Desde el nacimiento hasta los 18 años, todas y todos tenían un chip que alertaba a la policía especializada cuando estaban en peligro, sufrían, tenían miedo, hambre, frío o soledad; ese mismo dispositivo videogrababa su entorno, ningún victimario quedaba en el anonimato y, por lo tanto, no estaba impune; ellas y ellos jugaban, reían, se sabían verdaderamente libres y en seguridad, nadie se atrevía a dañarles. Desperté, la cruenta y dolorosa realidad seguía ahí, el persistente llanto de un bebé colgado del regazo de una niña-madre se escucha de punta a punta en el territorio nacional, mientras un niño de ojos dulces y cabello lacio crecía hasta convertirse en monstruo.

Hace apenas unos días, nos estremeció la noticia sobre el embarazo de una niña de 11 años producto de una violación, en Matamoros, Tamaulipas, quien se encuentra hospitalizada debido a que fue sometida a un proceso de interrupción del embarazo.

El procurador de la Defensa de las Niñas, Niños y Adolescentes del Sistema DIF Matamoros informó que tanto las autoridades como los médicos que atienen a la niña, que tenía cinco meses de embarazo, dieron la autorización, tras determinarse que existían riesgos para su salud; además, cabe señalar que llegó al hospital con una infección y un cuadro de anemia. Afortunadamente, se encuentra en resguardo de las autoridades hasta determinar quién o quiénes fueron los responsables.

Los hechos ocurren, cuando todavía está latente la indignación por el caso de abuso sexual de un niño indígena de 8 años ocurrido hace unas semanas al norte de Chiapas, cuyos hechos quedaron registrados en un vídeo grabado por uno de los cuatro detenidos, el cual fue difundido en redes sociales. Por fortuna, de acuerdo con la Fiscalía del estado, los responsables podrían alcanzar hasta 50 años de prisión por el delito de pederastia.

Antes de continuar, es necesario hacer un paréntesis para hacernos la pregunta obligada ¿Dónde estaban sus madres y padres mientras ocurría la violencia sexual? Hay que decir, que la madre del niño apareció en un video en redes sociales exculpando a los agresores en el que aseguró que había sido una broma y su hijo estaba bien; no obstante, la ley lo protegió y la justicia llegó para él. Como esperemos que llegue también para ella y que nadie diga que su embarazo fue una broma. Omito sus nombres, para evitar su identificación y revictimización, por respeto a su privacidad e intimidad.

Los hechos me remiten a lo recientemente ocurrido en Italia donde las autoridades expulsaron a un líder religioso pakistaní de 25 años por considerarlo un riesgo social, después de ser grabado en un reportaje con cámara oculta justificando el matrimonio con niñas de nueve años. En su momento celebré no solo la deportación, sino la viralización de la noticia por sus consecuencias concientizadoras, aunque lamenté que hubiera un monstruo suelto por el mundo.

El que es buen juez por su casa empieza, me dije esta mañana. ¿Qué vamos a hacer con los nuestros?, sí, con los monstruos nacionales que caminan nuestras calles, nuestros barrios y nuestros pueblos, esos que habitan en los hogares mexicanos y que viven en libertad e impunidad.

Desde hace varios años México ocupa el primer lugar en embarazo adolescente entre los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y anualmente se reportan miles de casos en niñas menores de 14 años (embarazo infantil), un problema grave asociado a la violencia sexual, pues nuestro país también ocupa el primer lugar en abuso sexual infantil entre los países de la OCDE, con millones de casos estimados al año, perpetrados mayoritariamente en el entorno familiar. Ambos fenómenos delictivos con un claro componente de género.

Pareciera de pronto un callejón sin salida.

Activista social

@larapaola1

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