He leído muchas interpretaciones sobre la ausencia presidencial de la inauguración del mundial de futbol. Quiero pensar que son malintencionadas, pues de otra manera me preocuparían mucho. A decir de varios analistas, la titular del ejecutivo no acudió a la inauguración del evento deportivo por temor a una rechifla. Temor, miedo, llámelo como quiera, sería inaceptable. ¿El poder presidencial asustado por unos silbidos? Prefiero creer que la ausencia obedeció a otras razones de corte populista (el precio de los boletos) o incluso a desinterés, más nunca al miedo. Como dicta la conseja popular, los presidentes de México pueden tener muchos defectos (y vaya que los han tenido) pero nunca la timidez o el temor. Si alguien se asusta con unos silbidos, imagínese al enfrentar la delincuencia organizada.
Cuando se dice que los gobiernos obradoristas son una reedición de los gobiernos priistas, la gente no tiene mucha idea de lo que habla. Si usted quiere un comparativo claro del estilo personal de gobernar de los gobiernos de la postrevolución con la autodenominada 4T, permítame recomendarle un libro. En mi modesta opinión, se trata del mejor libro que se ha escrito sobre la política mexicana, el más honesto y fiel a la realidad de las monstruosidades en la vida pública nacional, a saber, las memorias de Gonzalo N. Santos. Santos, el atrabiliario cacique potosino, refiere una anécdota sobre la campaña presidencial del licenciado Miguel Alemán Valdés. La propuesta de Santos era un recorrido personal del candidato por los mercados populares de San Luis Potosí. “Mi idea era que Alemán hablara con los puesteros y puesteras de los mercados, que nunca han tenido pelos en la lengua y personalmente pudiera captar si el verdadero pueblo estaba con nosotros o no estaba.”
Prácticamente de inmediato surgieron las preocupaciones en el entorno de seguridad cercano a Miguel Alemán y pusieron reparos a la propuesta de Santos. Que si era muy arriesgado en términos de un posible atentado, que si exponían al candidato a insultos, groserías o hasta escupitajos. Santos enfureció notablemente. “Señor gobernador, nuestra obligación es cuidar a nuestro candidato.” Yo les dije: “La obligación de ustedes es cobrar la nómina y bájense luego; aquí en San Luis Potosí yo con mi vida respondo de la vida de la vida del licenciado Alemán, pero aunque sufriera un atentado y perdiera la vida es una de las obligaciones de los candidatos de la Revolución, saberse morir antes que hacer el ridículo.”
Curiosamente, el candidato nunca manifestó reservas, fue siempre su equipo el que expresó dudas y temores. La gira tuvo lugar exitosamente, tal cual la planeó Santos. Lo dicho por el cacique revolucionario queda para el anecdotario, pero tiene más fondo del que suele reconocerse en un político. Su reflexión sigue siendo válida y el planteamiento de la valentía como requerimiento del gobernante se sostiene vigente. Ojalá que alguien reeditara las memorias de Santos, para que volvieran a leerlas nuestros políticos. Todo mundo recuerda su cinismo y desfachatez, pocos se acuerdan de la dureza, el carácter y temperamento que exigía de los políticos.

