Tuve la fortuna de crecer en una familia tradicional mexicana de los años ochenta, acompañado de un extraordinario hermano mayor; de mi madre encargada del hogar y de nuestro cuidado, y bajo la guía de mi padre quien ha dedicado, al día de hoy y contando, cincuenta y cuatro años de su vida al servicio público.

Durante mi niñez y adolescencia escuché cientos de conversaciones sobre acontecimientos locales y nacionales, en las que mi padre estuvo involucrado en tanto servidor público y líder de opinión -o es así como hasta la fecha lo veo-. Bajo cualquier parámetro, se podría decir que ese señor que me repitió, una y otra vez, “estudia para que, cuando estés ahí, sepas que hacer” ha tenido una carrera exitosa. Del otro lado de la moneda, a pesar de que fue una figura cariñosa e involucrada en la crianza de sus hijos, también lo es que llegaba muy tarde a casa debido a su demandante trabajo y no pudo estar tan presente como era deseable o como él quería.

A lo largo de mi desempeño como servidor público he encontrado historias similares. El servicio público, como muchas profesiones, requiere de grandes sacrificios, en particular, cuando se tienen hijos. Que no se malentienda: estoy convencido de que, para ser un buen servidor público se requiere afrontar la responsabilidad con total entrega y compromiso, es una vocación. Sin embargo, desde entonces existe el incuestionable reto de establecer políticas eficientes y factibles que privilegien equilibrar la vida profesional con la privada.

El reto es complejo porque alberga diversas vertientes. De acuerdo con el INEGI, el valor de las labores domésticas y de cuidados no remuneradas fue de 8 billones de pesos, equivalente a 23.9 % del PIB; a lo que las mujeres contribuyeron con 72.6 % y los hombres con 27.4 %.

Por su parte, la ENSIC 2022 muestra que 75.1% de quienes brindan cuidados fueron mujeres y 24.9 % hombres. En cuanto a horas a la semana en labores de cuidados, las mujeres dedicaron, en promedio, 37.9 y los hombres, 25.6. Más de 90 % de las personas cuidadoras principales de niñas, niños y adolescentes es mujer.

Estos números reflejan una desigualdad persistente y que nos afecta tanto a hombres como a mujeres. Aunque, los tiempos hayan cambiado y actualmente existan modelos de masculinidad dentro del hogar más comprometidos y presentes, aún permanecen formas de paternidad relacionadas con una masculinidad hegemónica y tradicional.

Los hombres de mi generación estamos en un proceso de comprender que una sociedad igualitaria e inclusiva nos beneficia también a nosotros, no solo a las mujeres. Sabemos que cuando las mujeres cuentan con una pareja que de manera corresponsable se hace cargo de las labores domésticas y del cuidado de la familia, el “piso pegajoso” que les impide llegar a puestos directivos se atenúa. Asimismo, debemos estar conscientes de que al ser padres involucrados en la crianza podemos ayudar a transformar las ideas machistas tradicionales sobre las relaciones de género y a que la niñez crezca en un mundo más igualitario.

Creo genuinamente que como padres tenemos mucho que aportar al desarrollo de nuestros hijos e hijas, no solo “ayudar” a su cuidado. Es necesario implicarnos en la vida familiar, no solo “apoyar” cuando podamos. En el marco de la lucha por la igualdad de género, en la que las mujeres se encuentran, con justa razón, reclamando más espacios y exigiendo mayores oportunidades, los hombres tenemos también un papel que jugar: está en nuestras manos realizar el cambio definitivo de una paternidad autoritaria y ausente, a una participativa y afectuosa.

Ocuparnos únicamente de lo “público”, ya no es opción. Con la llegada de las mujeres al terreno profesional, no podemos permitir que tengan una doble o triple jornada. Es necesario que participemos en una distribución equilibrada de las tareas domésticas y de cuidados, tanto de las infancias como de personas enfermas o de la tercera edad.

No obstante, promover paternidades implicadas no puede dejarse únicamente al fuero de los hogares. Debe crearse una cultura institucional que concientice sobre la importancia y el impacto positivo de cuidar y educar, de manera colaborativa entre hombres y mujeres. El Estado debe redoblar esfuerzos para generar leyes y políticas que permitan, en primer lugar, la conciliación de la vida laboral y familiar; con ello, incentivar madres y padres corresponsables y, a su vez, contribuir a la construcción de un país más igualitario.

Estoy consciente de que, como cualquier cambio cultural e institucional, este nos tomará tiempo, pero vamos por buen camino, solo habrá que acelerar el proceso, porque la niñez no puede esperar. La paternidad corresponsable es ahora.

Titular del Órgano Interno de Control de la Fiscalía General de la República

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