El jueves 4 de abril, a la par del aniversario número 75 de la OTAN, el secretario de Estado Antony Blinken anunció que Ucrania sí entrará a formar parte de la alianza militar más exitosa de la historia. Tan luego como se materialice ese ingreso, por la vía del artículo 5 del Tratado que sustenta esa alianza, cualquier ataque contra uno de sus miembros se vuelve un acto de guerra contra todos. En consecuencia, si Rusia continúa o incrementa sus agresiones contra Ucrania estará declarando la guerra a Estados Unidos. No son muchos los analistas que quieran hablar del tema, pero en concepto de este modesto analista, eso supondría sin más el inicio de la Tercera Guerra Mundial. Un conflicto abierto entre dos potencias nucleares al que se sumarían de inmediato numerosos países. No sé si esto suceda mañana, dentro de un mes, un año o una década, pero el riesgo es real, aunque no ineludible. Y si no por eso, por una crisis en Taiwan o un escalamiento de los problemas en Gaza, pero el punto es que estamos rozando la guerra a gran escala. En todo caso, los países serios ya están tomando sus respectivas precauciones. Ahora invito al amable lector a considerar quién de las candidatas presidenciales le ofrece un perfil de liderazgo más acorde para enfrentar una crisis internacional de esas dimensiones.

Muchos analistas de escasa seriedad subestiman la participación mexicana en la Segunda Guerra Mundial. Pero hay dos maneras de evaluar esa participación, desde el punto de vista militar y desde el punto de vista político. Desde el militar, la contribución mexicana ciertamente fue reducida, si bien no intrascendente. Ahora, desde el ángulo político es otra cosa. El Presidente Manuel Ávila Camacho nunca puso en duda de qué lado estaban sus aliados internacionales y a quién apoyaría en el conflicto. No es poca cosa, si vemos que otros países sudamericanos jugaron sus cartas en forma artera pues abrigaban simpatías por las potencias del eje. En segundo lugar, Ávila Camacho contribuyó al esfuerzo propagandístico de los aliados con toda la industria del cine mexicano, mediante la producción de películas para distribuir en América Latina en defensa de las potencias aliadas, el estilo de vida americano y la democracia liberal (aunque en México ésta no existiera). En tercer lugar, como parte del esfuerzo de economía de guerra, el estado mexicano puso a disposición de Estados Unidos sus capacidades productivas para mantener surtido el mercado americano mientras los norteamericanos transferían su producción casi exclusivamente al armamento. Ahí nacieron las escasas industrias que con el tiempo supondrían la base del incompleto capitalismo mexicano y que sustentaron el florecimiento económico del desarrollo estabilizador. Además, en el frente interno, el presidente Ávila Camacho y todo el oficialismo respaldaron abiertamente a los aliados. En contraparte, la oposición, entre la que se contaba un sector muy significativo y filofranquista del PAN y los intelectuales, encabezados por la revista Timón, dirigida nada menos que por José Vasconcelos, daban su respaldo explícito a la causa nazi. La mayor parte de la derecha mexicana, hispanista y antiamericana prefería la victoria de los alemanes. Ávila Camacho tuvo la inmensa habilidad política de marginarlos de la opinión pública sin necesidad de reprimirlos. No solo eso, con motivo de la declaratoria oficial de guerra de México contra Alemania, por disposición constitucional quedaron suspendidas las garantías individuales en todo el territorio nacional sin que se hayan producido denuncias de represión, encarcelamientos generalizados ni desapariciones. Nadie recuerda al presidente Ávila Camacho como represor, a pesar de que la coyuntura bélica le facilitaba ese camino. En cambio, otros presidentes mexicanos, sin guerra de por medio, le dieron vuelo a la hilacha. En suma, el liderazgo y la personalidad del ocupante de la silla presidencial importan en medio de un conflicto internacional de las dimensiones de una guerra mundial.

Trate de imaginar usted si hubiéramos tenido al frente del país un presidente como Luis Echeverría o incluso uno como Díaz Ordaz. O uno de carácter más débil y de reacciones lentas como Miguel de la Madrid. Inclusive, me parece válido preguntarse qué tan marcada por la ideología hubiera sido la conducción bélica de un presidente como Lázaro Cárdenas, abierto simpatizante de la Unión Soviética. México, gracias al presidente Ávila Camacho, siempre estuvo del lado correcto de la historia durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto así que fue invitado a participar como miembro fundador de la Organización de las Naciones Unidas. Se dice fácil, pero piense usted en la increíblemente torpe reacción de Vicente Fox frente a los atentados de las Torres Gemelas, que fingió una operación de pierna para no tener que enfrentar al presidente Bush y decirle cuál era la postura mexicana ante la guerra contra el terrorismo. A la luz de las consideraciones anteriores vuelvo a preguntar ¿cuál de las candidatas presidenciales estaría mejor calificada para conducir a México por las aguas del mar bélico? ¿Cómo decidir en qué momento ser neutrales y cuándo tomar partido abiertamente? ¿Qué tipo de involucramiento militar tendría México? ¿Nulo, parcial o total? ¿Cuáles y con qué países se integrarían las alianzas militares de México? ¿Cómo manejar la reconversión económica hacia una economía de guerra? ¿A quién le confiaría usted el enorme poder discrecional que supone una declaratoria de guerra para confiscar recursos, expropiar terrenos, encarcelar y reprimir disidentes? ¿Quién va a tener la fortaleza para ser respetada por los altos mandos militares y que sigan puntualmente cada una de sus instrucciones? Son preguntas de carácter existencial para el futuro de México.

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