Desde hace varias semanas ha sido tema recurrente en medios de comunicación la invitación desde el poder a “no ver Tv Azteca”. Advertencia ominosa, en tanto viene de la jefatura del estado mexicano. La mayor parte de los comentaristas se ocupan de esto como una amenaza contra la libertad de expresión y tienen razón, pero el análisis se está quedando corto. Los ataques desde el poder contra medios de comunicación incómodos no necesitan ser directos y explícitos. En México hay una larga historia de agresiones encubiertas contra el periodismo crítico. Julio Scherer refería en su libro Los presidentes, recientemente reeditado como parte del primer tomo de las obras completas del célebre periodista, que un grupo de empresarios fueron a ver al presidente Echeverría para protestar por la orientación izquierdista del diario Excélsior. El presidente les dio a entender que el remedio lo tenían en sus propias manos. ¿No eran acaso dueños de ocupar o abandonar los espacios publicitarios del periódico? En otras palabras, si querían presionar al rotativo para adoptar una tendencia editorial, podían hacerlo con su fuerza de anunciantes. Así lo hicieron, según le contó Juan Sánchez Navarro al propio Scherer años más tarde. El periódico resintió de inmediato el golpe. Rápidamente, Echeverría se comunicó con la gente de Excélsior. “Somos conscientes del injusto golpe que dieron los empresarios contra ustedes, pero cuenten con el respaldo pleno del gobierno de la República. Díganme cuánto tenemos qué aumentar la publicidad gubernamental para sacar a flote este periódico.” Es solo un ejemplo de cómo el poder usa todos los recursos a su disposición para sabotear y destruir a sus enemigos. No necesita lanzar los instrumentos del estado directamente contra TV Azteca. Le basta con insinuar sugerencias a la iniciativa privada para retirarle publicidad al medio de comunicación incómodo.

El otro mecanismo para destruir Excélsior fue más conocido por haber provisto el material para la novela Los periodistas, de Vicente Leñero. Se atizó el descontento interno en el periódico azuzando las diferencias de opinión entre los integrantes de la cooperativa. En el caso de una empresa capitalista más convencional, se buscaría corromper ejecutivos o accionistas a efecto de golpear el equipo más cercano al liderazgo que incomoda al poder político. En suma, los mecanismos de amenaza a la libertad de expresión pueden adoptar modalidades distintas de las convencionales en aras de someter a las voces libres. Lo deseable será que el equipo de Azteca se mantenga alerta frente a este tipo de eventualidades. Seguramente ya lo hacen, pero no está de más recordar este tipo de antecedentes históricos. El populismo tiende a repetir sus tácticas más perniciosas, aunque las perfeccione con el paso del tiempo. Si el estado se empeña en la destrucción de un particular, se pueden anticipar escenarios para no facilitarle la tarea. Para cerrar con una nota optimista, no está de más acordarnos de que a la postre, los enemigos de la sociedad abierta también han sufrido estrepitosas derrotas en la historia universal y nacional.

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