Ya está en cartelera, pero en muy pocas salas de cine, la película El mago del Kremlin. Si usted es de los afortunados que tiene una proyección de esta película cerca, aproveche para verla. Siempre sería mejor que usted leyera la novela original de Giuliano Da Empoli que inspiró el libro, pero no se puede todo en la vida. La película, adaptada nada menos que por Emmanuel Carrère es una pieza muy disfrutable de humor político y cinismo. Igual que la novela, cuenta la historia del intelectual orgánico Vadim Baranov, un asesor y estratega ficticio de Vladimir Putin. Originalmente, un dramaturgo y productor de televisión idealista que quiere transformar Rusia en una democracia moderna después del colapso de la URSS, Baranov termina convertido en el justificador de la entronización de una nueva dictadura rusa. Hasta ahí una historia convencional de otro intelectual idealista que creyó que podía cambiar la naturaleza del poder y de quienes lo ejercen.

Lo interesante de la obra son las observaciones de Baranov sobre los cambios en el entorno de Putin. Inicialmente encumbrado por oligarcas rusos, Putin termina deshaciéndose de ellos. A algunos los encarcela, a unos cuantos los exilia y a otros los asesina. Lo mismo de siempre. Pero la película retrata con fidelidad la decepción que llevó a los rusos a apoyar la instalación de una nueva autocracia. La brevísima era democrática de Yeltsin no llevó prosperidad al pueblo ruso, ni siquiera estabilidad política o seguridad patrimonial. Las guerras de mafiosos, la violencia en las calles, la prostitución y el desprestigio del estado ruso en el exterior como resultado del alcoholismo de Yeltsin hacen de la etapa democrática una pesadilla de inestabilidad crónica para las mayorías. De ahí que cuando Putin se presenta como una carta de autoridad férrea, capaz de imponer orden, lo apoyan.

En algún punto de la película, uno de los personajes explica “los intelectuales creen que Stalin era popular a pesar de los asesinatos. Al contrario, era popular precisamente por los asesinatos. La gente creía que sabía lidiar con traidores y asesinos.” En otro momento, uno de los oligarcas exiliados le reprocha a Baranov “nosotros construimos una Rusia diferente. Por primera vez en nuestra historia era válido disentir del poder, tener opiniones propias. Ustedes se las arreglaron para regresarnos a la Rusia dictatorial de toda nuestra historia en muy pocos años.”

Juzgue usted si hay o no similitudes con México. Pregúntese sobre los orígenes del populismo carismático, así como por la nostalgia por fórmulas autoritarias que garantizan alguna forma de orden. Vea usted el espejo de un gobierno democrático e inmensamente popular empeñado en destruir la libertad de expresión y perseguir a los empresarios mediáticos que no quieren alinearse. A Putin le interesa restaurar los referentes conocidos y reconocidos por el pueblo ruso, tanto en la política doméstica como en el exterior. Y sus seguidores lo agradecen. Hay una parte donde les promete perseguir a los terroristas chechenos hasta en las coladeras, si es que los terroristas estuvieran ocupados en el inodoro. Hacia el final de la historia, Baranov se da cuenta que todo lo que quiso hacer o creyó lograr no fue sino una ilusión, y él fue un mero instrumento adicional al servicio de Putin, su mago del Kremlin. Intenta salirse de la política, pero las intrigas de sus colegas cortesanos son las que lo sacan del juego, y probablemente, las que lo matan. No se pierda esta película, que garantiza entretenimiento y reflexión sobre lo que está sucediendo en Rusia… y en México.

@avila_raudel

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