Otra faceta del compositor Mario Lavista, admirable y entrañable, fue su calidad de amigo. El que tuvo el privilegio de serlo me entenderá, fue único. Sus cuates fueron muchos y en muchos ámbitos, era un hombre abierto al buen humor, a pasarla bien, siempre con una conversación inteligente y oportuna, poniendo interés en uno, atento con todos, como sí cada uno fuera especial para él.

A lo largo de casi 40 años de mi amistad con Mario, mi primo hermano, lo vi crecer profesionalmente hablando, como un verdadero compositor de música hasta convertirse en un ícono de la música contemporánea para concierto. Él se movía en el campo musical con solistas intérpretes, orquestas sinfónicas y conjuntos musicales de diversa índole a los que les escribía música de acuerdo a sus instrumentos de manera que Mario se diversificaba entre la composición musical, sus clases en el Conservatorio de música, la dirección de la revista Pauta y demás actividades de su profesión; sin embargo, a semejanza de Mozart, a Mario le gustaba jugar y lo hacía con entusiasmo y regularidad, por ejemplo, jugaba billar con el pianista Alberto Cruz Prieto, jugaba dominó con Arnaldo Coen, Brian Nissen y Nicolás Echevarría, entre otros. También le encantaba, como a mí, el póker y en este juego con regularidad y por muchos años jugamos póker con él por lo menos una vez cada dos meses básicamente cinco amigos: Mario Lavista, las hermanas Tolita y María Figueroa, Nicolás Echevarría y yo, también jugaron con este grupo a veces Guillermo Sheridan, Alejandro Luna, Sergio Vela y Felipe Leal, entre otros. Al final, en los últimos años de la vida de Mario, el grupo de póker se mantuvo firme con Mario Lavista, Tolita y María Figueroa, Nicolás Echevarría, Felipe Leal y yo. Nos reuníamos a jugar póker en casa de alguno, las Figueroa preparaban una cena espectacular con manteles almidonados y flores, Nicolás nos recibía con camarones a la plancha, Felipe, en su moderna y agradable casa, con una buena cena estilo francés, y yo también los recibía en mi casa, armábamos una buena reunión donde nos reíamos, apostábamos y platicábamos entre mano y mano, de todo, de arte, de música, de los chismes y acontecimientos culturales del momento, etc. La última vez que nos reunimos a jugar póker con él fue en mi casa, a principios de enero de 2020, antes de la pandemia, esa noche Mario nos tocó, en el piano, un poco desafinado, de mi padre alguna pieza de Chopin. (Continuará...)

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