Pujol Baladas: pintar en tiempos de pandemia

Mónica Lavín

Las pinturas de Pujol siempre tienen algo de partitura musical, como si hubiera una conciencia de un pentagrama del alma que responde... a las preguntas del artista

¿En qué se convierte el trabajo solitario de un pintor en tiempos de confinamiento? Hago esta pregunta al pintor catalán Manel Pujol Baladas, nacido en Vich en 1947 y afincado en la Ciudad de México desde hace 22 años. Artista que ha transitado en su exploración formativa y luego en su búsqueda muy personal desde el realismo mágico, pasando por el surrealismo (fue colaborador de Dalí) a un expresionismo abstracto (tuve que cortar el cordón umbilical) que se apega más a la herencia de un Tapies. Entre sus exposiciones cabe destacar las referidas a la música, que es otra de sus pasiones. Si en Los cosmonautas, la serie inmediatamente anterior a lo que estos tiempos inciertos le están provocando, trataba del hombre en el cosmos, de ver lo que no se puede ver pero presentimos, ahora la mirada es cuerpo adentro.

El pintor siempre trabaja en solitario pero, como el propio artista me cuenta, hay un diálogo con los otros, una socialización en donde las preguntas no tienen la intimidad que el Covid-19 ha provocado. El diálogo es con uno mismo. Al cabo de estos meses, Pujol Baladas ha estado trabajando la serie que bien llama Nocturnos. Son nocturnos del alma, me dice. Hay que pintar los dolores. Ser valiente al aceptar lo que estás haciendo porque hay una tristeza… La pandemia te enfrenta de manera más descarnada a ti mismo porque no hay distractores; las cosas aparcadas de repente se mueven. Te pasan cosas.

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Y es verdad, cuando miro estos grandes lienzos con capas de óleo, collages, esmaltes sintéticos que dan el efecto de rasgaduras y transparencias donde predominan los grises y negros, entro en un andamiaje interior. Planos inclinados suben o bajan, oleajes membranosos vibran y dan una sensación de recogimiento, de peregrinaje personal. Si se contempla la obra conforme su creación a lo largo de estos cinco meses, apenas y se rompía la oscuridad al principio, un poco de rojo, que Pujol define como la pasión, y algún punto de luz: porque no se puede vivir sin esperanza. No podemos navegar en esta oscuridad, entre estas nubes, sin luz. Pero esa luz se intensifica conforme esa lámpara de Diógenes va iluminando las cavernas interiores. Los colores juguetones reclaman su espacio: una intromisión del verde, otra de la azul por allá, algún amarillo, que nos recuerdan ese fondo musical que siempre acompaña al pintor y que en este tiempo ha sido Arvo Pärt. Ante la adversidad, el pintor no puede tirar la toalla.

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Las pinturas de Pujol siempre tienen algo de partitura musical, como si hubiera una conciencia de un pentagrama del alma que responde a los riesgos, a las preguntas y búsquedas del artista. Pujol me cuenta que le entusiasma lo que está haciendo porque le ha mostrado que pintar es una forma de sobrevivir, y aunque lo intuía, ahora ha sido más claro que nunca. Ese diálogo con él mismo, esa dantesca inmersión en los círculos existenciales de los que se huye, le ha permitido encontrar esa rendija viva de luz por donde el grito de libertad se expresa. Así los cuadros más estivales de esta serie, que pasó su primavera con apenas parpadeos de luz, han dado cabida a la presencia solar. Dorados tenues que caldean el alma y prometen una salida. Del otro lado de la búsqueda del artista estamos nosotros, los que miramos y, desde el privilegio de visitar su trabajo en progreso, el cobijo de la luz va bronceando la oscuridad y confortando la nuestra. Servir de puente a través de la obra, apunta el pintor. La crisis pone a prueba la sensibilidad y el oficio del pintor frente a la necesidad de explicarse la fragilidad y necesidad de futuro. Pintar me descubre que yo puedo sobrevivir. Ya vendrá el tiempo de ser convidados al banquete que haga público el trabajo íntimo, sincero y sediento de luz de los nocturnos de Pujol Baladas.

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