El cuentista José de la Colina escribió alguna vez que fue a ver al gran Juan Rulfo para pedirle consejo sobre cómo iniciar su carrera de escritor. La respuesta de Rulfo impresionó profundamente a José de la Colina. “No se junte con escritores… los intelectuales de orita son putos, y cuando no son putos son pendejos, pero quesque muy cultos, y no lea a los de aquí, lea a William Faulkner… No haga caso de que sea gringo, es el más grande novelista de este siglo, ¿usted lee inglés?” Con motivo del segundo centenario de las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos, han proliferado los artículos y análisis sobre la coyuntura y retos de la dinámica entre ambos países. Prácticamente nadie se ha ocupado del intercambio cultural, como si se tratase de algo secundario. En el ámbito de la llamada alta cultura, uno hubiera querido ver este año grandes exposiciones en nuestros museos más importantes de la historia estadounidense, quizá mediante algún convenio con la Smithsonian Institution. De igual manera, una retrospectiva bien armada de la obra de artistas norteamericanos de la talla de Norman Rockwell, Mark Rothko, Jackson Pollock, Edward Hopper o Georgia O´Keeffe. Simultáneamente, se pudo haber montado una magna exposición de arte mexicano en los grandes museos de Nueva York, Chicago, Los Ángeles, como hizo el gobierno mexicano con aquella inolvidable exposición Mexico, Splendors of Thirty Centuries (Esplendores de Treinta Siglos) en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York a principios de la década de 1990. También habría resultado muy provechoso escuchar conciertos de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, la Orquesta Sinfónica de Boston o la Orquesta Sinfónica de Chicago en el Palacio de Bellas Artes, el Auditorio Nacional o la Sala Nezahualcóyotl. Si tuviéramos una política cultural más rica entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Departamento de Estado norteamericano, este año Estados Unidos hubiera sido el invitado especial y patrocinador del Festival Internacional Cervantino, el país invitado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (donde hay nada más un stand de libros en inglés) y en el Festival Internacional de Cine de Morelia. Esa falta de perspectiva demuestra un funcionamiento limitadísimo de las agregadurías culturales en la Embajada de México en Washington, y de la Embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México. 2022 ofrecía la coyuntura propicia para detonar esquemas públicos-privados de cooperación artística binacional con el mecenazgo de grandes empresarios. No se hizo.

En el plano académico, necesitamos más mexicanos estudiando en Estados Unidos, no solamente porque su red universitaria es, por mucho, la mejor del planeta en todas las áreas, con mayor número de patentes, publicaciones y premios Nobel. Requerimos intercambios para jóvenes no necesariamente universitarios, sino estudiantes de preparatoria que puedan ir a Estados Unidos, perfeccionar su inglés, entender la historia de sus vecinos, y estrechar lazos entre los dos países. Necesitamos también que esos intercambios y becas no se queden en las esferas económicas más altas, sino que lleguen a los sectores económicamente más desfavorecidos. Imagine usted a los estudiantes de nuestras muy pobremente financiadas casas de la cultura y escuelas de arte municipales con becas para una estancia anual en institutos artísticos de Boston, Los Ángeles o de ser posible, San Francisco. Es concebible también una ampliación de los programas para estancias de escritura creativa tanto de autores mexicanos en Estados Unidos como de autores estadounidenses en México. Una colección de nuevas traducciones para escritores clásicos de ambos lados de la frontera a distribuirse en los dos países. Pensemos en la apertura de una sucursal del Fondo de Cultura Económica en alguna gran ciudad norteamericana. El Mexico Institute del Wilson Center podría impulsar diálogos entre los artistas y escritores de los dos países.

No revelo ningún secreto al decir que la relación oficial entre Estados Unidos y México pasa por un mal momento. Ciertamente, las asignaturas comerciales y el mercado eléctrico llevan prioridad en nuestros días. Con todo, mucho se adelantaría si impulsáramos una comprensión más amplia entre los dos pueblos mediante un estrechamiento de las relaciones culturales. No todo ha de quedar en manos de los gobiernos, el público cultural y las comunidades artísticas e intelectuales pueden y deben favorecer los acercamientos binacionales con instrumentos de poder blando. Las tres prioridades de la política exterior mexicana son y deben ser Estados Unidos, Estados Unidos y Estados Unidos. Eso no va a socializarse en el entendimiento del electorado mexicano mientras no se apueste a la formulación de una integración más amplia que acerque la enorme sensibilidad artística de ambos pueblos. La imaginación, esa gran ausente de la política mexicana…

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