funcionario importante del Banco de México, con quien nos acercamos a Keynes. También Jesús Silva-Herzog Flores, secretario de Hacienda años después, con quien discutíamos mucho. Debo mencionar también al maestro Fernando Carmona, quien asesoró mi tesis y Jorge Espinosa de los Reyes, quien nos abrió las puertas de la buena teoría económica. Lo mismo hizo el maestro Rubén Gleason. Fernando Paz nos invitó a visitar y revisitar la historia como entrada al estudio de los problemas económicos y sociales de México.

Era un verdadero privilegio la relación de cercanía que teníamos con los maestros, lo que era posible no sólo por el tamaño de la escuela, también por la poca diferencia que entre edades había. Además, había una estrecha vinculación con el sector público, algo que hace tiempo se ha estado perdiendo, pero a mí, como a muchos más de los egresados de esos años, nos tocó vincularnos pronto con algún tipo de experiencia práctica. Era otro México, sin duda, en el que había empleos buenos y, podría decirse, para la mayoría.

Debemos proteger a la Universidad. Cuidar que siga siendo pública, laica y efectivamente nacional. Se trata de una responsabilidad que, no me canso de repetir, nos obliga, como universitarios, a perseguir la excelencia académica, a ser críticos siempre con lo logrado. A no apoltronarnos en las inercias. Y, sin duda alguna, a extender la mano solidaria con los jóvenes que nos siguen y que, en nuestro caso, también significa seguir apoyando las tareas de la Fundación UNAM.

Dr. Rolando Cordera Campos Coordinador del Programa Universitario de Estudios de Desarrollo (PUED) de la Universidad Nacional Autónoma de México 

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