La Agencia Internacional de Energía afirma que la matriz energética (composición del abasto de energía) global está conformada de la siguiente manera: 30% petróleo, 23% gas natural, 25% carbón, 15% energía renovable, 7% energía nuclear. Claramente podemos afirmar que la economía mundial sigue dependiendo de las fuentes fósiles de manera primordial (casi el 80%). Por ello el cierre del estrecho de Ormuz, aunque solo afecta al 20% del abasto mundial de petróleo, tiene un efecto expansivo porque en particular, China, Japón e India entre otros, son los principales compradores del petróleo de Irán, Kuwait, Irak, Emiratos Árabes, Barein, Omán y Qatar.
Hace dos días, el gobierno de China declaró que ha dado instrucciones a sus empresas estatales para no limitar las compras del petróleo iraní o de cualquier país, porque Estados Unidos, de forma unilateral así lo mandata. Europa por su parte, busca revisitar sus alianzas mundiales en una situación en la que la Guerra de Ucrania, sigue sin resolución, lo cual claramente prefigura una situación de vulnerabilidad sistémica.
Aparentemente Estados Unidos gana por esa crisis porque está exportando gas y petróleo a un precio muy elevado, pero, por ejemplo, la bolsa de Nueva York ha tenido bajas sensibles de hasta 23% y 29% en el Nasdaq y Russell 2000 que representan empresas de tecnología, comunicación, industria, servicios financieros, bienes raíces y “pymes”, etc.; y este mismo efecto se ha resentido en todas las bolsas de valores. Digamos que tenemos una crisis estructural subyacente; por que la pregunta no es hasta dónde llegará el precio del petróleo, sino cuánto durará esta escalada.
La crisis de Ormuz está determinando el precio y la disponibilidad de toda la energía del planeta, pero también afectando a toda la economía mundial.
Por eso hablamos de un orden mundial que no termina su reconfiguración, pues imperan la agitación y la incertidumbre; pero estos elementos a su vez presionan hacia el uso masivo de energía verde y otras fuentes, como un asunto de alta prioridad e incluso de seguridad nacional para cientos de países.
En este contexto, México sufre, al igual que los países dependientes de fuentes fósiles, porque a pesar de que las exportaciones nacionales (520,000 barriles diarios promedio) tiene una mejor valuación (la Mezcla Mexicana se cotizó este 29 de abril en 105.2 dólares por barril); al mismo tiempo estamos importando gasolina y diésel a precios volátiles. Por ello la gasolina Magna ha llegado a 24 pesos por litro, la Premium a más de 29 pesos por litro y el diésel a más de 28 pesos por litro (con un subsidio de 6 pesos por litro), mientras que Pemex ha anunciado que disminuyó la importación de diésel en 62.94% llegando a 34.5 miles de barriles diarios y disminuyó la importación de gasolina en 15.54% que significó un volumen total de 274 mil barriles diarios, gracias a que la red de refinación nacional está ampliando sus entregas. Sin embargo, de acuerdo con el mismo Pemex, es claro que no contamos con capacidad de almacenamiento de combustibles para constituir una reserva suficiente y tampoco se ha invertido lo necesario en exploración de nuevas fuentes de petróleo, para “maniobrar” con suficiencia en un mercado de alta volatilidad.
Estamos ante una coyuntura en la que México tendrá que tomar decisiones de gran envergadura, pues es imperativo asegurar que la energía sea suficiente y asequible para atender la demanda de una economía con grandes desafíos y oportunidades. La política energética entonces, deberá ser abordada con una enorme responsabilidad y teniendo claro que la construcción de la infraestructura y toda la capacidad de generación y distribución, tendrán que ser con la mejor tecnología y eficiencia, para conformar una matriz energética resiliente.
En las siguientes entregas analizaremos con mayor detalle cuáles son nuestras opciones más viables y cuáles las vías para la participación de Pemex y CFE, el gobierno, las empresas, los consumidores y los inversionistas.
Integrante de @pormxhoy

