Los resultados de las elecciones alemanas el domingo, pronosticados con precisión milimétrica por las encuestadoras, exhiben una vez más la crisis de los grandes partidos políticos tradicionales.

Históricamente, después de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania Occidental (la única realmente democrática) se caracterizó por un bipartidismo que imprimió estabilidad y gobernabilidad al sistema político. Demócrata-cristianos representando el centro-derecha y socialdemócratas representando el centro-izquierda. Ambos produjeron grandes estadistas, como Konrad Adenauer (los conservadores) y Willy Brandt (los de izquierda). No obstante, esas identidades políticas fuertemente asociadas a la clase social e inquietudes económicas, que dominaron la segunda mitad del siglo XX, hoy no se corresponden plenamente con las preocupaciones del electorado alemán.

La victoria de los socialdemócratas el domingo exhibe una tendencia a la baja respecto a la última vez que ganaron con el canciller Schröder, quien obtuvo 40% de las preferencias. Esta vez la socialdemocracia apenas alcanzó 25% de los votos.

Del otro lado, la democracia cristiana obtuvo 24% de los sufragios. Esto quiere decir que, entre los dos partidos supuestamente grandes, apenas rozan la mitad de las preferencias del electorado alemán.

La otra mitad de la población se decantó principalmente por los ambientalistas del Partido Verde (casi 15%), los liberales (11.5%) y alarmantemente derecha radical de Alternativa por Alemania (10.3%).

En particular la juventud busca la representación de todo tipo de demandas nuevas como el ambientalismo, las identidades sexuales, étnicas, feministas y un extenso etcétera que no encuentra respuesta en los partidos históricos. Una llamada de atención significativa.

Por otra parte, la prensa mundial ha estado llena, merecidamente, de elogios notables a la gestión de la canciller federal Angela Merkel. La estadista cierra con porcentajes de aprobación muy cercanos al 80%, pero esta elección ha dejado claro que la popularidad personal no es transferible. El líder de la democracia cristiana, Armin Laschet, aun con la gran aprobación de Merkel, solamente obtuvo 24% del voto. Cincuenta y seis puntos menos que la popularidad merkeliana.

Finalmente, el imperativo de una negociación de alto nivel para integrar gobierno entre tres partidos, constituirá con certeza una lección de conciliación política de calidad.

Así, entre la crisis y necesidad de relanzamiento de los partidos históricos, la incapacidad de transferir popularidad personal a un partido político y los esfuerzos seguramente fructíferos para formar gobierno con políticos de procedencia diversa sobra material para reflexionar en México. En su libro La paradoja del poder alemán, Hans Kundnani explica cómo una Alemania sin ejército fuerte, armas nucleares o siquiera un lugar en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se ha convertido en la líder indiscutible de Europa. Para desesperación de los mezquinos políticos franceses, parece que así continuará unos años más.

Analista. Twitter: @avila_raudel

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